Libros vividos

Libros vividos

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Hay libros que nacen para quedarse quietos. Otros, desde la primera página, parecen pedir vía. No todos los lectores lo entienden. Algunos creen que amar un libro es encerrarlo, preservarlo intacto en un estante como si fuera una pieza de museo. Pero los libros —como las historias que guardan— respiran mejor cuando pasan de mano en mano.

 

 

 

 

No siempre he pensado así. Cambié a finales de los años noventa, luego de una conversación en la Plaza de Armas, en La Habana Vieja. En aquella época el lugar era el reino de los libros viejos y de la iconografía épica de la Revolución. Había mesas, anaqueles improvisados, pilas de volúmenes gastados por el tiempo y por los lectores. Allí se encontraban verdaderos tesoros, libros agotados en librerías, ediciones antiguas, novelas clásicas, poemarios casi olvidados.

Recuerdo particularmente a un vendedor. Se sentaba en un cajón de madera junto a estante repleto de libros. No era un simple comerciante. Bastaba escucharle unos minutos para comprender que aquel hombre había vivido dentro de cada uno de esos volúmenes. Cuando alguien tomaba un ejemplar, él no comenzaba la conversación por el precio, primero hablaba del autor, del contexto, del antiguo propietario, narraba un pasaje, citaba una frase…

—Ese —decía señalando una novela— no es el mejor libro de su autor, pero tiene un personaje que uno no olvida.

Otras veces tomaba un tomo más gastado, con el lomo vencido por el tiempo.

—Este sí es una joya. Mire cómo está marcado. Eso quiere decir que ha tenido buena vida.

Hablaba de escritores conocidos y de otros casi invisibles, pero siempre lograba despertar curiosidad. Parecía haberlos leído todos. Probablemente lo había hecho.

En medio de aquella conversación —que empezó como suelen empezar las charlas entre lectores, comentando títulos y personajes— me dijo algo que desde entonces no he olvidado:

—La vida de un libro depende de que alguien lo lea.

La frase cargaba con la  naturalidad de lo obvio, pero luego añadió una idea que cambió la forma en que desde entonces miro mi librero:

—Un libro guardado no es un tesoro —explicó—. Es casi una sentencia. Si se queda guardado sin que nadie lo abra, el libro muere. Y con él la historia y hasta su autor.

 

 

 

Miré entonces aquellos volúmenes gastados, subrayados, doblados en las esquinas. Muchos marcados por el uso, como si cada lector hubiese dejado una huella diminuta. Comprendí que ese desgaste era, en realidad, una señal de vida. Un libro leído muchas veces no está viejo: está vivido.

Desde aquella tarde entendí que las bibliotecas no deberían ser cementerios de papel. El conocimiento, las ideas, la imaginación que habitan los libros necesitan circular. Igual que las conversaciones, igual que la memoria. Por eso amo las bibliotecas, personales o públicas, que permanecen abiertas, esas donde los libros entran y salen. Algunos tardan meses en regresar; otros regresan con nuevas marcas, con páginas dobladas o comentarios al margen. Otros nunca regresan. No me molesta. Significa que han seguido viviendo.

Un libro no está hecho para dormir en silencio entre otros libros. Está hecho para caminar, para despertar preguntas, para provocar, para acompañar soledades…

Un libro en un anaquel es apenas papel. Uno que viaja de mano en mano es historia que sigue viva.

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