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El arte en la raíz

“Cuando era una niña se me perdía y ¡búscala!, debajo de la cama dibujando, nunca fue revoltosa, eso era lo que le gustaba” así describe la madre los primeros indicios de que Leidy Mariam Rodríguez Pérez, tendría en la pintura, la pasión de su vida.

 

Cursar estudios en la Academia de San Alejandro fue el sueño de Mariam desde que supo era posible. Foto: Pedro Paredes Hernández

 

Esta joven pinareña cursa el tercer año en la Academia de San Alejandro, pero desde los siete comenzó su tránsito por talleres de la Casa de Cultura y otros proyectos, “mis padres siempre me apoyaron”, asevera.

Hija de campesinos, residentes a las afueras de la ciudad, no tenía influencias que despertaran esa pasión por los trazos y el color, pero el talento no pide permiso para germinar y en ella creció como planta silvestre; “en esos talleres me enseñaban técnicas mixtas, naturaleza muerta, colografía, arte abstracto, no específicamente a dibujar y estando en la secundaria supe que existía la Academia, y dije que ahí quería estudiar, tener mi título, ser una profesional.”

Desde ese momento comenzó a preparase para los exámenes de admisión, no fue fácil, incluso entre quienes debían estimularla encontró frenos, “tú no pasas las pruebas” llegaron a decirle y en la distancia se tendió la mano de un pintor espirituano quien por teléfono le indicaba ejercicios, evaluaba y asesoraba.

 

El entorno rural nunca fue un freno para que la familia propiciara el desarrollo de sus aptitudes. Foto: cortesía de la familia

 

Cuando la capacidad se acompaña de la perseverancia se hace camino al éxito y las madrugadas robadas al sueño para el aprendizaje no fueron inútiles, consiguió la entrada a San Alejandro.

“Al principio fue muy difícil, yo tenía 14 años y nunca había estado lejos de la casa, venía todos los fines de semana, ya no…”, sonríe, porque sabe que en su familia esa puerta abierta hacia otro mundo es una gran interrogante que les corta el aliento.

No obstante, el respaldo a su realización sigue intacto: “ellos son los que llevan el mayor peso de mi carrera, me consiguen los materiales, lo mío es hacer los ejercicios de la escuela, y también me apoyan cuando me deprimo por qué no sé cómo hacer un proyecto o por estar lejos.”

Es fuente de vanidad para sus progenitores, que se enorgullecen de cada logro, “la artista de la familia”, presume el padre, en la vivienda se atesoran y utilizan en la ambientación las primeras obras salidas de las manos de Mariam.

Los temas rurales son fuente de inspiración, “en una clase de escultura un profesor me dijo que, si utilizaba mis vivencias, nadie iba a saber de eso más que yo, y todo lo que hago tiene que ver con el campo.”

Confiesa que prefiere el uso del acrílico, porque son colores más “chillones” y “esos son los tonos de la naturaleza, así se ve un amanecer aquí”, también le gusta el trabajo con el barro, “me siento más libre.”

Vivir de su arte es un sueño, “tener mi propia galería y llevar mis tradiciones, costumbres a lo que haga, para poder expresarme así.” Con 17 años el futuro suele ser un horizonte luminoso y ella ha encontrado la manera para que sus raíces campestres sigan afianzadas a la tierra y sean soporte para las ilusiones que espera materializar mañana.

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