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Pedro y el inolvidable abrazo

“Ser fiel al legado de Fidel, a sus enseñanzas”, enfatiza Pedro. Foto: Jorge Pérez Cruz

Las Tunas.— El 31 de marzo es una fecha es­pecial para los habitantes del poblado de Jo­babo, cabecera del municipio homónimo. Ese día recibieron la inesperada visita del Coman­dante en Jefe Fidel Castro Ruz.

“La agradable e impresionante sorpresa ocurrió en el año 1996”, dice Pedro Jiménez Espinosa, entonces un joven de 35 años de edad que fungía como primer secretario del Partido en ese territorio del sur tunero, quien accede, con la naturalidad y humildad de siempre, a recapitular la memorable jornada.

 

El contexto

“Los trabajadores y el pueblo se esforzaban al máximo en la materialización de la zafra azu­carera en las difíciles condiciones del período especial, y el central Perú fue el primero de la provincia que cumplió el plan, al sobrepasar las 23 mil toneladas de crudo.

“No era la mayor producción de su histo­ria, pero en aquellas complejísimas circuns­tancias su colectivo laboral, con el apoyo de la población y dirigido por el Partido y el desaparecido Ministerio del Azúcar, tenía so­bresalientes resultados en los indicadores de eficiencia: rendimiento industrial de 11 % y recobrado del 88,7.

“Y Fidel, el mejor discípulo de nuestro Apóstol José Martí, sabía que el reconoci­miento oportuno fomenta el mérito y llegó hasta el ingenio, donde intercambió con los trabajadores y los felicitó por el éxito”.

 

Preámbulo del encuentro

“Entonces el pitazo del central por cada meta era un acontecimiento para los vecinos del ba­tey y hasta para los visitantes. Era momento de gran alegría…, porque todo el mundo se sentía parte de la contienda.

“Habíamos organizado un acto, estaba pre­visto en áreas interiores de la fábrica. Al medio­día me llamó Julia Pino, encargada de Asuntos Generales del Comité Provincial del Partido y me informó que Fidel estaría con nosotros.

“La emoción fue tremenda por el anuncio. Con las expectativas y el entusiasmo que des­pertaba la visita del Líder Histórico de la Revo­lución trasladamos la celebración para la plaza de La Punta. No hubo tiempo para convocato­ria, pero no hizo falta. Fue una gran concentra­ción popular.

“Luego en los estados de opinión del pueblo, recibimos críticas de mucha gente que no pudo asistir, porque no lo supo. La primera repri­menda la recibí de mi papá Francisco, un gran admirador y fiel seguidor de las ideas de Fidel”.

 

El abrazo de Fidel a Pedro Jiménez Espinosa el 31 de marzo de 1996 en la plaza La Punta, en el tunero municipio de Jobabo. Foto: Cortesía de Pedro Jiménez Espinosa

El encuentro…

“Cuando llegué, ya Fidel estaba en la sala de análisis, preguntando por los detalles de la za­fra. Machadito (José Ramón Machado Ventura) me presentó al Comandante con nombre y car­go, y me preguntó: ¿De dónde tú saliste?, y yo, con los nervios de punta respondí: De Rincon­cito, un barrio rural de Jobabo. Y me dijo en tono jocoso: ‘¡Qué Rinconcito de qué!’.

“Ahí me di cuenta de que quería saber dón­de estaba antes de ir para el Partido y rectifico: trabajaba en el ingenio, le dije y en el mismo tono de jarana comentó: por eso los centrales están como están. Cada vez que un técnico se destaca se lo llevan para el Partido”.

 

Del ingenio hasta La Punta

“Salimos para el lugar del acto y un mar de pueblo nos siguió. Fidel indagó por la can­tidad de habitantes del municipio y cuántas personas había en la plaza, y no tuve respues­ta para la segunda interrogante, porque nun­ca en esa plaza se habían concentrado tantas personas”.

Pedro llegó a ser primer secretario del Co­mité Provincial del Partido en Las Tunas. Tuvo varios encuentros con el Comandante en Jefe, y “la emoción y la admiración por el Líder Históri­co de la Revolución siempre fueron crecientes, y aquel abrazo y su legado los llevaré siempre en el corazón como una fuerza más en las misiones que cumplo hoy en el sector azucarero de este territorio”, sentencia emocionado.

“En los encuentros preguntaba por todo y principalmente por la situación de los más vul­nerables y qué estábamos haciendo para aten­der sus necesidades. Quería saber la cantidad de radios, de televisores… No se le escapaba nada a sus propósitos de hacer el bien.

“Sus enseñanzas las guardo, junto a aquel memorable abrazo del 31 de marzo de 1996 en la plaza La Punta, de Jobabo, y siempre me propongo seguirlas en cada misión que me asignan”.

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