Desde bien temprano, el pueblo cubano se trasladó hasta el Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias para dar el último La Habana víctimas de los sucesos del pasado 3 de enero. Un cielo espeso, de nubes bajas y grises, cubría La Habana como un manto de duelo que acompañó al cortejo.
El viento golpeaba las banderas empapadas y la lluvia, intermitente pero intensa por momentos, caía sobre la ciudad como si también llorara. Mientras tanto, las aceras de toda la carretera de Boyeros fueron testigo de un momento que no es solo de reconocimiento, sino un acto de dolor compartido.
Entre quienes aguardaban estaba la teniente coronel Niubis Basulto Quirós, médica del Ministerio del Interior (MININT). Su uniforme contrastaba con el cielo oscuro. “Tenemos muchos motivos para estar aquí”, dijo con voz firme, aunque los ojos le brillaban. “Como pueblo cubano, pero también como miembros del MININT y del ejército de batas blancas. Es un compromiso revolucionario rendir homenaje a compañeros dignos que murieron cumpliendo su deber. Estamos con dolor, sí, pero también con mucho compromiso”.
Sus palabras, símbolo de fidelidad, parecían extenderse a otros presentes —niños, adultos mayores, personas en situación de discapacidad— que, a pesar de las inclemencias del tiempo, llegaron hasta allí. A unos metros, Ana Rosa Caraballo Morales, una habanera de rostro curtido por la lluvia, sentenció sin titubeos: “Estoy aquí en nombre del pueblo cubano. Para demostrar que no importa cuántas cosas haga el imperialismo yanqui. La muerte de estos 32 combatientes es una fortaleza más. Vamos a seguir luchando, vamos a enfrentar cualquier adversidad”.
Cientos de habaneros llegaron al lugar. A unos la lluvia les corría por la frente; otros se sacudían las gotas que apenas les cubrían el cuerpo, pero nadie se movía. Permanecían allí, como si su presencia fuera también una forma de resistencia.
Entre los oficiales que acompañaban el traslado de las honras fúnebres estaba el teniente Daniel Rodríguez Blanco, de 29 años, integrante de la Unidad de Ceremonias de las Fuerzas Armadas Revolucionarias. “Trasladar los restos de compañeros que dieron la vida… duele”, confesó. “Uno piensa en los familiares. Si nosotros sentimos este dolor, ¿cómo estarán ellos? Muchos eran de mi misma edad. Tenían hijos, padres, hermanos. Una vida por delante.
“Estar aquí es aportar mi granito de arena. Es poner en alto su nombre. He participado en otras ceremonias, pero ninguna es igual. Esta tiene una connotación especial, pues estamos despidiendo a 32 héroes a los cuales recordamos con profundo respeto. Y ver al pueblo llorando en las calles… eso conmueve. Niños, ancianos, mujeres… todos despidiéndolos como si fueran familia”.
Para Daniel, la escena tenía ecos de otras despedidas. Recordó los supertanqueros de Matanzas, recordó ceremonias anteriores. “Ver al pueblo tirando flores a los armones… eso marca”, dijo. “Ahí uno entiende cuánto duele la pérdida de los hombres que defienden esta Revolución”.
Cuando el cielo descargó con más fuerza, Daniel miró hacia arriba y murmuró: “Dicen que cuando llueve, se van gloriosos”. Hasta altas horas de la tarde continuó el cortejo y las muestras de respeto para quienes merecen todo el honor y la gloria de un país. Entre charcos que reflejaban las luces de los vehículos y rostros mojados que no distinguían entre lágrimas y lluvia, cada esquina guardaba un silencio distinto; cada aplauso rompía por un instante la pesadumbre del aire. Y cuando el cortejo siguió su camino, lo que quedó en la ciudad fue la huella profunda de esta despedida: dolor, pérdida… silencio.
