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Arte ante los desmanes

La celebración del Festival Inter­nacional Jazz Plaza 2026, que ocu­pó espacios en cuatro ciudades del país, es mucho más que un éxito cultural: es una auténtica decla­ración de principios. Pocas veces, en sus más de cuatro décadas de existencia, la cita ha tenido que enfrentar tantos desafíos. Son, de hecho, los mismos desafíos que ha debido asumir la nación toda. Al­guna lógica podría apuntar la ne­cesidad de suspender, ante tantas adversas circunstancias. Pero sos­tener el encuentro, garantizar una programación de altísimo vuelo, movilizar a grandes y emergentes artistas y al gran público del jazz en Cuba… ha sido un legítimo acto de resistencia cultural.

Resulta profundamente sim­bólico celebrar la vitalidad del gé­nero en nuestro país precisamente cuando el Gobierno de los Estados Unidos arrecia su agresión contra el pueblo cubano. Este estilo musi­cal se erige, una vez más, como un puente de privilegio entre dos pue­blos. Existen vínculos históricos y afectivos entre ambas culturas que ninguna amenaza de podero­sos círculos políticos podrá borrar. Desde Cuba se apuesta por esos la­zos con la convicción de que el jazz es estadounidense y es también cu­bano; dos matrices que se han en­riquecido mutuamente en un abra­zo que ignora bloqueos y fronteras.

Foto: Tomada del perfil de Facebook del Teatro Nacional de Cubajazz-plaza

Esta cuadragésimo primera edición ha sido una convocatoria excepcionalmente fructífera. Los escenarios de La Habana, San­tiago de Cuba, Holguín y Santa Clara vibraron con descargas y conciertos que reunieron a exce­lentes cultores del género. Pero el festival no se limitó a la música: fue un diálogo interdisciplinario en el que el jazz se extendió a la plástica, la danza y el audiovisual, y demostró que no es solo un estilo, sino un lenguaje total que permea todas las manifestaciones del arte contemporáneo.

Más allá del espectáculo, es justo resaltar la profundidad de los debates teóricos que tuvieron lugar en el contexto del evento. Estos espacios de reflexión die­ron fe de la evolución constante y la vigencia del jazz que se gesta hoy en Cuba, así como del trabajo de los músicos cubanos que, desde diversos rincones del mundo, man­tienen viva la esencia de nuestras raíces. La academia y la práctica se dieron la mano para analizar un fenómeno que sigue mutando sin perder su identidad, que consolida a nuestro país como un epicentro de pensamiento crítico sobre la música.

Este torrente creativo tiene su origen en una cantera extraordina­ria: el sistema cubano de enseñan­za artística. A pesar de los rigores impuestos por la guerra económi­ca que intenta asfixiar cada sector de la sociedad, los conservatorios no han dejado de trabajar. El ta­lento y el entusiasmo que emanan de nuestras aulas de música son el motor que impulsa este Festival. En esta edición se pudo apreciar cómo esa sensibilidad innata del pueblo se materializa en jóvenes intérpretes que, sobre el escenario, demostraron que el futuro del gé­nero está garantizado.

El Festival Internacional Jazz Plaza se reafirma, tras estos in­tensos días, como una de las principales y más necesarias ci­tas culturales del país. En tiem­pos de crisis, el arte se confirma como el reservorio moral de la nación y una apuesta decidida por la paz y el entendimiento humano. La música ha vuelto a demostrar que, cuando las cir­cunstancias son más adversas, la armonía y la improvisación vir­tuosa son herramientas de super­vivencia y esperanza.

El éxito de este Jazz Plaza 2026 no se mide solo por la calidad de sus presentaciones, sino por la en­tereza de un país que elige la cul­tura como su mejor respuesta ante el mundo.

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