La escuela cubana de ballet es patrimonio esencial de la cultura nacional. Es el aporte fundamental de este país al acervo de la danza escénica universal. En tiempos en que se experimentan transformaciones en la manera de asumir el cuerpo danzante, en momentos en que se diluyen marcas de estilo y pautas que hace algunos años parecían inamovibles, en pos de una globalización uniformizante… una escuela es un bastión. Y una escuela no es un objeto de museo.
La edición 31 del Encuentro Internacional de Academias para la Enseñanza del Ballet, que se celebró contra todos los vientos y todas las mareas, ha demostrado la vitalidad de un entramado que articula ámbitos prácticos y teóricos en el ejercicio escénico.
Una academia necesita una columna vertebral. Una compañía (una compañía nacional) necesita de una academia.
La Escuela Nacional de Ballet Fernando Alonso, anfitriona de la cita, volvió a confirmarse como epicentro de ese sistema, no solo por las implicaciones de los procesos de enseñanza, sino por su capacidad de convocatoria y articulación. En sus aulas y salones se ha puesto en evidencia que la formación del bailarín exige tanto rigor técnico como pensamiento crítico, tanto disciplina como sensibilidad hacia el contexto en que se inscribe.
En ese sentido, el evento ha funcionado como un espacio de reafirmación y también de contraste. No se trata únicamente de mostrar resultados, sino de confrontar métodos, estilos, maneras de entender la formación del bailarín. En ese intercambio se valida —y a la vez se desafía— la tradición, que no puede permanecer inmóvil si aspira a seguir siendo relevante.
Uno de los mayores valores de esta edición ha sido precisamente su capacidad de integrar generaciones. Maestros consagrados y jóvenes en formación han compartido un mismo espacio de aprendizaje, donde la transmisión del conocimiento no ha sido unidireccional. La experiencia dialoga con la inquietud, y de ese cruce emerge una energía renovadora que garantiza la continuidad.
También ha sido notable la presencia de miradas diversas sobre la técnica académica. Lejos de concebirla como un sistema cerrado, ha permitido reconocerla como una base viva, capaz de dialogar con otras prácticas corporales y con los desafíos contemporáneos de la escena.
Esa apertura no implica renunciar a la esencia, sino comprenderla en su dinamismo.
No menos significativo ha sido el énfasis en los vínculos con la comunidad. Varias de las actividades han llevado el ballet y la danza a espacios donde no siempre llegan, acercando este arte a públicos que habitualmente no asisten al teatro. Esa vocación de apertura amplía el alcance social de la enseñanza artística y reafirma su sentido como bien cultural compartido.
En medio de dificultades materiales y tensiones propias del contexto, la realización misma del evento adquiere un valor simbólico. Esta edición, además, ha rendido homenaje a Fidel Castro Ruz en el centenario de su nacimiento, recordando su papel como impulsor decisivo de la enseñanza del ballet en Cuba.
El Encuentro Internacional de Academias para la Enseñanza del Ballet deja, así, una certeza: la escuela cubana no solo resiste, sino que se reinventa desde su propia raíz. En ese equilibrio entre fidelidad y transformación se juega su futuro. Y en ese futuro, la academia seguirá siendo no un relicario, sino un organismo vivo, en constante diálogo con el mundo.