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Los tortuosos senderos hacia la gloria

“(…) es bueno recordar el sacrificio y el dolor que
han costado las victorias, (…)
porque nos dice que el camino de los pueblos
no es nada fácil”.

Fidel

Otto Hernández Garcini. Foto: Eddy Martin

 

Por Felipa Suárez Ramos y Alina Martínez Triay

Tras el arribo del yate Granma a las costas cubanas, el 2 de diciembre de 1956, murieron 21 expedicionarios entre el 5 y el 15 de ese mes; solo uno en combate, los demás fueron asesinados.

El promedio de edad de los caídos era de 26 años; el mayor, Juan Manuel Márquez, segundo al mando de la expedición, tenía 41. Procedían de las filas del pueblo: ocho empleados, dos constructores, un chofer de alquiler, un gastronómico, un dulcero, un tabaquero, un técnico de rayos X, un maestro, un estudiante, un periodista, un curtidor, un exmilitar y un exconcejal. Habaneros en su mayoría, los había también pinareños, villareños, orientales y matanceros. Todos vinculados desde muy temprano a las luchas estudiantiles y obreras.

Cuando abordaron el Granma sabían a lo que se exponían: ser libres o morir en el empeño libertario, como había prometido Fidel. Esos hombres se convirtieron en los primeros mártires de la nueva contienda emancipadora. Su disposición al sacrificio la sintetizan las palabras de Cándido González, ultimado brutalmente en aquellos días, quien un tiempo atrás expresó públicamente: “Vamos a hacer a la dictadura y a la explotación que oprime a la patria la guerra necesaria, y la muerte es una de las contingencias que tenemos que afrontar. Pensemos en la vida y en el éxito de la causa del Movimiento 26 de Julio”.

Cuando se conquistó la victoria recibieron el merecido homenaje del pueblo, pero pasaron los años y la Revolución tenía una deuda con ellos. Asesinados en parajes intrincados, no se sabía exactamente el lugar donde habían caído.

Descubrirlo fue la difícil misión de Otto Hernández Garcini, quien desde sus lúcidos 90 años rememora la investigación en el terreno de los hechos, que constituyó para él no solo una experiencia inolvidable sino un honor, porque la realizó por encomienda de Fidel y de Celia Sánchez.


Tras las huellas de los expedicionarios

Se aproximaba el vigésimo aniversario del desembarco. La vorágine de los acontecimientos vividos en ese convulso período impidió dedicar tiempo y recursos para revivir aquella historia. Todo empezó con una consulta a Antonio Núñez Jiménez para que este buscara en las dependencias de la Academia de Ciencias a una persona que pudiera encargarse de ello. Núñez lo hizo y en el Instituto de Geodesia y Cartografía habló con su director, el doctor Pedro Cañas Abril, y este designó a Otto, entonces subdirector de esa institución, por sus vastos conocimientos de la geografía del país.

“Me entrevisté con Celia en la Oficina de Asuntos Históricos del Consejo de Estado y ella me entregó documentos, me asignó un ayudante y me puso en contacto con sobrevivientes del desembarco, pero pronto comprendí que no podía hacer esa labor desde un buró, sino acudir al escenario de los acontecimientos. Entonces ella me facilitó los recursos necesarios para la vida en campaña. La investigación la realicé con la colaboración de los que habían sido expedicionarios, los campesinos de la zona, algunos de ellos testigos de los hechos, y apoyado en documentos de la época.

“Para acercarme más a la experiencia de aquellos combatientes, lo primero que hice fue atravesar el mangle que tuvieron que vencer después del desembarco.

“Precisé que Humberto Lamothe Coronado fue el único muerto en combate, en Alegría de Pío, el 5 de diciembre. Un campesino que vivía en las cercanías me dijo haber visto allí a otros dos muertos. Eran compañeros hechos prisioneros que llevaron al lugar para asesinarlos, se trataba de Israel Cabrera Rodríguez y Oscar Rodríguez Delgado.

“Pude corroborar que el día 7, en Media Luna, soldados al mando del criminal Caridad Fernández habían ultimado a Miguel Saavedra Pérez”.

