Por favor, deje ahora mismo lo que está haciendo. Lo que se aproxima no necesitará gritar para hacerse escuchar. Tampoco recurrirá a sentimentalismos. No me pregunte qué habrá detrás de estas líneas que quizás quemen. Desafíe sus altas llamas. Le aclaro, no será una trama de autoayuda ni de autocompasión. Podría plantarse en un rincón imprescindible de su memoria, pues su protagonista comprendió que la vida no es un camino recto. Hay que enfrentarla quitando las piedras del medio para enlosar el destino…

“Las mujeres tenemos muchos elementos en contra en la vida”, asevera Yenigladys Suárez con el corazón aleteando en el pecho. “El freno y la discriminación los sentí en carne propia a través de un entrenador de la base. Me hizo daño —apunta y respira tan hondo como si fuera capaz de almacenar en sus pulmones los tristes episodios de aquel momento—. Eso quedó atrás. Son más las personas que me dan la mano”, prosigue vistiendo su confesión de un perfume silencioso, que se cuela desnudo de miedos y repleto de sinceridad.
La tres veces titular parapanamericana, en Lima 2019 y Santiago de Chile 2023 en la pistola de aire a 10 metros SH1 y participante en los Juegos Paralímpicos de Tokio 2020 y París 2024, ladea la cabeza. Se frota el puente de la nariz con el índice y el pulgar. Alza un dedo y como una peregrina de la fe en sí misma, traza palabras que son clavos para el ataúd de la incomprensión.
“No es un freno para mí tener una discapacidad. En ocasiones he lidiado con personas que carecen de sensibilidad. Trato de hacerles entender que deben mejorar ese aspecto. Soy atleta, también ama de casa. No quiero estar en un sillón de ruedas, pero tampoco voy a echarme a morir por eso. Sé cuáles son mis derechos”, sustenta con la fuerza de quien se ha tatuado en el espíritu no rendirse jamás.
“Las mujeres con discapacidad no pueden permitir que el mundo les caiga encima. Es complicado. A veces no sabes cómo vas a enfrentar la vida. Necesitas el apoyo familiar. No es bueno que te sobre protejan, porque no te dejan crecer. Si estás viva es porque Dios lo quiso. Siempre hay esperanza…”.
Ocasionalmente la existencia te arrasa, te lleva por delante. Estás a oscuras como la noche, a eso le llamamos ¿agonizar?
“A los 15 años cuando practicaba atletismo sufrí un accidente en un entrenamiento con pesas. Como niña al fin pensé que me iba a recuperar. Después vi que la situación era diferente. La asumía con fortaleza por mi mamá. Si me tiraba a morir no sé a dónde íbamos a llegar. Lo peor era por las noches. Me preguntaba por qué me sucedió, qué había hecho mal. Fue duro.
“Pensé en suicidarme —afirma como si se azotara sin piedad, recordando que más allá de piel, vísceras y huesos, somos almas imperfectas—. No quería estar viviendo en una silla de ruedas. Para atentar contra tu vida tienes que ser valiente y a la vez muy cobarde de no enfrentar la situación. Nadie debe pasar por algo así.
“Es terrible vivirlo. Requieres la ayuda de gente cercana. Son los que te dan fuerza. Mi mamá, mi hermano y los especialistas del hospital Julito Díaz fueron determinantes”, añade como si recordara las notas de una vieja y estremecedora melodía.
Yenigladys hace una pausa. Se mueve en la silla de ruedas con una naturalidad que parece una fantástica figura danzante. Se adentra en la cocina y a los pocos minutos regresa con unas repletas tazas de café, cuyo aroma nos susurra que todavía hay mucha poesía y fuerza en los capítulos de su historia.
“El deporte es mi mundo —expone y mantiene la mirada, mientras sus ojos vivos, pícaros e invencibles, hablan—. Cuando me accidenté dije que no iba a volver. Pretendía hacerlo con mis dos piernas corriendo. Estuve cinco años en ese proceso. Me ayudó ver los Juegos Paralímpicos de Londres 2012. Le dije a mi madre ¡quiero regresar, no al atletismo! En un sillón de ruedas lo que podía hacer era lanzamiento y nunca me gustó.
