La llamarada que se hizo voz

La llamarada que se hizo voz

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En la manigua roja de febrero, donde el sol se filtraba entre las arboledas de Altos de Conrado y el viento olía a pólvora y a monte, ocurrió el prodigio. No fue un parte de guerra convencional lo que marcó ese 24 de 1958, sino el sonido de una semilla rompiendo la tierra dura y fue la primera vez que la dignidad encontró frecuencia en el dial.
Foto: Cubaperiodistas

 

Aún no se escuchaba el estremecedor «¡Aquí Radio Rebelde!» que luego nos haría vibrar a todos. Aquella tarde, el Himno Invasor rasgó el silencio radial, impuesto por la dictadura de Fulgencio Batista, seguido del parte del combate de Pino del Agua.
Veinte minutos bastaron para fundar el milagro de una emisora clandestina que, cargada a lomo de mulo, llegó para instalar la verdad en cada hogar cubano.
El Comandante Ernesto Che Guevara, su principal artífice, sabía que aquella planta transmisora era un fusil de alto calibre. No disparaba balas, sino certezas.
La estación, instalada junto a sus comandancias, era el puente invisible que unía a la guerrilla con el pueblo.
El principio fundamental fue ajustarse a la más estricta verdad lo cual constituyó la base de la credibilidad.
Y esa idea, desnuda y bravía, era la que necesitaba una nación amordazada por décadas.
Apenas dos meses después, el 14 de abril, el Comandante en Jefe Fidel Castro llegó hasta el sitio donde estaban instalados los equipos, caminando días enteros desde sus zonas de operaciones, para cumplir una cita impostergable.
Con la voz firme y sin titubeos, Fidel les dijo a los cubanos:
«El pueblo de Cuba sabe que la lucha se está librando victoriosamente; sabe que lo que era chispa hace apenas un año es hoy llamarada invencible».
Y luego sentenció la máxima que se convirtió en el escudo de la emisora:
«Al pueblo de Cuba, la seguridad de que esta fortaleza no será jamás vencida, y nuestro juramento de que la Patria será libre o morirá hasta el último combatiente».
Pero la magia de Radio Rebelde no solo vivía en las alocuciones sino que también encontraba su alma en las notas musicales del Quinteto Rebelde.
Aquellos humildes campesinos, liderados por Osvaldo Medina y sus hijos, empuñaron guitarras como quien lo hace con un arma. Eugenio Medina, uno de sus fundadores, recordaría siempre la lección de Fidel: ellos querían fusiles para pelear, pero el líder les explicó que su arma era más poderosa: «Era un arma ideológica y como éramos analfabetos, creímos que Fidel decía que nos iba a dar un arma que se llamaba ‘ideológica’, que a lo mejor tenía un cargador más grande», rememoró.
Y así, entre canción y canción, desmoralizaban al enemigo y sublevaban el espíritu del cubano común. Durante la batalla de El Jigüe, no dejaron dormir a los soldados de Batista, acompañando los tiros con su música incansable.
Desde aquel 24 de febrero, la emisora fue más que un medio: fue un refugio.
Los obreros, los campesinos, los jóvenes del llano, pegaban el oído a la radio para oír, entre las interferencias y el miedo, la voz de la esperanza que llegaba desde el territorio libre de Cuba.
Allí donde la mentira de la tiranía intentaba imponerse, Radio Rebelde encendió una hoguera de veracidades que aún hoy, cerca de siete décadas después, no ha dejado de iluminar.
Porque si la Sierra Maestra fue el altar de la libertad, Radio Rebelde fue, desde entonces y para siempre, la voz que le susurra al alma del pueblo cubano que la patria no se rinde.
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