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Los secretos de la Lenin, los secretos de una edad

El primer día que uno se baja de la guagua en la puerta de la escuela (de las llamadas aspirinas o con buena suerte una de las dos Dinas) tiene todavía los temores lógicos de cómo será esa primera noche fuera de la comodidad de su cama y con los ronquidos y olores de quienes no conoce, pero que en horas dejan de ser personas extrañas en un cubículo para convertirse en amigos de toda la vida.

LA LENIN tenía tantos secretos que es imposible revelarlos todos. Hacer gimnasia matutina a regañadientes y acostarse luego de esos 5 minutos porque el sueño siempre manda y no el desayuno. Tener dos y hasta tres tarjetas para el comedor porque una bandeja era poca comida después de haber jugado pelota o hacerse el maratonista corriendo por la circunvalación de la escuela. Sentir el primer amor y los besos más escondidos en los bancos de las plazas, incluso con algún profesor o profesora que se cuidaba de que no los vieran juntos.

LA LENIN te enseñaba a planificar el tiempo para estudiar, divertirse y compartir unas tostadas que duraban casi toda la semana en una jaba de nylon. Muchos limpiaron por vez primera un pasillo, «los totos» y fregaron una bandeja con el aliento de hacerlo rápido para luego ponerse a leer un libro prestado, un best seller. Bailar en los días de recreación era tan esperado por los salseros, que aunque la bocina se escuchara mal y el que ponía el audio prefiriera música romántica, todos acababan en ruedas de casino y luego lavando las camisas y blusas sudadas para ponérselas a la mañana siguiente.

LA LENIN te hacía amar un chequeo de emulación con la misma pasión que todos hinchaban por el equipo de su unidad cuando jugaba baloncesto, balonmano, fútbol o voleibol, incluso con fugas masivas de los últimos turnos. Siempre fue el sitio donde muchos escucharon en vivo por vez primera un concierto de Silvio, Pablo y de las principales orquestas o grupos musicales del país. En el que no había nada perfecto (como sus detractores decían), pero sí muchas opciones para crecer cultural y espiritualmente desde la cubanía más auténtica.

Cada cual podrá ponerle más secretos a sus tres o seis años de vida allí. Los míos están aparejados a un amor matemático y a un grupo de amigos que en cofradía envidiable nos reunimos a los diez años de graduados y juramos hacerlo cada un decenio, sin contar que los tentáculos de la emigración serían devastadores. Los míos también guardan esa graduación mojada, pues luego de entregarnos los diplomas en el Anfiteatro Natural, un fortísimo aguacero nos hundió en el fango y la orquesta de Isaac Delgado se quedó con los instrumentos montados y empapados, pero sin tocar.

LA LENIN llega a 50 años este 31 de enero y sus pasillos, sus albergues, su vida cultural y deportiva no se parece a la de 1974, 1984, 1994, 2004 o 2014, y no solo porque la matrícula sea menor. Ya no hay seis unidades ni las piscinas funcionan para un chapuzón al mediodía o en la tarde. Faltan maestros y hasta me han contado que ni siquiera el hueco en la cerca del Jardín Botánico tiene una tarja para recordar que: «Por aquí en 1993 salieron en una tarde mil estudiantes hacia Expocuba para comprar comida en la Feria de La Habana, en pleno período especial».

Eso sí, LA LENIN que une a generaciones enteras no por un nombre, sino por una familia que habitó la misma casa y la cuidó como se cuida una mina de oro para que siempre estuviera, es incondicional con la canción que el último día, al montarnos en la guagua (aspirinas o Dinas) para despedirnos de la escuela, se escuchaba nítidamente:

«Ya se va aquella edad

Qué lindo fue, que despertar

Fue sentir la inmensa sensación

De vivir en algo más

Que en sueños ir

Fue crecer, saber, dudar

Hacer, buscar, pedir, brindar

Recorrer el último camino

Que te lleva hacia tu propia identidad….

FELICIDADES A LA LENIN, QUÉ VIVAN TANTOS SECRETOS. ANÍMESE A CONTARLOS.

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