“Lo intenté en el tenis de mesa. No pude por falta de entrenador. Entonces el destino hizo que el tiro deportivo me escogiera. Ahora es mi forma de vivir, mi sustento. De niña me veía con medallas. Lo he logrado”, exterioriza y los latidos de su sonrisa inundan el ambiente.
El café surte un delicioso efecto. Hablamos de lo complicado del mundo deportivo, de los obstáculos, de la aceptación. Incluso de ciertos desafíos que pueden pesar como una gran cruz.
“El sillón de ruedas te hace fuerte. Si logras echar para adelante desde una discapacidad, que no te tocaba o tú no la tenías prevista, nada te puede detener. No veo limitantes —revela con un gesto que parece invocar al dios de la superación—. Es uno el que se impone nuevos desafíos. Nadie puede negarte que quieras lograr algo mejor. Habrá decepciones. No puedes tirar la toalla. Para hacerte más fuerte debes reinventarte…”.
A veces lo extraordinario no está en las cúspides, sino en lo franco y amoroso. Entonces la voz de lo sagrado toma la palabra.
“Mi mayor inspiración es mi mamá (Eloísa Echeverría, gloria del atletismo cubano, ya fallecida, y multimedallista en cinco Juegos Centroamericanos y del Caribe y cuatro Juegos Panamericanos). Lo que soy y he logrado es gracias a ella, no puedo decir otra cosa”, manifiesta y una mirada vidriosa junto a un silencio póstumo acuñan la más brillante respuesta.

¿Qué consejo les darías a los jóvenes atletas con discapacidad que quieran seguir tus pasos?, le digo entregándole la taza vacía y apoyado en un gesto para que prosiga.
“Enfocarse en entrenar con disciplina y constancia es lo que da el resultado. No va a ser un camino con flores, será empedrado. Pero si no desisten del objetivo lo van a lograr. Hay que mantenerse firme y que nadie te detenga”.
Entramos a “territorio hostil”. En ocasiones cuando tocamos ciertos temas nos convertimos en “corresponsales de guerra”. Bienvenidas sean las balas al pecho.
“De un tiempo para acá hay cambios en la percepción hacia los atletas con discapacidad. No hay diferenciación entre nosotros y los convencionales. Disfrutamos los mismos derechos. En los centros de alto rendimiento no tenemos creadas todas las condiciones de acceso. Los funcionarios se vuelcan para que la situación sea menos difícil. Hay apoyo.
“En lo periodístico la divulgación no es la misma. Las personas no nos conocen igual. Solo a los fundamentales, de los que constantemente hablan —enfatiza y las comisuras de los labios se le curvan—. Urge mayor divulgación. Si no tienes conocimientos no puedes sensibilizarte, y no me refiero solo a los atletas, sino a las personas comunes con discapacidad. Los medios de comunicación son los que tienen esa posibilidad. Puedo dar mi voz, pero es chiquita. Necesitamos conciencia de verdad. Aclaro, no quiero decir que pongamos cara de ¡ay, pobrecitos! —añade enterrando su rostro entre las manos—. No, no. Somos seres sociales igual. No queremos lástimas. Solo una mejor vida en general.
“Desde un sillón de ruedas he alcanzado realización personal. Logré ser deportista. No en el atletismo; sí en el tiro. Me hice ingeniera. Todavía no soy madre. Paso a paso alcancé mis objetivos. Obtuve metas que otros sin restricciones físicas no han podido lograr.
“A las mujeres les digo que nada puede frenarnos. Nuestros días son complicados y hasta duros, sin embargo, hay que luchar con esperanza y una sonrisa —abunda y los ojos le centellean como estrellas retadoras—. No debe haber miedos. Tenemos que batallar por nuestros sueños aunque parezcan imposibles”.
Algunas conversaciones terminan en revelación. Sin dramatismos te hacen encarar el camino de la vida de otra manera. A veces, con fe renovada en el alma. Yenigladys Suárez es una joya oscura, un relámpago poderoso. Su historia con lágrimas de inspiración en los ojos del corazón nos traspasa con esa belleza llamada superación.



