La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), así como la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (Osde), estiman que a nivel mundial en los próximos 15 años la producción agrícola en América Latina crecerá un 22 %, y que de conjunto con el Caribe para el 2028 aportará más del 25 % de las exportaciones de las producciones agropecuarias y pesqueras, con énfasis en el maíz, el arroz y la carne de res.
De ahí que el área resulte importante para la supervivencia humana. Es rica en minerales como litio, oro, zinc, uranio, cobre, coltán; siete de sus países se encuentran entre los diez productores de minerales claves para la industria militar. Venezuela contiene la mayor reserva probada de petróleo en todo el mundo y asimismo cuentan con yacimientos naciones como México, Brasil, Ecuador, Perú, Colombia y Argentina.
Según informe del Consejo de Inteligencia Nacional de EE. UU. del año 2012, para el 2030 habría terminado la supremacía de la nación norteña en política internacional. Dicho documento pronostica, además, que la economía de China superaría a la estadounidense, mientras que la de América Latina mantendría un crecimiento estable.
Entremos en contexto
Ante el declive de Estados Unidos, América Latina y el Caribe constituyen una prioridad en su política exterior y de seguridad, por eso trata de garantizar el acceso y control a los recursos naturales y económicos, dominar los mercados, las fuentes de energía, y proseguir su colonización cultural así como las fuerzas políticas.
Para lograrlo Washington articula la coerción económica, los medios de comunicación y el poder militar. Recientemente el secretario de Guerra, Pete Hegseth anunció que pretenden gastar 1,5 billones de dólares para el 2027 en la reconstrucción de sus Fuerzas Armadas, un incremento superior al 50% respecto a los 901 mil millones asignados para este año.
Ese objetivo armamentista no es nuevo, aparece en la Estrategia de Seguridad Nacional (ESN) de EE. UU. de mayo del 2010, en la cual también se plantea que el país está unido con América Latina y el Caribe, entre otros aspectos, por la proximidad geográfica.
Lo cierto es que la región le suministra el 30 % del petróleo que consume, que significa el 25 % de la energía que se produce en el planeta a pesar de que la población estadounidense representa solo el 4% del total mundial.
Sus bases militares han sido instaladas enmascarándolas en la supuesta lucha contra el terrorismo, el narcotráfico y para hipotéticas intervenciones humanitarias por el efecto de fenómenos naturales. Hay que aclarar que Washington exige inmunidad de sus soldados a las naciones en las que están enclavadas.
La nueva ESN de noviembre del 2025 hace énfasis en la soberanía estadounidense y sitúa al hemisferio occidental como su espacio de influencia exclusiva. Prioriza el control fronterizo de su país y los flujos migratorios. Se refiere a la reindustrialización, vinculándola a la producción nacional y la revitalización de la industria de la defensa.
Según dice el documento, la seguridad económica anticipa un comercio equilibrado, el dominio energético y el liderazgo financiero. Habla de estabilidad regional, pero será seguramente de acuerdo con sus intereses. Describe la paz como herramienta de su eficacia diplomática. No obstante, como siempre, deja claro que EE. UU. actuará donde considere que sus intereses corren peligro, incluyendo intervenciones.
Con relación al Corolario Trump a la Doctrina Monroe indica: “Negaremos a competidores no hemisféricos la capacidad de posicionar fuerzas u otras capacidades amenazantes, o de poseer o controlar activos estratégicamente vitales en nuestro hemisferio”.
El 24 de enero último, el Departamento de Guerra estadounidense publicó la Estrategia de Defensa Nacional (NDS, por sus siglas en inglés), basada en la ESN e insiste en las prioridades militares de la presidencia de Donald Trump. Según expertos, su enfoque refleja la doctrina de América Primero (EE. UU. primero) que prioriza la seguridad interna y redistribuye cargas hacia los aliados.
Recordemos que a comienzos del siglo XX, los Estados Unidos con formas de conducirse tan parecidas a las actuales, competía a nivel mundial por el control de los recursos naturales de América Latina y el Caribe, para satisfacer los intereses de los grupos de poder económico y para ello necesitaba demostrar su capacidad ofensiva.
Espina en suelo cubano
La ilegal base naval estadounidense en Guantánamo (BNG) es la más antigua que poseen en el área y no solo priva a la Mayor de las Antillas de la soberanía de una parte de su territorio sino de una de las más amplias bahías del mundo. Su importancia estratégica hace años quedó relegada a un segundo plano, sin embargo, crece la función como cárcel de torturas o campamento de migrantes.
La intervención estadounidense en la guerra de Cuba contra España en 1898 comenzó con las maniobras para ocupar la bahía de Guantánamo, desde ese año se mantienen en ella, y legalizaron su permanencia con la imposición en 1901 de la Enmienda Platt, un apéndice en la entonces naciente Constitución cubana. La Enmienda fue derogada en 1934, pero no los artículos relacionados con la BNG, porque según Estados Unidos afectaba su estabilidad militar en el Caribe, las Antillas y el Canal de Panamá.
Entre los temas que, desde hace muchos años, el Gobierno cubano ha propuesto al estadounidense abordar en un proceso de diálogo, se encuentra la devolución de ese territorio ocupado ilegalmente, pero la respuesta ha sido evasiva. Se debe aclarar que Cuba no asume política agresiva alguna contra EE. UU. Jefes militares cubanos y estadounidenses han coincidido que nuestro país no constituye una amenaza a la seguridad nacional de EE. UU.
Se sabe que Washington mantiene una gran presencia militar en América Latina y el Caribe con bases permanentes, instalaciones compartidas, centros de entrenamientos y acuerdos logísticos. La cifra es una incógnita. Según fuentes no oficiales el número oscila entre 76 y 87. Lo que no deja lugar a dudas son sus propósitos. Algunas funcionan como centros para la guerra mediática y la ciberguerra. Hay bases móviles y secretas y su personal no siempre viste uniforme militar.
Las propias fuentes no oficiales ubican las más conocidas instalaciones militares en: Panamá, Colombia y Paraguay. Honduras posee la base de Palmerola, la cual se dice que es de las más importantes en Centroamérica. No escapan de estas estructuras Aruba y Curazao con bases aéreas. México, Costa Rica, Guyana francesa, Guadalupe y Martinica. El Salvador posee la base de Comalapa y como Perú tiene instalaciones para operaciones antidrogas y vigilancia regional.
¿Cuántas más podrá instalar? Siempre será una incógnita. Aunque resulta evidente su decisión de seguir. Por ejemplo, hace solo algunos días se ha dado a conocer que el Gobierno estadounidense proyecta construir una nueva base naval, en el puerto peruano del Callao, en un plan de cooperación en defensa y logística marítima. La instalación reforzará su presencia operativa en el área del océano Pacífico.
El Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, en su Reflexión del 9 de agosto del 2009, escribió: “…La lucha contra las drogas es un pretexto para establecer bases militares en todo el hemisferio (…) El verdadero objetivo es el control de los recursos económicos, el dominio de los mercados y la lucha contra los cambios sociales”.