
Si la bloquera y los dos molinos de la UEB Gibara, de la Empresa de Materiales de la Construcción (Médano), pudieran hablar, de seguro sus palabras pondrían en un pedestal a Carlos Eufrasio Machín González.
Desde hace 45 años, este mecánico es el médico de cabecera de tales instalaciones, pertenecientes al centro productivo conocido como Molino 200 mil, dedicado a la producción de bloques y áridos, ubicado en las cercanías del poblado gibareño de Floro Pérez.
Cuando entró allí en el año 1980 cualquier situación de rotura de equipos era casi como “coser y cantar” porque los recursos abundaban; pero a partir de la década del 90, Carlos tuvo que poner todo su talento y fuerza de voluntad para que hasta el día de hoy allí se produzcan bloques, arena, gravilla y polvo de piedra.
De modo que el Premio de Mayor Impacto Económico y Social que le otorgó la Asociación Nacional de Innovadores y Racionalizadores (Anir) en 2025 no hizo más que colgarle una medalla a quien ya era atleta de alto rendimiento en la carrera con obstáculos que es, sin dudas, mantener en pie una industria sin piezas de repuesto.
Este jefe de brigada de mantenimiento industrial e innovador impenitente, aún con casi 70 años de edad, asegura que su regla de oro se basa en la sabiduría popular que aconseja “mide cien veces y pica una”.
Primero sopesa bien las ideas y cuando cree que todo engrana a la perfección las expone a sus compañeros y jefes, y estos le apoyan con recursos y trabajo. “No puedo quejarme de mi empresa. Lo que yo necesite para las innovaciones lo respaldan”, afirma.
Justamente ese apoyo le permitió materializar cuatro innovaciones que le hicieron ganar el importante galardón de la Anir, entre las que destaca la recuperación del brazo del paletizador de la bloquera marca Poyatos.
Explica que ese brazo o biela es el que levanta los paquetes de bloques ya terminados y los gira para colocarlos en la estera. Cuando empezó a fallar, la tarea se puso compleja porque su funcionamiento requiere una medida exacta y cualquier error descalabra todo el proceso.
Entonces resolvió el problema con un tornillo especial de rosca izquierda y derecha. “Lo aseguré donde tenía que caer y ya está funcionando”, dice.
A Carlos, que innova desde que era un niño curioso en la carpintería de su padre, le brillan los ojos cuando explica cómo sustituyó las escasas correas de transmisión de los molinos por un motor de baja revolución con otros aditamentos. “Eso se generalizó y ya los cuatro molinos de la empresa, incluyendo el de Mayarí y el de Sagua de Tánamo, tienen motores y no necesitan correas”.
Las piezas importadas que no han compaginado con la tecnología de la fábrica tampoco han sido un callejón sin salida para este hombre. Cuando la empresa compró un conjunto de molde, macho y mesa para la prensa P-90 de la bloquera, resultó que eran de otro modelo y no ajustaban.
Carlos pasó quince días adaptándolos: tuvo que cepillar la mesa para bajarle la altura y ajustar cada pieza hasta dejar funcionando el sistema donde se forman los bloques. “Todo eso es hierro duro, pero se pudo”, comenta.
Tampoco dejó perder unas carretillas barrenadoras rusas que nunca funcionaron y estaban a punto de enviarse como materia prima. Con sus rodillos fabricó tambores de cola necesarios para la industria.
Y cuando la manguera del hidrociclón —el equipo que lava la arena a presión—, se rompió y no había forma de conseguir otra porque debía importarse de España, Carlos agarró una banda transportadora, la enrolló, la amarró con alambre, le puso presillas metálicas y la instaló.
Para este anirista, que solo con sus innovaciones premiadas ahorró más de 600 mil pesos, la diferencia entre ser un mecánico y un innovador está en la actitud. “Uno puede ver un equipo y decir que no está apto para trabajar. Yo digo: no está apto, pero lo voy a hacer trabajar de otra forma”.