Hablar, dialogar y llegar a acuerdos, incluso con nuestros enemigos reales e ideológicos, no es nuevo en la historia de Cuba. Lo hicimos con España en época de la colonia y lo hemos practicado con Estados Unidos después del triunfo de la Revolución muchas veces.

La algarabía mediática a partir de las palabras del Presidente de la República de Cuba, Miguel Díaz-Canel, sobre el inicio de un canal de diálogo con las autoridades estadounidenses para evaluar la posible solución a las diferencias bilaterales que existen entre nuestras dos naciones, no son más que ahogos precipitados a un proceso que recientemente se inicia y nadie sabe cuánto demorará o sus resultados finales.
No hay mentiras ni ocultamiento de información. Con las administraciones de Kennedy, Carter, Reagan, Clinton y Obama hubo similares métodos y los medios estadounidenses no se enteraron muchas veces. Solo cuando ambas partes así lo decidieron. No obstante, ya sabemos que esa no es la filosofía actual del inquilino de la Casa Blanca, deseoso de figurar y dar noticias, algunas probadamente falsas (como está ocurriendo con Irán) y otras aceleradamente apresuradas sin haberse negociado nada.
Pero volvamos al diálogo, que al final ha sido la apuesta histórica cubana, consciente de que es un volcán de lava hirviendo, pues confianza total en ellos no se puede tener y ya nos lo enseñó el Che.
Sin embargo, en función de evitar confrontaciones directas, identificar intereses comunes y convivir como vecinos que sin pensar igual podemos tener puntos de cooperación, cualquier diálogo debe ser bienvenido. Y si el cerco económico abarca la asfixia petrolera y de alimentos como ahora, sentarse a hablar es lo más sensato e inteligente.
Eso sí, tal y como Maceo pidió conversar con Martínez Campos y sobrevino luego una protesta de Baraguá, el camino de ahora debe ir por los mismos derroteros. No renunciar a principios ni a nuestra soberanía. El pueblo cubano ha demostrado que resistir apagones, escasez de alimentos y medicina, entre otros, no es obstinación de fanáticos. Es la lectura consecuente con la historia de una libertad que nadie, nadie, puede poner como condición.
Dialogar es posible. Por la vida nuestra y por una región que no merece seguir siendo mirada como el patio trasero del imperio más grande del mundo.

