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De la ilusión a la realidad

Los economistas lo dije­ron desde el principio. To­par precios por decreto no es la solución mágica de ninguna economía, pues el mercado —en especial, los vendedores— siempre lo intentarán burlar, a partir de que los costos pueden variar (por ejemplo, tema combustible hoy mismo); la demanda creciente de un producto; la falta de siste­maticidad y rigor del cuer­po de inspectores, entre otros complejos entrama­dos que terminan haciendo agujeros en los bolsillos del cliente o comprador.

Productos esenciales como la leche en polvo, el detergente, aceite, salchi­chas, pastas alimenticias y el pollo troceado fueron topados por el Ministe­rio de Finanzas y Precios desde julio del 2024 por la Resolución 225 en la que se reconoce la exonera­ción del pago del Impuesto Aduanero a las importa­ciones de esos productos y que puede haber hasta un 30 % de margen de ganan­cias siempre que no exce­dan los precios definidos en la norma.

Todo eso, sin pecar de absoluto, ha quedado en una gran ilusión, con las lógicas excepciones de al­gunos lugares. Y a ello hay que sumar los productos agropecuarios de las ferias semanales, que también los topa cada territorio antes de iniciar la venta y cuan­do se llega a la tarima está igualmente inflado el pre­cio y solo quedan dos op­ciones: armar un escándalo y buscar como aguja en un pajar a los responsables del gobierno para hacer valer tu derecho o simplemente pagarlo al valor que deci­dieron ponerlo sin chistar.

Son realidades con las que a diario chocamos y lo más dañino es que ha lle­gado a interiorizarse por muchos que quien exige su derecho al precio topado es un “conflictivo o tacaño”, que lo mejor es pagar lo que diga el vendedor por­que “está luchando” y re­solviendo lo que no se pue­de encontrar en la oferta estatal.

Lamentablemente eso lacera la credibilidad de los gobiernos locales encarga­dos de controlar la actividad y del cuerpo de inspectores, quienes solo funcionan si están en un operativo, pues individualmente son fáci­les presas del soborno. Las teorías de que “siempre ha­brá alguien que lo pague” o “prefiero botar el producto antes que bajarle el precio como está topado” van ga­nando terreno en detrimento del pueblo.

Este periodista no tie­ne una solución mágica ni mucho menos, pero lo que sí tiene claro es que se ha ido de las manos un asunto vital para la subsistencia ciudadana y la confianza gubernamental. Y todavía estamos a tiempo de atajar y ponerle un coto. Mañana será demasiado tarde.

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