Por estos días vuelve el 24 de febrero de 1895 a resonar por lo simbólico del grito de ¡Independencia o muerte! de los cubanos, al hacer suya la máxima de Céspedes de no permanecer de rodillas, y levantarse.
Este día, como resultado de una sabia orientación táctica de Martí, tuvo lugar, aunque no en la escala prevista y necesaria, un levantamiento simultáneo, con el cual, el delegado del Partido Revolucionario Cubano aspiraba a que la llama bélica prendiera en toda la Isla, para permitir que la guerra tuviera, como él solía decir, la brevedad y la eficacia del rayo.
Aquel febrero de 1895, el gobernador español del Departamento Oriental de Cuba, cumpliendo órdenes de la Capitanía General, declaró en vigor la ley de orden público del 23 de abril de 1870, por la que decretaba en estado de guerra las provincias de Matanzas y Santiago de Cuba, y ordenaba a los alcaldes municipales «…adoptar las medidas que estime conducentes a evitar que se altere el orden, a reprimir con energía su alteración si no pudiere evitarse (…). «
La luz del Apóstol
José Martí, desde la emigración y como máximo representante del Partido Revolucionario Cubano, había organizado la insurrección en Oriente, al igual que en el resto del país. Para alcanzar sus objetivos independentistas, Martí se apoyó en las figuras más cimeras de la gesta anterior, y logró vertebrar un movimiento que respondió a sus órdenes sin vacilaciones.
La región oriental, por su extensión fue dividida en dos cuerpos de Ejércitos, dirigidos por dos líderes indiscutibles.
El primer cuerpo del Ejército Libertador estaba integrado por seis brigadas bajo la dirección del mayor general Guillermo Moncada, y de Victoriano Garzón, como coronel anexo al cuartel general.
El jefe del segundo cuerpo era el mayor general Bartolomé Masó, y lo formaban cinco brigadas. Los días 21 y 22 de febrero, Masó, quien al igual que Moncada, había recibido la orden de alzamiento, envió comisiones a los complotados de su jurisdicción para levantarse en armas. El 22, Masó abandonó Manzanillo y enclavó su cuartel provisional en las Cabezadas de Limones.
Ante el peligro de que la revolución en Oriente quedara descabezada en los primeros momentos, ya que el gobierno español estaba enterado, por sus espías y confidentes de las actividades conspirativas, los dos jefes decidieron abandonar sus respectivas localidades, antes de la fecha convenida, y así evitar un golpe demoledor para la rebelión.
El 24 de febrero los complotados de Manzanillo, Bayamo, Jiguaní, las Tunas y Holguín, al igual que el resto de la provincia acataron la orden recibida, y al grito de ¡Independencia o Muerte! reiniciaron la lucha.
Baire, en aquella época, era un pequeño barrio del municipio Jiguaní. Su nombre pasó a la historia como uno de los lugares más emblemáticos en que reinició la lucha en 1895, Al igual que los restantes barrios y municipios de la provincia, desde hacía años formaba parte del engranaje organizado por el Partido Revolucionario Cubano para librar la dura contienda contra un enemigo superior. Sus principales dirigentes, viejos combatientes de las pasadas guerras, estaban vinculados a los máximos jefes de la revolución, y respondieron sin titubeo a sus órdenes.
En el alzamiento del 24 un grupo de hombres, empujados por la represión del régimen español, iniciaron la lucha.
Y, lo más importante, desconocían la magnífica labor organizativa y de propaganda desarrollada por el Partido Revolucionario Cubano, que dando ejemplo de tenacidad y mediante la disciplina partidaria, logró vertebrar un movimiento insurreccional en el país, unificó los criterios y zanjó las dificultades, atrajo a la lucha independentista a las capas más humildes de la población trabajadora en la emigración, vinculó a las nuevas generaciones con los veteranos de las pasadas contiendas, y limó las diferencias de clases.


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