Un suceso cultural ocurrido en 1956 provocó la indignación de los cubanos: la película Santiago de la Warner Brothers pretendió demostrar cómo los Estados Unidos habían liberado a Cuba del colonialismo español.
No era un hecho casual ni coyuntural, sino el resultado de una campaña orquestada desde 1898 por el vecino del Norte encaminada a desconocer el papel de los patriotas independentistas en la guerra contra España.
Y no solo en las escuelas de Norteamérica sino también en las de nuestro archipiélago la idea se había introducido en la enseñanza, como otro mecanismo de dominación cultural que se sumaba a las cadenas económicas y políticas con que ya aherrojaban a nuestro país. Y era reforzada por el discurso político de gobernantes sometidos a los dictados de Washington.
Seis años antes del escandaloso filme, había visto la luz el contundente libro del historiador cubano Emilio Roig de Leuchsenring , Cuba no debe su independencia a los Estados Unidos que cumplía un mandato del noveno Congreso Nacional de Historia donde se analizó el asunto.
En la nota preliminar de la primera edición se planteaba que “malvadamente o con inconsciencia se ha hecho creer al cubano que es un pueblo tan infeliz, incapaz y desgraciado que ni siquiera pudo romper por su propio esfuerzo el yugo que lo esclavizaba a España y alcanzar su independencia”.
De ahí la necesidad de esta obra que desentrañaba la verdad al pueblo que no era otra que, tras larga lucha había conquistado la independencia y que los Estados Unidos, disfrazados de un supuesto desinterés habían intervenido para apoyar una causa justa, sin embargo, no lo hicieron para ayudar a que Cuba obtuviese su libertad sino para garantizar sus propios intereses en esta tierra, por muchos años ambicionada. El autor del texto recordó los criterios de José Martí sobre “el Norte revuelto y brutal que nos desprecia” y demostró que el Estado Americano “siempre fue enemigo de la independencia de Cuba”.
Origen de una mentira
Pronunciamientos de presidentes y políticos estadounidenses y una intensa campaña de prensa se llevó a cabo en EE.UU. para preparar el terreno a la intervención en la guerra entre Cuba y España.
Estados Unidos le declaró la guerra a España sin previo reconocimiento de la beligerancia de los cubanos y de su derecho a la independencia. Desde su llegada se hizo sentir la intención estadounidense de minimizar la actuación del Ejército Libertador cubano en la derrota definitiva de las tropas españolas.
Incluso el enemigo ibérico fue capaz de apreciar el papel de los mambises, cuando el general español Arsenio Linares, responsable de la defensa de Santiago de Cuba expresó:
“Sin la cooperación de los cubanos, los yanquis no hubieran podido desembarcar. La ayuda de los insurrectos fue extremadamente poderosa. Prueba de ello es que los norteamericanos desembarcaron solo donde la insurrección era más fuerte.”
Aunque no lo reconocieran públicamente el alto mando militar estadounidense sabía que la participación de los patriotas cubanos era decisiva. En aquel entonces la fuerza de desembarco yanqui no tenía el poder ni la experiencia de ahora, recuérdese que era para ellos el estreno de una guerra imperialista. La contienda, señalan los historiadores, fue declarada apresuradamente, el 5to. Cuerpo de ejército yanqui avanzaba hacia lo desconocido mientras que el ejército español tenía suficiente conocimiento del terreno de operaciones. Además, la experiencia del jefe de las fuerzas expedicionarias, William Shafter, era limitada, ya que había estado de servicio casi permanente en la frontera de su país combatiendo as los indios, era limitada.
No obstante, su prepotencia, el almirante William T. Samsun, señaló que en el bombardeo a Santiago de Cuba la colaboración mambisa había sido decisiva para comprobar y silenciar las baterías de esa ciudad, e informaba al Secretario de Marina que en la ocupación de la bahía de Guantánamo los cubanos habían prestado una gran ayuda, al igual que en muchos otros enfrentamientos, donde en ocasiones su accionar fue determinante en la victoria.
Sin embargo, el general Shafter negó la entrada de los mambises en Santiago de Cuba, lo que provocó la digna respuesta del general Calixto García:
“Circula el rumor que, por lo absurdo, no es digno de crédito, general, de que la orden de impedir a mi Ejército la entrada en Santiago de Cuba ha obedecido al temor de venganza y represalias contra los españoles. Permítame usted que proteste contra la más ligera sombra de semejante pensamiento, porque no somos un pueblo salvaje que desconoce los principios de la guerra civilizada; formamos un ejército pobre y harapiento como lo fue el ejército de vuestros antepasados en su noble guerra por la independencia de los Estados Unidos de América; pero a semejanza de los héroes de Saratoga y Yorktown respetamos demasiado nuestra causa para mancharla con la barbarie y la cobardía.”
Muchos malos momentos habrían de causarles los que “desinteresadamente” habían acudido a pelear en Cuba: algunos de sus oficiales como el general Young trataron de encubrir sus errores acusando a los cubanos de cobardes. El propio jefe de los expedicionarios se esforzó en hacer creer que los mambises eran inexpertos y negligentes. La mayoría de la oficialidad estadounidense se empeñó en disminuir el papel del Ejército Libertador en las operaciones militares de Oriente. Para colmo los estadounidenses ultrajaron la bandera cubana en El Jíbaro y en Santiago de Cuba y mantuvieron a las antiguas autoridades españolas en los puestos clave de los gobiernos provinciales y municipales., mientras se impedía a los patriotas el acceso a cargos de representatividad.
Es incorrecto considerar que la caída de España en la guerra obedecía a estos pocos meses de participación de las tropas yanquis cuando los cubanos llevaban tres años batiéndose en los campos de batalla derrochando coraje y conquistando sucesivas victorias que le ganaron la admiración del mundo, como la Invasión de Oriente a Occidente protagonizada por Antonio Maceo y Máximo Gómez.
