El asesinato de Jesús Menéndez en Manzanillo el 22 de enero de 1948 no fue el arrebato de un militar del régimen sino el cumplimiento de una orden de los magnates estadounidenses y de sus aliados los oligarcas criollos, quienes habían decretado su muerte al ver en peligro sus privilegios por la consecuente trayectoria del líder azucarero, que en esos momentos se encontraba inmerso en la batalla por evitar que les arrebataran a los trabajadores el diferencial azucarero.
La víspera, en la noche, había intervenido en un acto de masas, trasmitido por la radio, que tuvo lugar en Trocha y Carretera del Morro, en Santiago de Cuba, donde atacó fuertemente al gobierno y exhortó a los trabajadores azucareros a mantenerse firmes, lo que garantizaría la victoria final.
El diálogo con su asesino se llevó a cabo cuando Jesús y sus acompañantes iban a abordar en Manzanillo el tren que los conduciría a Bayamo, donde el líder se dirigía a resolver un serio conflicto en el que había intervenido el ejército para romper la huelga y obligar a los trabajadores a iniciar la zafra. Ante la resistencia de estos, había golpeado a varios y encarcelado a otros.
En Manzanillo el capitán Casillas que venía siguiendo los pasos de Jesús, le habló primero en un tono normal, hasta que de repente se volvió amenazador: “¡Tienes que acompañarme al cuartel!” le dijo, a lo que Menéndez sin perder la compostura le recordó: “Capitán, parece que usted no se ha dado cuenta que yo soy representante a la Cámara y que no puedo ser detenido sino por acuerdo del Congreso en casos excepcionales. Usted no puede violar la inmunidad parlamentaria que garantiza la debida representación de quienes nos han elegido para defender sus intereses.”
Casillas desoyó las protestas de los acompañantes de Jesús que apoyaron sus argumentos, y dijo ya de forma descompuesta: “Bueno, si yo violo la inmunidad parlamentaria ¡que proteste la Cámara! Si violo la Constitución, yo asumo la responsabilidad, ¡pero yo te llevo de todas maneras Menéndez, vivo o muerto!”
El capitán agarró a Jesús por un brazo, pero este se deshizo de su captor y con serena dignidad le repitió: “Lo siento capitán. Pero ya le dije que no puedo acompañarlo”, y echó a andar, ¡momento que el capitán aprovechó para dispararle por la espalda mientras gritaba “Te dije que ibas vivo o muerto!”
Según relató el periódico Hoy, cuando intentó rematar a Jesús en el suelo, Casillas le dijo a un soldado: “Muévelo, no sea que se esté haciendo el muerto”. La respuesta del subalterno fue: “Parece que está muerto”.
Crimen sin castigo
El asesinato del General de las Cañas conmocionó a los trabajadores y al pueblo que lo acompañó a lo largo del trayecto del tren que condujo su cuerpo sin vida desde Manzanillo hasta la capital. Fue un recorrido impresionante, donde hubo muchos puños levantados de hombres y mujeres y de innumerables gargantas brotó la consigna ¡Unidad, CTC! En el Salón de los Pasos Perdidos del Capitolio Nacional se le rindió el homenaje póstumo.
Al paso del cortejo fúnebre marcharon centenares de miles de personas en silencio, mientras en las azoteas y los balcones se apretaba la multitud para presenciar el paso de los restos del destacado dirigente hasta el cementerio.
El Partido Comunista acusó formalmente ante los tribunales de justicia al autor material del crimen y denunció a la opinión pública al imperialismo y los magnates azucareros que se concertaron para realizarlo.
Como abogado de la organización y de la familia de Menéndez fue designado Carlos Rafael Rodríguez, quien fue acompañado por el también comunista, poeta y procurador público Manuel Navarro Luna. Ambos llevaron a cabo su labor con valentía y en medio del mayor riesgo, debido a las coacciones y amenazas de los militares. Estos presionaron a los médicos forenses que efectuaron la autopsia a Jesús e inventaron pruebas para demostrar que le había disparado a Casillas.
