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Los caminos de hierro de La Habana a Güines

Por: Dafne Zamora Navarrete, estudiante de periodismo.

Durante la celebración del 150 aniversario de la línea Barcelona–Mataró se proclamó en España que aquel trazado había sido el primero de la nación y sus colonias. Sin embargo, la historia demuestra lo contrario: diez años antes, en 1837, Cuba inauguraba el ferrocarril de La Habana–Güines, hecho que la convirtió en pionera en el uso de esta tecnología.

El Museo del Ferrocarril conserva la primera locomotora usada en el recorrido de Matanzas a Sabanilla y la cual aún funciona. Foto: Dafne Zamora Navarrete

A inicios del siglo XIX, el país se consolidaba como una de las mayores productoras de azúcar del mundo. La revolución en Haití y otros sucesos internacionales favorecieron ese ascenso, mientras el valle de Güines se convertía en epicentro agrícola de la Isla. Los caminos resultaban insuficientes para trasladar grandes volúmenes de caña y productos agrícolas, lo que llevó a que los hacendados criollos buscaran alternativas más eficientes. 

Fue entonces cuando Claudio Martínez de Pinillos, Conde de Villanueva, gestionó la construcción de un ferrocarril con apoyo del Real Consulado. En 1834, la regente española María Cristina autorizó un crédito de 1,5 millones de pesos que permitió iniciar la obra y en honor a ella, la estación donde hoy se ubica el Museo del Ferrocarril y la avenida que lo acoge llevan su nombre.

La dirección técnica recayó en el ingeniero estadounidense Alfred Kruger, figura poco conocida pero decisiva en la historia ferroviaria cubana. Contratado por la Compañía del Camino de Hierro de La Habana a Güines, Kruger diseñó la línea y enfrentó serios obstáculos: las primeras locomotoras inglesas adquiridas resultaron defectuosas, comprometiendo su prestigio. Para demostrar la ineficiencia de aquel material recurrió a la tecnología estadounidense, incorporando locomotoras y herramientas de mejor calidad. Con ello logró recuperar el capital invertido y consolidar su reputación.

El primer tramo, de 37 millas entre La Habana y Bejucal, se inauguró el 19 de noviembre de 1837, coincidiendo con la onomástica de Isabel II, todavía menor de edad. La elección de la fecha no fue casual: las autoridades coloniales buscaban darle un carácter político y simbólico al acontecimiento. Un año más tarde se completó la línea hasta Güines, con un tráfico regular de pasajeros y carga que aseguró ingresos para su sostenimiento.

Posteriormente, Kruger diseñó también la vía de Matanzas a Sabanilla. En 1843 entró en servicio la locomotora “La Junta”, considerada hoy la más antigua y mejor preservada de Iberoamérica, aún en condiciones de funcionamiento. Este hecho convierte a Cuba en referente patrimonial ferroviario, pues pocas naciones conservan piezas de tal antigüedad en estado operativo.

El ferrocarril cubano fue fruto de una combinación de esfuerzos internacionales: capital español, tecnología inglesa, mano de obra y locomotoras estadounidenses. Esa mezcla revela cómo la Isla se insertaba en las redes globales del siglo XIX, convirtiéndose en laboratorio de modernidad y progreso.

Más de una década antes de que España inaugurara su primera línea peninsular, la Isla ya había marcado un hito en la historia ferroviaria. El trazado La Habana–Güines no fue solo un camino de hierro: fue la columna vertebral de un país azucarero en expansión y el verdadero inicio del ferrocarril en el ámbito hispano.

 

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