Corría el primer mes de la victoria revolucionaria de 1959. En Matanzas, un grupo de obreros azucareros acudió al regimiento que estaba al mando de William Gálvez, para quejarse de que los administradores de varios centrales no habían repuesto en sus empleos a los cesanteados por motivos políticos. Los administradores fueron citados al regimiento, algunos acudieron, se discutió con ellos la situación y se resolvió.
El administrador del central Tinguaro, de Colón, se negó a presentarse. Cuando fueron a buscarlo se había ocultado y en su lugar recibió al oficial rebelde enviado nada menos que el propio propietario del ingenio, Julio Lobo, conocido como el Zar del Azúcar, poseedor de una fortuna millonaria y dueño de más de una docena de centrales, entre otras propiedades.
Este dijo que nada tenía que conversar con los que lo habían citado, que hablaría con el presidente de la República. Le insistieron al potentado en la necesidad de dialogar con él y que podía hacerlo con quienquiera que desease, pero para ir a la capital en auto tenía que pasar por el regimiento. Lobo siguió diciendo que nada tenías que hablar con ellos.
Al día siguiente Camilo llegó en avioneta al regimiento. Con él venía, entre otros, Sorí Marín (traidor) que entonces era ministro de agricultura. Circulaba la información falsa de que habían detenido a Lobo, Camilo preguntó por qué, y se comprobó que no era cierto.
Sorí Marín hablo por teléfono con el millonario y le pidió que los esperara, que no tenía que molestarse en ir a La Habana, que irían a su encuentro a resolver la situación.
Camilo le expresó a Sorí Marín:
“Oye por lo visto ya hay una parte de la historia que es mentira pues nadie ha detenido a este señor”.
Sorí respondió que Julio Lobo era un personaje muy importante con grandes intereses azucareros en el plano internacional y no se le podía molestar, a lo que Camilo ripostó:
“Bueno eso de molestar es relativo, siempre y cuando no sea él quien moleste a la Revolución”.
Llegaron a la residencia de Julio Lobo quien recibió a la comitiva con una sonrisa, Sorí Marín fue a su encuentro y lo abrazó, luego la comitiva se sentó, tomaron café y Sorí, anticipándose a Camilo, se deshizo en disculpas con Lobo por lo que calificó lo sucedido de mal rato que un compañero irresponsable le había hecho pasar. Camilo se puso de pie e intervino para manifestar su desacuerdo con lo dicho por Sorì:
“Aquí no hay irresponsabilidad de nadie, y sí al parecer que hay un malentendido, inconsciente o consciente. Se nos comunicó que el señor estaba preso e incomunicado por orden del jefe del regimiento y tú has comprobado que no lo está. Además, eso fue lo que él informó cuando llamó a La Habana y lo que se le mandó a decir fue que se presentara en el regimiento en su viaje a la capital, que son dos cosas distintas. Además, él no reconoció la jefatura de la provincia, con la que pudo conversar y explicar el problema, por lo que creo que las disculpas están de más.”
Julio Lobo trató de suavizar el ambiente y opinó cortésmente:
“Yo creo que lo que plantea el comandante Cienfuegos es razonable, pero aquí parece que me entendieron mal, en lo que yo expliqué por teléfono. No quise decir que estaba incomunicado entre rejas, sino que para ir hasta La Habana no lo podía hacer sin antes llegar al regimiento, pensaba que me consideraba incomunicado.”
Tras explicársele de nievo la realidad de lo ocurrido, Lobo convino en que había sido un malentendido porque de haber conocido a sus visitantes tenía la certeza de que se hubieran puesto de acuerdo.
“Nos alegra que lo comprenda así”, señaló Camilo
El magnate los invitó a desayunar, lo cual Camilo no aceptó con el argumento de que necesitaban partir. Antes de marcharse Lobo que les había hablado antes de la modernización de sus centrales, quiso aprovechar la posibilidad de visitar uno acompañado de un héroe de la Revolución y desde la parte exterior, porque no había tiempo para visitar el interior. Pero tan pronto llegaron al lugar empezaron a reunirse personas del batey al enterarse de la presencia de Camilo. Lobo se esforzaba por explicarle las ventajas de su fábrica hasta que el Comandante le preguntó por las condiciones materiales de vida de los trabajadores.
Enseguida Lobo respondió: “Comandante este central y su batey son una taza de oro”.
Un obrero que lo escuchó replicó: ¡Sí una taza de oro para un grupito, para los obreros es una jaula de oro!
El magnate se transfiguró e invitó a Camilo a dirigirse a otro sitio, pero este le contestó que deseaba quedarse un rato más para hablar con el pueblo. En el intercambio, los pobladores y los trabajadores le expusieron sus problemas y se quejaron del administrador que para colmo vestía el uniforme del ejército de la tiranía, como oficial honorario.
Al regreso Camilo le criticó a Sor Marín su servilismo y Lobo quedó muy mal parado.
(Anécdota tomada del libro de William Gálvez Camilo Señor de la Vanguardia)