«Vaya, mira, como lo cogieron… con la mano en la masa», repetía una y otra vez, a la par que alternaba con el nombre del periódico que vendía a 5 centavos. «EL REBELDE, EL REBELDE…» Vivíamos los inicios de la década del 80 y Matasiete, el voceador de periódicos que pasaba a diario por la calle Salud, de Centro Habana, desconocía entonces que ayudaría a mi vocación periodística con su carisma, chispa e inteligencia natural para invitar a leer noticias.

Apenas escuchaba su voz estentórea, mi abuelo Javier, sentado en su sillón frente a la ventana de la sala, hacía una seña con su ojo izquierdo. Era el momento de salir de prisa, escaleras abajo del cuarto piso, a comprar el periódico vespertino Juventud Rebelde. Cuando llegaba a la calle, no pocas veces Matasiete ya iba una cuadra más arriba a la nuestra.
Un jolongo le cruzaba de izquierda a la derecha por la cabeza y dentro iba, como si estuvieran sacados de la imprenta minutos antes, el bulto de periódicos. En la mano llevaba cuatro o cinco que vendía sin dejar de repetir frases que atrapaban de todas-todas al posible lector: «Paliza a Industriales en el Guillermón…, subirán los salarios a partir del mes de mayo…, Fidel le canta las cuarenta a los americanos»…
Por entonces desconocía cómo era el mecanismo que le permitía a estos voceadores acceder a la prensa acabada de sacar de los impresionantes linotipos. Pensaba ingenuamente que se habían leído en su totalidad el periódico y te adelantaban titulares. A veces pregonaban noticias de apenas dos párrafos que aparecían en la página 8 casi imperceptibles, pero ellos le ponían un gancho informativo con dosis de expectación y hasta cierto sensacionalismo, que uno acababa buscándola primero que otras.
La primera vez que conocí a Matasiete me pareció un hombre de unos 60 años, maltratado por la vida, con muchas canas ya en el pelo, pero con una energía enorme para caminar y caminar vendiendo la prensa. Le dije: «vendedor, voceador…..» y él se detuvo. «Deme un REBELDE para mi abuelo». Con los días y las semanas se hizo habitual en mis tardes y un día escuché que familiarmente alguien le dijo por el sobrenombre y él respondió.
Al día siguiente ya era Matasiete para mi, como el personaje del espacio Aventuras que pasaban en horario estelar por la TV Cubana en esos años. Solo su piel de hollín lo diferenciaba del que salía en el vidrio. Poco a poco empecé a escuchar primero que mi abuelo su voz de trueno con los anuncios de titulares o frases y dejaba los muñequitos, las tareas y lo que estuviera haciendo para bajar los cuatro pisos, comprar EL REBELDE y ponerme a buscar la noticia.
Sin embargo, la ocasión que más lo recuerdo se remonta a una tarde de viernes, llovía copiosamente y los vientos eran de tempestad. Supuse que así no pasaría por la Calle Salud y me confié hasta que lo sentí: «Vamos, entérate, por qué hay diluvios en La Habana si no hay ciclón…, El REBELDE, EL REBELDE…». Esa vez rompió mi inquietud y en la mismísima puerta del edificio tuvimos una conversación corta, pero trascendente para mi.
Matasiete me preguntó por mi abuelo; se interesó por el grado que cursaba y para rematar me regaló una edición del tabloide Pionero que llevaba en el jolongo y que jamás había visto y leído. Mis ojos dudaron entre darle las gracias o devolverle el presente porque no tenía un medio para pagarla. Pero ya caminaba por dentro el bichito del periodismo. Y acepté.
Las ocurrencias para componer palabras y formar titulares que no estaban en las planas, pero él lanzaba al aire. La sinceridad para reconocer que solo tenía 2do grado de escolaridad porque tuvo que ponerse a trabajar bien temprano para ayudar en su casa. La risa feliz y grande cuando le decían que era Industrialista. La buena educación formal para tratar a niños, jóvenes y viejos que queríamos comprar un diario vespertino, a veces con demasiado apuro. La hermosa locura de caminar y caminar por toda La Habana vendiendo periódicos. Todo eso y más era Matasiete.
Por desgracia, la crisis económica y del papel extinguió a estos personajes de nuestra cotidianidad. Muchos de ellos fueron formadores de la lectura e imanes hacia el periodismo sin proponérselos. Años más tarde, a Matasiete, el mejor voceador de periódicos de La Habana (al menos para mi, pues fue el único que conocí) lo vi sentado en un portal de la calle Belascoaín.
No tenía ya jolongo, pero todavía su voz era la misma y pregonaba: «El libro es el mejor amigo del hombre, no dejes para mañana tu compra, que viene otro y se lo lleva..». Y a su alrededor todo era revistas viejas y libros de excelencia.
Me dieron ganas de decirle quién era yo. Pero preferí guardarlo para un día como hoy compartirlo como uno de mis influencers más preciados en mi vida.
Acerca del autor
Máster en Ciencias de la Comunicación. Director del Periódico Trabajadores desde el 1 de julio del 2024. Editor-jefe de la Redacción Deportiva desde 2007. Ha participado en coberturas periodísticas de Juegos Centroamericanos y del Caribe, Juegos Panamericanos, Juegos Olímpicos, Copa Intercontinental de Béisbol, Clásico Mundial de Béisbol, Campeonatos Mundiales de Judo, entre otras. Profesor del Instituto Internacional de Periodismo José Martí, en La Habana, Cuba.







