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RETRATOS: Miguelito, el tramoyista

Para Miguel Sotomayor Díaz, el teatro de la CTC Lázaro Peña, es esa gran casa que siempre le devuelve recuerdos, ese es un sitio de historia y amor. Llegó ahí en el año 2009, acercándose a su pasión más profunda: la vida artística.

 

 

“Empecé como chofer del director. Pero en aquellos momentos se estaba realizando una reparación capital de la instalación y, como todos, me enfrasqué en los trabajos. Me incorporé a la brigada de restauración.

“Recuerdo que aprendí a soldar, y participé en el montaje del escenario; las vigas que lo sostienen las fuimos a buscar a la Antillana de Acero. Fue un período intenso. Ayudé en la instalación de los asientos, elaborados en una fábrica que estaba ubicada en el municipio Cotorro. ¡Hasta en la confección de los telones tomamos parte! El teatro quedó como nuevo”, manfiesta.

Luego empezó la otra vida de la institución, que siempre ha sido parte fundamental del panorama artístico en Centro Habana, municipio donde Sotomayor nació y creció. “Ha habido actividades de toda índole, políticas y culturales, que han dejado su huella”.

Hacer lo que gustaba

De haber seguido los cauces del destino, hubiera podido estar todo el tiempo dedicándose a la Geodesía y la Cartografía, pues se había graduado como técnico de nivel medio en esa especialidad en 1986, en el Instituto Politécnico José Martí, en el municipio de Boyeros. “Pero en eso solo estuve dos años en, pues lo mío era el baile, y quería realizarme en lo que verdaderamente me gustaba”, confiesa.

“Estando en el tecnológico, yo participaba en los talleres que organizaba la Grand Maitre de Ballet Laura Alonso. Y la danza me atrapó, me fui del Instituto de Geodesía y Cartografía, donde me insertaron. Probé suerte en varias compañías. Entre 1989 y 1991 del pasado siglo, formé parte del show que se hacía en el cabaret Tropicana, en ocasión del aniversario 50 de ese importante centro. He sido coreógrafo y hasta profesor de danza.

“Tenía 40 años de edad cuando me retiré de la compañía Danza Contemporánea de Cuba, dirigida por el maestro Santiago Alfonso. Fue un paso difícil, pero son decisiones que en algún momento deben tomarse. Entonces, logré una plaza en el Museo de los Orishas, en La Habana Vieja.

“Mientras estaba ahí, comenzó el proceso de universalización y me motivé para estudiar la Licenciatura en Estudios Socioculturales, que primero fue en una sede universitaria, ubicada en el Hotel Sevilla, y finalmente concluí en la Universidad de La Habana, en el año 20015”, expresa.

 

Historia con vida

Sotomayor sabe que en ese teatro que un día le abrió las puertas se respira historia por doquier. Todavía resuenan las palabras del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz en diferentes momentos de la Revolución, en particular, aquel tres de octubre de 1963, cuando el líder cubano clausuró el Séptimo Congreso de la Unión Internacional de Arquitectos. Para llegar a ese momento, se habían tenido que movilizar muchos trabajadores para reconstruir el teatro que había quedado en ruinas, luego de un incendio intencional en 1961.

 

 

Por supuesto, también están las huellas del líder de la clase obrera cubana, Lázaro Peña, nombre que luego de su muerte, adoptó en su honor la institución. Las plenarias y congresos presididos por el Capitán de la clase obrera, como se le conoció, eran verdaderas clases magistrales de lo que debe ser un dirigente sindical.

De entonces, a la fecha, el teatro sido sede de congresos, asambleas, plenos, espectáculos y conciertos. Sotomayor ha estado vinculado, primero como Jefe de Tramoya, y después, como tramoyista a muchos de esos eventos.

“Recuerdo a muchos artistas y agrupaciones que han pasado por aquí: fue tremendo el concierto de Silvio Rodríguez; aquí han estado orquestas como Los Van Van y la Aragón; ha hecho sus presentaciones la Compañía de Teatro Infantil La Colmenita; se han realizado las galas por la celebración del Primero de Mayo, entre otras muchas actividades.

Confiesa que todavía siente nostalgia de su época de bailarín, sobre todo, cuando desde detrás del telón ve alguna presentación, que le hace mover sus pies. “Para trabajar en un teatro, las personas tienen que tener sensibilidad, en cualquiera de sus áreas se hace arte: lo mismo en el sonido, que, en las luces, o en la tramoya”.

Inquieto, entusiasta, no deja de superarse. Hoy se mantiene estudiando idioma francés, aunque eso implique un sacrificio, pues lo hace después de la jornada laboral. Al teatro entrega muchos fines de semana, y también sus noches, pero siente satisfacción. No son pocos los artistas y compañeros que lo identifican como, Miguelito, el tramoyista. Él no se disgusta. Sin ellos, no se podría realizar un buen espectáculo.

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