El jefe del Ejército Pérez Dámera se dirigió al lugar de los hechos, se retrató con el asesino y le ofreció un almuerzo para reiterarle su apoyo y ejerció todo tipo de presiones para que trasladaran el juicio a la jurisdicción militar, hasta que fue expulsado del país por su actitud insolente de desafío al gobierno.
El culpable continuaba sin castigo cuando se produjo el golpe del 10 de marzo de 1952 que aupó al poder al dictador Fulgencio Batista. En ese mismo mes Carlos Rafael Rodríguez denunció a través del periódico Hoy los intentos por salvar a Casillas, lo que tristemente se hizo realidad cuando el 23 de septiembre de ese año Batista firmó el Decreto Ley No. 422 en cuyo artículo 9 dejaba extinguida todas las causas por delitos cometidos por militares después de 1944 y antes del 10 de marzo de 1952, incluido el homicidio.
En declaraciones de protesta Carlos Rafael señaló que el Decreto retrataba al culpable y aclaró que el crimen no era homicidio sino asesinato.
La actuación de Batista marcó el camino de la impunidad. Dispuso la reincorporación de Casillas al ejército, lo ascendió al grado superior y lo siguió premiando hasta convertirlo en coronel.
Apresado por el Ejército Rebelde
Las tropas de Casillas la estaban pasando muy mal en la Batalla de Santa Clara, y a pesar de ello se portó bravucón cuando en su cuartel se entrevistó con el Che, diálogo que fue publicado posteriormente en Bohemia el 11 de enero de 1959:
Che: Coronel, vengo a pedirle que se rinda para evitar más derramamiento de sangre.
Casillas: Comandante, mientras yo tenga una bala, no me rindo. Además, voy a convertir a Santa Clara en polvo y los voy a sacar a ustedes de la ciudad, cueste lo que cueste. Con las armas que yo tengo, usted no puede vencerme.
Che: Usted tiene las armas, pero no tiene quien las maneje.
Casillas: Demos por terminada esta entrevista. Usted puede venir cuando guste.
Che: No coronel, usted es el que tiene que ir ahora allá a entregarse.
Poco después las tropas de Casillas se disgregaron. La huida del tirano actuó como una fuerza desmoralizadora. Casillas se vio perdido, pero no podía rendirse por sus muchas fechorías y decidió escapar vestido de civil y acompañado nada menos que por un teniente coronel autor de varias muertes.
Al llegar a las inmediaciones del central Washington varios trabajadores lo reconocieron, informaron al Ejército Rebelde y fue detenido. Una periodista del diario Prensa Libre que habló con él antes de que fuera trasladado al calabozo, escribió que se conducía como un anormal, oscilando entre arrebatos de furia y periodos de abatimiento. Adoptaba a ratos una postura arrogante desafiando su destino o se le veía receloso y balbuceante tratando de justificar su conducta.
Al penal llegó un camión con la orden de conducir al preso ante sus jueces. En gesto desesperado Casillas al subir al camión se abalanzó sobre un soldado y trató de arrebatarle el fusil. En el forcejeo ambos cayeron al suelo, fuera del vehículo. Casillas resultó muerto.
Azúcar ya sin lágrimas
En su Elegía a Jesús Menéndez, Nicolás Guillén escribió un verso final que anticipaba el futuro:
Entonces llegará
General de las Cañas con su sable
Hecho de un gran relámpago bruñido;
Entonces llegará, Jinete en un caballo de agua y humo, lenta sonrisa en el saludo lento;
Entonces llegará para decir,
Jesús, para decir:
̶ Mirad, he aquí el azúcar ya sin lágrimas.
Para decir:
̶He vuelto, no temáis.
Para decir:
̶Fue largo el viaje y áspero el camino.
Creció un árbol con sangre en mi herida.
Canta desde él un pájaro a la vida.
La mañana se anuncia con un trino.
No pudieron desaparecerlo, porque él dio la vida por los trabajadores. Hoy permanece en el corazón del pueblo como un acicate de trabajo y de lucha por el presente y el futuro.