
Villa Clara.— José Antonio Núñez Domínguez dice, con una mezcla de orgullo y nostalgia, que ya no peina canas, aludiendo a su anticipada calvicie. No es para menos. Desde 1997 su vida ha estado ligada de forma umbilical a los pasillos y las líneas de producción de lo que hoy es la Unidad Empresarial de Base (UEB) Induvilla, perteneciente a la Empresa Pesquera de Villa Clara (Pescavilla).
En casi tres décadas, él ha sido de todo: obrero a pie de máquina, director de unidad y, actualmente, el estratega comercial que intenta armar un rompecabezas logístico cada vez más complejo.
Para él, la industria no se define por la cercanía al mar, sino por la capacidad de transformar la materia prima en soluciones para la mesa del cubano. Induvilla no tiene muelles, pero tiene ingenio; no tiene barcos, pero tiene una maquinaria que late al ritmo del compromiso.
Ubicada en la ciudad de Santa Clara, Induvilla es el eslabón industrial donde el pescado de agua dulce deja de ser captura para convertirse en alimento procesado. José Antonio recuerda con precisión la evolución de la planta, que hoy opera bajo un sistema de ciclo cerrado: “Si no se pesca, no hay industrialización; si no hay industrialización, no hay comercialización”, explica con la calma de quien conoce los engranajes del oficio.
Bajo su gestión, el colectivo ha sido reconocido no solo por sus metas productivas, sino por un compromiso ético con los sectores más sensibles. Villa Clara es la segunda provincia de Cuba con mayor carga en dietas médicas, atendiendo a pacientes con necesidades nutricionales específicas de colesterol, VIH o insuficiencia renal. Para José Antonio garantizar ese alimento no es una cifra administrativa; es una responsabilidad social que hoy, ante la falta de energía para las calderas y el transporte, desafía su vasta experiencia.
El bache de marzo y la ética del compromiso
Hasta febrero, el relato de José Antonio era de estabilidad, con cumplimientos al 100 %. Sin embargo, marzo llegó con la crudeza de la carencia de combustible. Ante este escenario emerge el temple del entrevistado. Lejos de la justificación, se aferra a una filosofía que es, en realidad, un lema de resistencia: “En la pesca no se come para atrás”.
“Queremos que en abril la población reciba el cien por ciento de lo que no pudimos dar en marzo, además de lo que corresponde al mes”, afirma con la determinación de quien no admite deudas con el consumidor.
Alternativas “a pedal” y economía circular
La resiliencia en Induvilla tiene nombres concretos: triciclos y bicicletas eléctricas. Ante la parálisis del transporte pesado, estos vehículos se han convertido en las arterias que llevan los productos —como el caldo o la frutabomba troceada— hacia las pescaderías de la capital provincial.
Pero la innovación no es solo logística; es también conceptual. José Antonio ha impulsado alianzas con nuevos actores económicos para que las pescaderías estatales no queden vacías. Permitir que elaboradores privados comercialicen sus embutidos o hamburguesas en la red de Pescavilla, asegura ingresos para los trabajadores de la UEB y garantiza que el pueblo encuentre opciones cercanas a casa.
“Buscamos alternativas por dos razones: primero, hay comida para la población; pero también hay empleo y salarios para los propios trabajadores de Induvilla”, señala. Su mayor temor no es el trabajo duro, sino perder el capital humano, esos hombres y mujeres que llevan décadas innovando para que la industria no se detenga.
José Antonio cierra la conversación con la vista puesta en el próximo lote de producción. Sabe que el combustible es un factor incierto, pero su voluntad parece incombustible. Para este veterano, cada alternativa encontrada es una batalla ganada a la inercia. Induvilla seguirá siendo esa “fábrica de comida” que, sin ver el mar, sabe transformar el esfuerzo en el plato de los villaclareños.
