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Un abrazo a quienes sólo saben de amor

 

Lo del odio es causa perdida -mi humilde corazón me lo susurra-: presiento que en el escenario más desolador, sobre tierra arrasada por un golpe mortal, siempre alguien aparecerá de pie y triunfante, alguien -a contragolpe de la estupidez y el miedo- dirá como José Julián y así estará reiniciando los sueños: “Yo solo sé de amor”

 

Ante el mundo -herido de muerte desde el 7 de octubre del 2023, desde que comenzamos a presenciar impotentes el holocausto del pueblo palestino-, no quedan más que dos posiciones a elegir: martianamente hablando, estamos en el bando de los que odian y destruyen, o en el de los que saben amar y construir.

 

 

Los días que corren nos han negado la posibilidad de los matices, de las medias tintas, de las preferencias moderadas. Y en el mundo, donde el odio se ha enseñoreado, el amor es el único acto de rebeldía posible.

 

Foto: Alejandro Azcuy

Viviendo la Cuba nuestra, tan heroica y sufrida, sentimos en carne propia el intento imperial de matarla a cuenta gotas, de irla dejando sin oxígeno para que, con esa muerte, también desaparezcan los buenos sentimientos que movieron a millones de mujeres y hombres a llevar adelante una Revolución. La embestida desgarra, pero no nos derrota.

Son tiempos difíciles, mas no perdidos. Por eso urge reflexionar sobre la necesidad de que amemos. Es algo que va más allá de una fecha como la del 14 de febrero, Día del Amor y la Amistad. Con precisión asombrosa, Haydée Santamaría definió a la gesta triunfante del Primero de Enero de 1959 como un torrente de sentimientos. Su hermosa descripción se explica porque cada héroe, cada mártir, cada guerrillero inspirado en próceres precedentes incendió su alma al calor del amor por las mejores causas.

 

Foto: Alejandro Azcuy

 

Es ese impulso de expandirnos a los demás -es esa posibilidad de entender el dolor, los miedos, las obsesiones y los sueños del otro-, lo que el enemigo jurado pretende aniquilar. Ellos los mandamases, fríos como autómatas, asesinos y ególatras, pretenden apagar toda luz -la literal y la metafórica-. Sueñan con nuestra parálisis, con una locura que no sea la locura del amor. Creen, desde una suerte-otra, desde un mundo de modernidad al que no nos han dejado entrar, que apagando el interruptor de lo palpable y lo necesario podrán apagar los buenos impulsos y hasta los deseos de vivir de pie.

En esta historia de claroscuros, de amor contra odios, los siniestros del planeta olvidan un detalle que es el que inclina balanza y dice palabras como sello: no han estudiado en calma, sin prejuicios, quiénes somos. No han querido hacerlo, ni siquiera por curiosidad. Y es ese un error esencial, pues venimos, por ejemplo, de un José Julián Martí que llegó a afirmar en su poesía: “Yo solo sé de amor”, y que supo caer frente a una descarga de fusilería, justamente por ser un hombre enamorado de la especie, de sus hermanos de la tierra insular; cayó porque había llegado a Cuba desesperado, sin soltar queja alguna mientras subía montes, y convencido de que las palmas eran “novias” esperándole.

 

Foto: Alejandro Azcuy

 

¿Sabrán quienes nos odian que venimos de un Antonio Maceo de brazo implacable y corazón fino, Titán que prometió a su María Cabrales que toda la gloria sería para ella? El detalle insondable es que venimos de poetas, de románticos empedernidos, de gente de lágrima fácil pero que han sabido y saben morir bien. Venimos -y por tanto somos- de mujeres que se fueron al monte siguiendo el paso de sus compañeros mambises; y de una Juana Borrero -soñadora de “un beso de amor y sin fuego”; y de un Mella que supo amar con resolución; de un Villena afiebrado y de versos inalcanzables. Venimos de mujeres y hombres que decidieron hacer, entre helechos y pólvora, la poética de un país nuevo, de una Revolución amante de lo humano.

En esta nación que sufre desde hace mucho tiempo el ensañamiento de la prepotencia y del poder imperial, amar es el camino de lucha. Es algo que va más allá de un ritual de fecha, de un regalo, porque tiene que ver con la mirada, con una posición ante un mundo que se desangra y deshumaniza.

 

Foto: Alejandro Azcuy

 

Lo que molesta al verdugo es que aún tenemos el corazón tibio y que no nos hemos rendido en nuestra elección de sostenernos los unos a los otros. Puedo dar fe de ello por mis travesías recientes a lo largo del archipiélago: Yo he visto los rostros, la nobleza en los ojos, la valentía de gente que te mira de frente y te abre la puerta y te extiende la silla y el pedazo de pan. Yo he visto a muchos creyendo en la limpieza de la palabra empeñada por quienes tienen que dar la cara mientras intentan el milagro de multiplicar panes y peces. Yo los he visto: ellos no han caído en el olvido absoluto por obra del amor, por la terquedad de un país que se pare a sí mismo una y otra vez y que no lee en números sino que lee en vidas con nombres, apellidos y propósitos.

En el reverso los otros, los de piedra, quieren tildar a los enamorados como de obsoletos, rígidos y locos. Ellos, haciendo nubes de humo negro, con tanta mentira y causa falsa, nos quieren volver locos -a modo de preámbulo de una extinción-. Pero lo del odio es causa perdida -mi humilde corazón me lo susurra-: presiento que en el escenario más desolador, sobre tierra arrasada por un golpe mortal, siempre alguien aparecerá de pie y triunfante, alguien -a contragolpe de la estupidez y el miedo- dirá como José Julián y así estará reiniciando los sueños: “Yo solo sé de amor”.

 

Foto: Alejandro Azcuy
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