
Resulta profundamente simbólico celebrar la vitalidad del género en nuestro país precisamente cuando el Gobierno de los Estados Unidos arrecia su agresión contra el pueblo cubano. Este estilo musical se erige, una vez más, como un puente de privilegio entre dos pueblos. Existen vínculos históricos y afectivos entre ambas culturas que ninguna amenaza de poderosos círculos políticos podrá borrar. Desde Cuba se apuesta por esos lazos con la convicción de que el jazz es estadounidense y es también cubano; dos matrices que se han enriquecido mutuamente en un abrazo que ignora bloqueos y fronteras.
Esta cuadragésimo primera edición ha sido una convocatoria excepcionalmente fructífera. Los escenarios de La Habana, Santiago de Cuba, Holguín y Santa Clara vibraron con descargas y conciertos que reunieron a excelentes cultores del género. Pero el festival no se limitó a la música: fue un diálogo interdisciplinario en el que el jazz se extendió a la plástica, la danza y el audiovisual, y demostró que no es solo un estilo, sino un lenguaje total que permea todas las manifestaciones del arte contemporáneo.
Más allá del espectáculo, es justo resaltar la profundidad de los debates teóricos que tuvieron lugar en el contexto del evento. Estos espacios de reflexión dieron fe de la evolución constante y la vigencia del jazz que se gesta hoy en Cuba, así como del trabajo de los músicos cubanos que, desde diversos rincones del mundo, mantienen viva la esencia de nuestras raíces. La academia y la práctica se dieron la mano para analizar un fenómeno que sigue mutando sin perder su identidad, que consolida a nuestro país como un epicentro de pensamiento crítico sobre la música.
Este torrente creativo tiene su origen en una cantera extraordinaria: el sistema cubano de enseñanza artística. A pesar de los rigores impuestos por la guerra económica que intenta asfixiar cada sector de la sociedad, los conservatorios no han dejado de trabajar. El talento y el entusiasmo que emanan de nuestras aulas de música son el motor que impulsa este Festival. En esta edición se pudo apreciar cómo esa sensibilidad innata del pueblo se materializa en jóvenes intérpretes que, sobre el escenario, demostraron que el futuro del género está garantizado.
El Festival Internacional Jazz Plaza se reafirma, tras estos intensos días, como una de las principales y más necesarias citas culturales del país. En tiempos de crisis, el arte se confirma como el reservorio moral de la nación y una apuesta decidida por la paz y el entendimiento humano. La música ha vuelto a demostrar que, cuando las circunstancias son más adversas, la armonía y la improvisación virtuosa son herramientas de supervivencia y esperanza.
El éxito de este Jazz Plaza 2026 no se mide solo por la calidad de sus presentaciones, sino por la entereza de un país que elige la cultura como su mejor respuesta ante el mundo.