Estados Unidos a lo largo de su historia ha utilizado la mentira como arma vulgar con el propósito de justificar crímenes de lesa humanidad, asesinatos selectivos, secuestros de mandatarios, agresiones, intervenciones militares y guerras, en beneficio de sus intereses de dominación global.
El presidente Donald Trump, no es la excepción entre sus predecesores, por el contrario, es el máximo exponente de la mitomanía que, más que una enfermedad psicológica, es parte de una muy vieja política de Washington dirigida a imponerse en el mundo.
Engañar asiduamente a la opinión pública internacional con declaraciones contradictorias y ambivalentes ha sido una práctica de Trump, desde su primer mandato, e intensificada a su retorno a la Casa Blanca el pasado año.
Ejemplos de su conducta agresiva y embustera son numerosos en la actualidad, entre los que sobresalen la guerra desatada contra Irán, el secuestro del jefe de Estado de Venezuela, Nicolás Maduro, y las continuas agresiones a Cuba, como el recién el bloqueo petrolero que le arreció aún más el prolongado cerco económico, comercial y financiero a la isla caribeña.
El guion farsante ha sido el mismo: es necesario un cambio de régimen en esos países porque constituyen una amenaza a la seguridad de EE.UU. Hay que obligarlos a negociar con un puñal en el pecho para que sus máximos dirigentes abandonen el poder, y si se niegan, alentar y financiar la subversión interna en sus naciones y utilizar la fuerza para derrocarlos.
El jefe de Washington parece haberse envalentonado con el secuestro de Maduro y su esposa, a inicios del año en curso, y seguidamente la emprendió en febrero pasado con Irán, país al que le inició una guerra, en medio de negociaciones que sostenían ambas partes.
El inquilino de la Casa Blanca, con su acostumbrada prepotencia y verborrea, le puso fecha a la derrota de la nación persa una y otra vez, pero lo cierto es que hasta hoy EE.UU. e Israel no han logrado doblegarla.
Irán ha respondido con fuerza y precisión a los ataques de sus contrincantes, y ahora Trump parece estar en un callejón sin salida, razón por la cual, aunque esconde la verdad, busca una salida negociada ante un posible escandaloso revés que puede llevarlo al fin de su sueño como aspirante a emperador.
Los gobernantes de Teherán han reiterado que fueron Washington y Tel Aviv los que comenzaron el conflicto bélico, y le corresponde entonces a los iranies decidir cuándo se terminará la contienda.
Han descartado además un eventual alto el fuego y un reinicio de conversaciones con sus enemigos.
Mientras tanto, EE.UU. se aísla cada vas más del mundo, incluyendo de sus aliados de la Unión Europea (UE) miembros de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), la mayoría de los cuales se han negado a un pedido del Pentágono de enviar barcos de guerra al estrecho de Ormuz para obligar a Irán a que lo abra, y permitir así el paso de los súper-tanqueros petroleros.
Teherán ha expresado al respecto que el paso de Ormuz está abierto a sus amigos, no así a sus adversarios.
Hace pocas horas, Trump la embistió también con la prensa estadounidense, a la que acusó de traidora por informar con objetividad acerca del diferendo con Irán.
Reza un refrán popular que la mentira tiene patas cortas. Ello se está evidenciando en el convulso mundo actual, poniendo al borde del abismo al ocupante del Despacho Oval y a su decadente imperio mitómano.