Por estos días que se habla tanto del tema de invasión por lo sucedido en la hermana república de Venezuela, el pasado 3 de enero, rememoro cómo en América Latina, donde la política de Estados Unidos (EE. UU.) hacia la región ha estado caracterizada por la intromisión y la intervención militar, Nicaragua tiene en su haber un indeseable saldo de agresiones e invasiones.
Los marines norteamericanos invadieron ese país y en los años siguientes la política nicaragüense fue dirigida completamente por el «gran hermano del Norte». Dichos usurpadores permanecieron en ese suelo hasta 1925, pero tras su marcha, de nuevo volvieron los conflictos y los marines regresaron el 6 de enero de 1927.
El ir y venir de agresiones comenzó en 1854 cuando la población de San Juan del Norte fue cañoneada por tropas yanquis al mando del aventurero William Walter, el que posteriormente se autodesignó presidente de Nicaragua y puso en vigor el abolido sistema esclavista, en esta ocasión el gobierno norteamericano reclamó cínicamente a las autoridades nicaragüenses una indemnización económica.
A este ataque se sumaron otros 14 en diferentes años hasta 1972 con la invasión respaldada por el embajador norteamericano Turnes B. Shelton y la participación de representantes de la Organización de Estados Americanos (OEA), cuando se celebró en Nicaragua una farsa electoral para imponer una Asamblea Constituyente que prolongara el régimen antipopular libero-conservador.
Otra víctima de injerencia
Hasta estos días y con seguridad así será en el futuro, Nicaragua ha sido víctima histórica de agresiones yanquis: invasión filibustera, agresiones armadas, intentos anexionistas, formación de gobiernos oligárquico-feudales, patrocinio de las dictaduras de la dinastía Somocista, crímenes de lesa humanidad contra el pueblo nicaragüense de la Revolución Sandinista y su Gobierno.
Organizados, financiados, entrenados y equipados por los ejércitos mercenarios para lo mismo minar puertos, realizar actos de terrorismo contra escuelas, colegios, universidades, cooperativas agrícolas, edificios públicos incendiados hasta cualquier tipo de sabotaje.
El burdo pretexto imperialista ha estado presente desde el primero de enero de 1927 cuando EE. UU. desembarcó cinco mil efectivos por los puertos de Corinto en el Pacífico, y Cabezas, en la costa atlántica o en su tercera invasión, producida a requerimiento del impopular presidente Adolfo Díaz, exfuncionario de una compañía minera norteamericana e impulsor de la anterior intervención de los marines, que se extendió durante 14 años.
Liberales y conservadores, componentes de los partidos tradicionales en Nicaragua, se entregaron al agresor y aceptaron todas sus condiciones.
En su estado de extrema adversidad, ante la debilidad y el comportamiento sumiso de los políticos militares de un ejército interventor foráneo, un hombre interpreta las ansias de libertad de su pueblo y con indoblegable firmeza comprende de qué lado se encuentra el deber.
Este hombre de inconmensurable estatura histórica, es Augusto César Sandino, quien demostró, durante largos años de heroica lucha contra el enemigo invasor yanqui, que las tropas imperialistas enviadas a Nicaragua desde la nación del norte no eran invencibles.
Heroicidad obrera y campesina
Con 29 hombres, en particular obreros y campesinos, Sandino inició una lucha de profundas raíces populares que tomó dimensiones de guerra de liberación nacional que duró más de seis años contra miles de soldados yanquis bien pertrechados.
Solo mediante la traición y el crimen pudieron los enemigos de Nicaragua eliminar a Sandino y, utilizando a su asesino, Anastasio Somoza García, iniciaron la gestión de una sangrienta dinastía, dócil y protectora de los intereses imperialistas y oligárquicos.
Hoy después de pagar un alto precio por su libertad, este hermano pueblo trabaja por una nueva vida, y deja atrás la explotación, la discriminación, la opresión que por más de cuarenta años prevaleció en esa tierra.