No es precisamente de atletismo por donde van los derroteros de estas líneas. Pero necesitamos saltar. Por encima de las varillas tan altas que nos pone el bloqueo del gobierno estadounidense; por delante de todas las ineficiencias y ataduras que amarra la burocracia; porque ese verbo le pertenece a los revolucionarios y no a los taciturnos, a los pusilánimes.
Hay saltos tan vivos y difíciles que no dejan de ser estremecedores. Así encontramos todo lo que están haciendo nuestros científicos con el medicamento Jusvinza para las enfermedades autoinmunes; los eléctricos para que la corriente regrese más horas a nuestros hogares ahora que llegó un poco más de combustible; y los pescadores de todo el país para que regrese ese alimento a nuestros platos. Por cierto, estos últimos andan de celebración este 8 de abril. Y sin fanfarria lo dicen, pues es mucho todavía su compromiso.
Claro que también hay saltos organizativos que dar desde esta semana en la preparación del próximo 1.º de mayo. En aquellos bateyes, poblados, municipios y provincias que históricamente han organizado desfiles solo hay que activar la diana de la movilización, con el uso más racional del transporte.
En la capital, una concentración frente a los representantes del imperio, pudiera resumir el sentir de la clase trabajadora ante la inmoralidad, el ahogo y las amenazas que no cesan. Aquí los saltos de firmeza, unidad y conciencia suenan a récords de cubanía.
Si todo lo anterior no bastara, este 11 de abril tenemos en la historia el desembarco de Martí y Gómez por Playitas de Cajobabo, una costa pedregosa que en la noche de 1895 era de olas inmensas, lluvia gruesa y oscuridad total. Escribiría Martí luego en su diario, cual descripción de futuro y de combate.
“…Nos ceñimos los revólveres. La luna asoma, roja, bajo una nube. Arribamos a una playa de piedras, la Playita al pie del Cajobabo, me quedo en el bote el último vaciándolo. Salto. Dicha grande”.