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Una escuela es un pilar

La escuela cubana de ba­llet es patrimonio esencial de la cultura nacional. Es el aporte fundamental de este país al acervo de la danza escénica universal. En tiempos en que se expe­rimentan transformaciones en la manera de asumir el cuerpo danzante, en mo­mentos en que se diluyen marcas de estilo y pautas que hace algunos años pa­recían inamovibles, en pos de una globalización uni­formizante… una escuela es un bastión. Y una escuela no es un objeto de museo.

Foto: Tomada del perfil de Facebook del Ministerio de Cultura

La edición 31 del En­cuentro Internacional de Academias para la Ense­ñanza del Ballet, que se cele­bró contra todos los vientos y todas las mareas, ha de­mostrado la vitalidad de un entramado que articula ám­bitos prácticos y teóricos en el ejercicio escénico.

Una academia necesita una columna vertebral. Una compañía (una compañía nacional) necesita de una academia.

La Escuela Nacional de Ballet Fernando Alonso, anfitriona de la cita, volvió a confirmarse como epicen­tro de ese sistema, no solo por las implicaciones de los procesos de enseñanza, sino por su capacidad de convo­catoria y articulación. En sus aulas y salones se ha puesto en evidencia que la formación del bailarín exi­ge tanto rigor técnico como pensamiento crítico, tanto disciplina como sensibilidad hacia el contexto en que se inscribe.

En ese sentido, el even­to ha funcionado como un espacio de reafirmación y también de contraste. No se trata únicamente de mostrar resultados, sino de confron­tar métodos, estilos, mane­ras de entender la formación del bailarín. En ese inter­cambio se valida —y a la vez se desafía— la tradición, que no puede permanecer inmó­vil si aspira a seguir siendo relevante.

Uno de los mayores va­lores de esta edición ha sido precisamente su capaci­dad de integrar generacio­nes. Maestros consagrados y jóvenes en formación han compartido un mismo espa­cio de aprendizaje, donde la transmisión del conocimien­to no ha sido unidireccional. La experiencia dialoga con la inquietud, y de ese cruce emerge una energía renova­dora que garantiza la conti­nuidad.

También ha sido notable la presencia de miradas di­versas sobre la técnica aca­démica. Lejos de concebirla como un sistema cerrado, ha permitido reconocerla como una base viva, capaz de dialogar con otras prác­ticas corporales y con los desafíos contemporáneos de la escena.

Esa apertura no implica renunciar a la esencia, sino comprenderla en su dina­mismo.

No menos significa­tivo ha sido el énfasis en los vínculos con la comu­nidad. Varias de las acti­vidades han llevado el ba­llet y la danza a espacios donde no siempre llegan, acercando este arte a pú­blicos que habitualmente no asisten al teatro. Esa vocación de apertura am­plía el alcance social de la enseñanza artística y rea­firma su sentido como bien cultural compartido.

En medio de dificulta­des materiales y tensiones propias del contexto, la rea­lización misma del evento adquiere un valor simbóli­co. Esta edición, además, ha rendido homenaje a Fidel Castro Ruz en el centenario de su nacimiento, recordan­do su papel como impulsor decisivo de la enseñanza del ballet en Cuba.

El Encuentro Interna­cional de Academias para la Enseñanza del Ballet deja, así, una certeza: la escuela cubana no solo resiste, sino que se reinventa desde su propia raíz. En ese equili­brio entre fidelidad y trans­formación se juega su futuro. Y en ese futuro, la academia seguirá siendo no un relica­rio, sino un organismo vivo, en constante diálogo con el mundo.

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