Era humillante que el Ejército Libertador fuera marginado en la patria por cuya libertad habían batallado. Permanecía en las afueras de los pueblos y ciudades debido a la prohibición de las autoridades del ejército de ocupación de que se entrase en las zonas urbanas con armamento, insignias o en formación militar.
La Resolución Conjunta aprobada por la Cámara de Representantes y el Senado de Estados Unidos había sido un gran engaño. Proclamaba que el pueblo de Cuba era y de derecho debía ser libre e independiente y que ese país no tenía intención de ejercer soberanía, jurisdicción ni dominio sobre Cuba, cuando sucedió todo lo contrario.
¿Agradecerles, por qué?
Conseguidos sus propósitos, los autotitulados “libertadores” reclamaron gratitud.
El New York Evening Post señalaba con acritud: “Los propios cubanos no valían medio litro de la buena sangre americana derramada en su beneficio. Ellos son obviamente una partida de miserables. Desagradecidos al máximo grado de condescendencia de los Estados Unidos de venir para aliviarlos.”
El general Samuel B. Young calificaba a “los insurgentes” cubanos como “un montón de degenerados absolutamente desprovistos de honor o gratitud”, mientras otros personajes clave de la política norteña como el presidente William McKinley señalaban “Las bases de nuestra autoridad en Cuba es la ley del derecho beligerante sobre los territorios conquistados”, y el secretario de guerra Elihu Root dijo “Adquirimos título de propiedad de Cuba por conquista”.
A finales de 1898 el general Máximo Gómez reflexionaba: “Qué será la independencia? Los norteamericanos, parece, no piensan en ella (…) incluso si al final nos la conceden, será como un regalo, cuando nos la hemos ganado. Y más que ganado, con esfuerzos continuados, durante más de medio siglo. Los americanos han librado una fácil campaña porque nosotros habíamos exterminado a los soldados españoles y los recursos de España. Estoy obligado a mostrar gratitud a los norteamericanos, pero solo cuando cumplan sus promesas y si las cumplen con decencia y sin ofender a los cubanos”.
Pero desgraciadamente eso no iba a suceder. Cuba pasó de colonia a neocolonial del poderoso vecino del Norte.
Un pasado que no volverá
Una y otra vez se difundía la idea de que fueron los norteamericanos los que emanciparon a los cubanos y se pretendía no solo que lo creyera la opinión pública de Estados Unidos, sino que todo cubano de esos tiempos, en su sano juicio, entendiera eso.
En películas como la mencionada al inicio, se insistía en ello y hasta en las guías de turismo. En una de ellas se leía: “No fue hasta que los Estados Unidos acudió en ayuda de este pueblo que el mismo fue liberado de sus ataduras” . En un libro de viajeros de 1911 se decía de Cuba y los cubanos: “no tienen la fuerza ni la habilidad ejecutiva para llevar a cabo sus proyectos. Durante todo un siglo, conspiró para arrojar el irritante yugo de España y nunca lo hubiera logrado si no fuera por la intervención de Estados Unidos.”
Tal información para que no le cupieran dudas al visitante de quién era el dueño del archipiélago.
En la misma cuerda se movía la prensa, como se leyó en el Habana Post en 1916, que los turistas por ser norteamericanos pensaban que los cubanos debían quitarse sus sombreros cuando ellos pasaban y en cada oportunidad “caer de rodillas y llorar lágrimas de gratitud”, nada más grotesco e injustificable.
En 1942 en el Congreso Nacional de Historia se aprobó colocar una tarja de bronce en el Parque San Juan con la inscripción en español e inglés que decía:
“En la guerra de 1898 la victoria se obtuvo gracias al apoyo decisivo prestado al Ejército Americano por el Ejército Libertador Cubano mandado por su lugarteniente general Calixto García. Por tanto, debe llamarse no Guerra Hispano Americana sino Guerra Hispano Cubano Americana”, y así se aprobó dos años más tarde.
Hasta finales de los años 40 del pasado siglo se celebraba, en la temporada alta del turismo, con una parada, el Día del Maine ante el monumento situado frente al Malecón habanero. El historiador Devon Corbitt, residente en La Habana explicó al secretario de Estado yanqui que durante sus quince años de residencia en Cuba había visto desfilar a los soldados cubanos por el monumento, pero no siempre alegremente. Y acusó a quienes calificó de revisionistas de la finalización de la ceremonia, por fomentar sentimientos antinorteamericanos al sostener la tesis de que los cubanos ya tenían ganada la guerra contra España cuando Estados Unidos entró en el conflicto.
El libro de Roig dio a conocer la verdad de que la independencia de Cuba se debía a los esfuerzos de su propio pueblo por su voluntad de poner fin a la injusticia, la discriminación, la explotación y los abusos sufridos por el despótico gobierno colonial.
La soberbia y el desprecio yanqui se manifestó por la ponderación de Cuba como un burdel, junto al casino donde su principal virtud era el vicio, “Una de las últimas ciudades del pecado del mundo”, la calificó en 1953 el Saturday Evening Post.
De ahí las formas de nombrarla: La Riviera del Caribe, la Niza del Atlántico, Las Vegas del Caribe, El Montecarlo del Hemisferio Occidental.
Los revolucionarios cubanos le presentaron pelea a la tergiversación histórica y en distintos momentos del decursar de la nación ponderaron la tradición de lucha del pueblo.
Fue con la victoria de enero de 1959 que Cuba demostró para siempre su valor frente al imperio que tanto se empeñó en borrar su pasado y aplastar su dignidad.
Nada podrá hacernos regresar a aquellos tiempos.
