Icono del sitio Trabajadores

El Guerrero que tenía un pueblo

Granma.— En el tran­quilo barrio donde creció Addriel Adrián Socarrás Tamayo el eco de los juegos infantiles ha sido reempla­zado por un silencio denso, cargado de memoria.

Sonia, madre de Adriel, enaltece la dignidad y fuerza de su hijo. Fotos: Ibrahim Sánchez Carrillo

A sus 32 años, este ca­pitán del Ministerio del Interior, natural del muni­cipio de Yara en esta pro­vincia, tenía toda la vida por delante: una esposa y dos hijos pequeños que lo esperaban en Matanzas, una familia unida que lo apoyaba, y la promesa de muchos regresos a casa después de dos años de permanencia en la tierra de Bolívar.

Sin embargo, el pasado 3 de enero, su vida se trun­có en tierras venezolanas durante la compleja ope­ración militar relacionada con el secuestro del presi­dente Nicolás Maduro.

Los días posteriores al ataque fueron de una in­certidumbre desgarradora para la familia. Una lla­mada al teléfono móvil de Addriel todavía daba tono, un sonido que por momen­tos alimentó una frágil es­peranza.

“Sabíamos que él esta­ba cumpliendo una misión importante pero desco­nocíamos los detalles; era muy discreto con su trabajo y extremadamente dedica­do”, explica Diosvel Omar González Piñeiro, uno de sus primos más cercanos.

Añade que siempre fue un muchacho muy inquieto, avispado, respetuoso, que se interesaba por saber de todo y que por su bondad y ale­gría contagiosa tenía todo un pueblo que lo quería.

“Era de las personas que daba fuertes abrazos. Donde él estuviera su pre­sencia se hacía sentir.

“Antes de lo debido ya era sabio y había creci­do como ser humano y en ese sentido creo que exis­ten hombres que presien­ten que tendrán una corta existencia y por eso madu­ran de forma adelantada, para que no se les quede nada por hacer: mi primo fue una de esas personas”, explica señalando con or­gullo la imagen de Addriel plasmada en el pulóver que viste y que encabeza el apelativo de El Guerrero.

“Decidimos que así lo llamaríamos porque es lo que fue. Sus convicciones revolucionarias eran radi­cales y profundas, por eso actuó siempre en corres­pondencia con su pensa­miento y aferrado a que la defensa de la patria era lo más importante.

“Si alguien le manifes­taba un argumento con­trario, con mucho respeto le demostraba que era él quien estaba en el camino correcto. Y bajo esos prin­cipios vivió, sabiendo cuál era exactamente su lugar”.

En cuanto a Sonia, la madre de este héroe, ase­gura Diosvel que su estir­pe es la de Mariana Gra­jales, pues pese al dolor se mantiene serena bajo la premisa de que debe ser fuerte, como lo fue su hijo, hasta el último mo­mento.

“Ella nos da ánimo para permanecer en pie ante tanta tristeza, y tam­bién ante tanto odio e impotencia que sentimos por quienes le arrebata­ron la vida. Tratamos de no imaginar cómo fueron los últimos momentos de Addriel ni la forma en que murió. Pero es sin duda una herida que marcará a nuestra familia”, alude con una conmoción que hace estrujar los ojos a todo interlocutor.

Cualquier testimonio proveniente de un ser que­rido del joven yarense es un retrato íntimo del sacri­ficio de un cubano anclado en la tierra firme del amor familiar y la aceptación de un destino que, aunque trá­gico, consideran digno.

El nombre de Addriel Adrián Socarrás Tamayo ya no es solo el de un ca­pitán caído en tierra her­mana: es, como el de sus 31 compañeros, parte de un legado que Cuba reconoce con dolor y solemnidad.

Su historia se funde ahora con la de la patria. El deber y la pérdida van de la mano, y el consuelo reside en no ser olvidado.

Compartir...
Salir de la versión móvil