En un momento de su vida, el villareño Sergio González López pensó hacerse sacerdote como era el deseo de su madre, y para ello estudió en seminarios, pero el amor cambió el rumbo de su vida, se casó y creó una familia de cuatro hijos.
En la capital laboró con inspector de tranvía y después en Ómnibus Modernos S.A. Sus compañeros de labor lo apodaron El Curita y aunque no se dedicó a la religión, se consagró activamente a una misión elevada y noble: la lucha por liberar a su patria de la opresión y conquistar para su pueblo toda la justicia.
Su bregar combativo comenzó como dirigente sindical. Después de la llegada al poder del dictador Fulgencio Batista, tras el golpe de Estado del 10 de marzo de 1952 el pensamiento y la actuación de El Curita se radicalizaron, Ya desde 1947 militaba en el Partido Ortodoxo, donde se puso en contacto con Fidel Castro.
A la muerte de una hermana heredó una pequeña imprenta ubicada en la Plaza del Vapor, cerca de la intersección de las calles Galiano y Reina, y la puso al servicio de la causa revolucionaria. En ella se imprimieron ejemplares de la primera edición de La Historia Me Absolverá, que se distribuyó clandestinamente, se editaron volantes y propaganda de diversas organizaciones opuestas al régimen, fue escenario de reuniones clandestinas y refugio de conspiradores contra el batistato., hasta que en noviembre de 1957 el Servicio de Inteligencia Militar (SIM) la asaltó y clausuro, aunque no pudo detener a Sergio que logró escapar.
Pero le aguardaba una misión mucho más comprometida y peligrosa; ser Jefe de Acción del Movimiento 26 de Julio en la capital.
Su trayectoria adquirió ribetes de leyenda. Protagonizó una audaz fuga del Castillo del Príncipe, donde organizó una huelga de hambre en solidaridad con los encarcelados en la entonces Isla de Pinos, se fracturó un pie al lanzarse de un segundo piso de una vivienda de El Vedado para eludir la persecución de la policía, dirigió la realización de sabotajes a objetivos económicos y la llamada Noche de las Cien Bombas, que colocadas en lugares estratégicos que estallaron de manera simultánea a las nueve de la noche, hecho que estremeció a La Habana sin que hubiera un herido entre la población, como expresamente orientó.
Preocupado por la seguridad de El Curita, constantemente perseguido, Fidel Castro envió a un emisario para proponerle su incorporación a la lucha armada en las montañas, pero El Curita agradeció el gesto del Jefe de la Revolución y le respondió que su lugar estaba allí en la capital, al frente de sus compañeros, más aún cuando se preparaba una huelga general revolucionaria.
Detenido en una vivienda de la calle K en el Vedado, que había sido tomada por el Buró de Investigaciones, fue sometido a atroces torturas sin que delatara a ninguno de sus compañeros de lucha.
Uno de sus verdugos declaró posteriormente que en la madrugada del 19 de marzo de 1958 cuando lo bajaron del auto para asesinarlo en un lugar apartado del reparto Altahabna, El Curita, abriéndose la camisa ensangrentada gritó: ¡Tiren, tiren, que aquí hay un hombre!
Había desaparecido el día anterior. Junto a él fueron encontrados los cadáveres con huellas de torturas, de sus compañeros de lucha Juan Borrell y Bernardino García Matos (Motica). El Curita tenía al morir 37 años.