Lo que sus ojos vieron el pasado 3 de enero durante el ataque de Estados Unidos a Venezuela no se le olvidará nunca a Yohandri Varona Torres. Hacía apenas dos meses y seis días que había llegado este camagüeyano nacido en la comunidad de Jagüey, en Vertientes, a esta nación sudamericana con el objetivo de servir de apoyo a la seguridad personal. Eso lo había aprendido de Fidel, dice, así que donde hiciera falta él iba.
Pero aquel sábado se tornó fatídico. A las 12 de la noche se puso en su posición, le correspondían seis horas de guardia. Y aunque todo se veía tranquilo Yohandri sabía que el mayor peligro estaba en confiarse. Por eso cumplía su guardia con un celo rayano en el exceso.
Eran cerca de las dos de la mañana cuando vio al primero de los helicópteros del grupo de comandos estadounidenses que esa madrugada desembarcaría en Caracas para secuestrar al presidente Nicolás Maduro.
Apenas tuvo tiempo de salir de la posta en la que cumplía el servicio de guardia para parapetarse a unos metros de distancia y comenzar a disparar. A esa decisión, o a la suerte, le debe la vida. Como si se guiaran por un plano de exactitud milimétrica los atacantes dirigieron su fuego contra la caseta que hasta solo unos segundos antes había ocupado.
«Tenían mucho más poder de fuego que nosotros, narra Yohandri, que solo contábamos con armamento ligero. Lo otro a su favor es que parecían saber dónde quedaba todo. Así le tiraron a las postas y a los dormitorios donde estábamos los cubanos y lograron matar, entre los primeros, a los jefes».
Unos 23 años de experiencia en el Departamento de Seguridad Personal tiene este primer suboficial, nunca había vivido nada ni parecido. Pero en el entrenamiento le habían enseñado bien y esa madrugada vació cargador tras cargador disparando contra los enemigos. «Había que tirar y tirar. Defender y matar», sentenció.
«A pesar de su ventaja de fuego, añadió, estoy seguro de que les hicimos bajas. Más de las que ellos reconocen. Nos batimos duro. Seguimos tirando hasta que casi todos fuimos cayendo, muertos o heridos».
No fue un combate rápido, ni fácil, como en principio intentaron hacer creer Trump y sus secuaces. Con el paso de los días se ha ido confirmando que solo la muerte y la falta de municiones consiguió apagar la resistencia de los cubanos.
Yohandry recuerda todo con una lucidez terrible. Sus ojos parecen repasar una a una las imágenes. Llora. Llora de rabia. Nunca podrá olvidar el enfrentamiento, dice, pero sobre todo las horas posteriores, en que los sobrevivientes del grupo debieron trasladar los cuerpos de sus compatriotas caídos.
«Los cargamos y llevamos hacia un edificio, que había sufrido daños pero nos permitía guarecerlos. Fue muy duro, porque eran hombres a los que conocíamos, con los que habíamos convivido hasta pocas horas antes. Pero los llevamos a todos, no abandonamos a ninguno.
«Cuando empiezan a caer las bombas en lo único que se piensa es en combatir. Estábamos allí para eso y fue lo que hicimos. Solo me queda el dolor de que no pudimos pararlos. Y este dolor, dice mientras se golpea el pecho, tengo que desquitármelo con el enemigo».