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Fidel les ganó dos veces

Nunca había ocurrido un hecho semejante: los mercenarios derro­tados en Playa Girón fueron los primeros prisioneros del mundo que dialogaron con el jefe de un gobierno que habían tratado de derrocar.

Foto: Archivo de Trabajadores

Ocurrió el 26 de abril de 1961 y el escenario del insólito encuen­tro fue la Ciudad Deportiva de La Habana. Las fotos resultaban tam­bién inusuales: mostraban a los invasores libres de cadenas o de cualquier otra atadura y muy cer­ca de Fidel.

El Comandante en Jefe libró con esos individuos una batalla de ideas que abarcó los más diversos temas. Fue una lección para los mercenarios, y para el pueblo la muestra más elocuente de lo que representaba la Brigada 2506.

Así lo expresó el entonces Pri­mer Ministro: “Soy aquí un ad­versario que ha traído aquí a la televisión para que ustedes hablen y para que ustedes digan lo que piensan (…) el pueblo de Cuba debe saber por qué se derramó esa san­gre y qué propósitos se ocultaban detrás de esa lucha”.

A cada interrogante o comen­tario de los mercenarios Fidel daba una contundente respuesta. Apelaba a argumentos sólidos que motivaban a la reflexión y muchas veces llevaban al contrario a darle la razón. En ocasiones la respuesta motivaba un movido debate. Ejem­plo entre muchos de ese intercam­bio fue la pregunta de un merce­nario: “¿Por qué esta Revolución en vez de coger el socialismo como base, no cogió la democracia bien aplicada?”.

Fidel: “¿Y quién le dice a usted que la democracia esa que llaman los yanquis es democracia?”.

Mercenario: “Bueno yo no digo la que llaman los yanquis, yo digo la legítima democracia, la verda­dera”.

Fidel: “¿Y quién le dice a us­ted que esta Revolución no es de­mocrática? El hecho mismo de que ustedes estén aquí discutiendo con el Primer Ministro del Gobier­no Revolucionario… vaya díganle a cualquiera de los cubanos que arrestan en Estados Unidos que vaya a discutir con Kennedy, a ver si Kennedy lo recibe para discutir con él”.

Ante la presencia de un mer­cenario negro, Fidel preguntó: ¿Y tú que haces aquí?, y le llamó la atención a aquel sargento del an­tiguo ejército por haberse juntado con algunos de los invasores que disfrutaban de la playa en clubes exclusivos donde a él le prohibían la entrada.

Hubo justificaciones, negación de responsabilidades, posiciones inconsistentes. La genial conduc­ción del debate por el Comandante en Jefe mostró el contraste con el pasado que esos hombres repre­sentaban y la sociedad nueva que se construía en Cuba, promulgada desde ese abril en socialista.

Una preocupación de los mer­cenarios, expresada en el diá­logo, fue que si los capturaban los iban a fusilar, a lo cual Fidel respondió: “Fusilarlos a ustedes solo significaría empequeñecer nuestra victoria, solo significaría juzgar con un nivel rasero a to­dos y que pague el menos culpa­ble por el más culpable, el menos consciente por el más consciente y el menos equivocado por el más equivocado”.

Les dijo que el pueblo cubano no estaba educado en el espíritu de venganza ni de odio. Lo que sí se hizo justicia con quienes lo mere­cían, como ocurrió con los cinco que fueron juzgados y condenados a la pena máxima por los crímenes cometidos durante la dictadura de Fulgencio Batista.

Aquella reunión tuvo desen­laces insospechados como el del mercenario que se brindó para de­fender a Cuba de una agresión ene­miga y la ovación final que le tribu­taron al líder de la Revolución.

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