Dieciséis asesinados en un día

“Continuamos los trabajos y un campesino me comentó que en un caminito del monte Macagual, un tío suyo encontró un ojo de vidrio. Inmediatamente pensé: era de José Ramón Martínez Álvarez, y fuimos al lugar.

“Localicé al médico que hizo el certificado de defunción de los seis asesinados en ese punto, cuando los llevaron al cementerio a enterrarlos. El hombre vivía en Niquero. Lo entrevisté y pude reconstruir lo ocurrido, por los testimonios de los lugareños y el tipo de heridas que tenían los combatientes. Los llevaron hasta allí en una camioneta, bajaron a tres y un militar que portaba una ametralladora no esperó a que los otros llegaran a tierra: les tiró una ráfaga y por eso los balazos impactaron en la parte inferior del tronco y las piernas; después se viró hacia atrás, les tiró a los que bajaron primero, a quienes los disparos penetraron en el pecho. Los caídos allí eran Andrés Luján Vázquez, Santiago Hirzel González, Félix Elmusa Aggaise, José Ramón Martínez Álvarez, Armando Mestre Martínez y Luis Arcos Bergnes. Eso fue el 8 de diciembre.

“En la misma fecha se produjo el crimen de Boca del Toro, donde ocho expedicionarios perdieron la vida a manos de la soldadesca. Primero mataron a cinco: José Smith Comas, Miguel Cabañas Perojo, Antonio Ñico López Fernández, David Royo Valdés y Cándido González Morales. Los entregó un vecino a quien llamaban Manolo Capitán, porque el padre tuvo ese grado en la Guerra de Independencia.

“Los tres restantes avanzaban por la costa y los marineros que hacían reconocimiento se los encontraron, les dijeron que se pararan frente al mar, que llegaría la lancha para llevarlos a Santiago de Cuba, y los mataron por la espalda. Se trataba de René Reiné García, Raúl Suárez Martínez y Noelio Capote Figueroa.

“También ese día un grupo de tres se trasladaba junto con Emilio Arbentosa, a quien una bala le había impactado en la garganta, y estaba muy mal; lo llevaron a Las Palmonas, a casa de un campesino, quien arriesgando su vida lo trasladó a Niquero a que lo asistiera un médico. Los demás siguieron hasta Pozo Empalado. Eran Ernesto Fernández, René Bedia Morales y Eduardo Reyes Canto. Cuando fueron a beber agua, los guardias, que se encontraban muy cerca, los sorprendieron. Mataron a Bedia y a Reyes; Ernesto logró escapar”.

Fidel junto a Juan Manuel Márquez, segundo al mando de la expedición.

 

El último crimen

“Juan Manuel Márquez había vagado sin rumbo durante 10 días. El 15 se detuvo a descansar en un camino donde se encontró con un cabo del ejército. Fue conducido por este a la casa de los Matamoros, y ya algo reanimado lo llevó a Juba del Agua, donde se hallaba el teniente La Cal, que era de Marianao y conocía a Juan Manuel. La Cal se comunicó por teléfono con el central San Ramón y el capitán Caridad Fernández fue a buscar a Juan Manuel con la orden de matarlo. En la finca La Norma, tras golpearlo brutalmente, lo abandonó, regresó al central y le ordenó a una pareja de soldados que lo liquidaran y enterraran allí. Para esto último llevaron consigo a un muchacho que trabajaba en el cuartel. Ya en el lugar le ordenaron retirarse porque querían interrogar al detenido. Lo que hicieron fue darle un tiro en la cabeza. El joven, que lo presenció todo escondido detrás del yipi, fue testigo excepcional de aquel crimen y mediante su testimonio pudo reconstruirse.

“Durante las investigaciones un compañero me habló de los juicios celebrados en Manzanillo después del triunfo de la Revolución, y descubrí una causa en la que estaban involucrados tres de los asesinos de los expedicionarios, de los cuales uno había sido condenado a muerte y los otros dos, por diversas irregularidades cometidas en el proceso, quedaron en libertad al ser sobreseída la causa. Profundicé en el hecho y logré que estos individuos que pensaban haber burlado la justicia, pagaran por sus crímenes”.

Bibliografía: 

Pilar Quesada González: Mártires del Granma. Por siempre inmortales, Casa Editorial Verde Olivo, La Habana, 2011.

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