
Matanzas.— Todavía, en algunas madrugadas, Atanasio Suárez Rodríguez, Chacho, ve los cuerpos quemados por las bombas de napalm lanzadas en la Ciénaga de Zapata, y su estremecimiento, confiesa, es el mismo, no envejece. Intenta quedarse dormido, y de nuevo, las imágenes de cadáveres que sus brazos cargaron, de heridos, o mutilados.
Son recuerdos de Girón anclados en su memoria. “Vi la cara de la guerra… Cuando escucho pedir invasiones para nuestro país, me digo, esa gente está loca… Pocas cosas en la vida dejan tan marcadas a las personas como los conflictos armados. Sus trágicas consecuencias las sufren en carne propia soldados y civiles”.
A Chacho le siguen perturbando esos horrores… Lo vivido en las jornadas de abril de 1961, “por culpa del Gobierno de los Estados Unidos, de ese imperialismo”…, es una estampa que le gustaría fuera solo cosa de su cabeza, que de ahí no saliera. A pesar de la épica victoria, “más nunca deberíamos vivir algo así…
“No es cuestión de cobardía ni nada de eso. Somos un pueblo de paz, pero también nos sobra el coraje. Lo hemos demostrado”.
Quizás por ello no titubeó cuando estando en Torriente, poblado de su natal Jagüey Grande, se enteró de la invasión mercenaria. Se puso de pie, besó a la novia y salió al encuentro de su Batallón 225.
El carpintero de 27 años poseía ya cierta experiencia en la lucha contra bandidos, y un “espíritu de guapear” inculcado por su madre. Con esa disposición se las ingenió para llegar por sus medios lo más pronto posible a reunirse con sus compañeros. No le dio tiempo. Ya su tropa se había marchado y hasta el fusil había pasado a otras manos. “No me amilané. Salí corriendo con un fusilito de medio palo que encontré y en una gasolinera vi a uno echando combustible, le pregunté… Me dejó en Boca de Guamá, donde estaba el batallón”.
Narra que a él y a otro les asignaron ocuparse del abastecimiento de ropa, alimentos, agua, provisiones… Le hubiera gustado ir al fragor del combate, pero aquella no era una misión menor.
“Debíamos vencer trayectos complicados para las entregas o recogidas de los heridos, de los cadáveres. Era una marcha muy cuidadosa… Apagábamos las luces, retrocedíamos…”.
Chacho no sabe con exactitud de dónde sacó aliento para sobreponerse a la metralla de la aviación. “El Escambray fue otra cosa, algo así como la lucha de guerrillas. Ahora bien, nunca había vivido un bombardeo tan intenso como el del trayecto de Australia hacia Playa Larga; no había dónde refugiarse.
“Era un verdadero suicidio caminar por la carretera y ni siquiera en la cuneta había cómo protegerse. Estábamos por completo vulnerables al ataque aéreo. En un primer momento nos engañaron… Llevaban banderas con la insignia cubana… Juro que sentí miedo…
“Después de aquel temor inicial, y sin apenas darme cuenta, me volví un monstruo y fui pa’lante todo el tiempo… Ya no pensaba en el peligro, en la muerte, aunque el olor a carne quemada por la metralla y el sol, me desgarró las entrañas.
“Fue duro saber que trasladé o ayudé a enterrar a algunos de los más de 170 combatientes caídos… Duele la pérdida de compañeros, sobre todo de algunos muy cercanos como Iluminado Rodríguez y Antero Fernández Vargas, este último nos hizo milicianos en Jagüey Grande”, cuenta con tristeza.
“La guerra quita familia, amigos, la vida…, y también prueba, como sucedió en Girón, la determinación, el arrojo por defender la Revolución frente al poderío de las armas de los mercenarios. Se demostró que la moral de un pueblo es más importante que los plomos y las balas. Repito, ojalá no volvieran a invadirnos, y si sucediera, como hace 65 años, el ejemplo de Fidel Castro nos volvería a guiar hacia otra victoria”.
A menos de un mes de cumplir 94 años, Chacho invoca un tiempo más de existencia, no por él, ni por vanidad. Me mira desafiante y suelta un deseo: “Seguir haciendo por la Revolución. Me digo: si Fidel nunca se detuvo, yo tampoco voy a parar”.

