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Crónicas al andar: Conociéndonos

San Salvador.– La curiosidad te sacude como ciertas pasiones. Es como un cepo que progresa alrededor de tu mente, anudando cada partícula de tu espíritu. Es visión que ahoga las palabras y libera la imaginación.

Foto: Abel Rojas Barallobre

Esa es la sensación que me nutre tras pisar por vez primera las calles de esta ciudad. Por eso, tras dejar mi escaso equipaje en la habitación donde habitaré por algunos días echo a andar…

Ansío degustar las tramas de sus gentes. Sus sueños, conquistas, incluso sus miserias cotidianas. Solo soy un viajero. Alguien que desea plasmar en su íntima bitácora de viaje, las arrugas del tiempo y el cansancio reposado de sus mejores y ocultas historias.

Un señor de avanzada edad me mira con curiosidad y duda. No sé quién es, ni siquiera sé que preguntarle. Tiene barba cana, rizos en el pelo y lleva bajo el brazo algunos libros.

A lo mejor va en busca de alguien o algo. Lo sigo con la mirada, pero pronto lo pierdo. Luego lo encuentro sentado en un banco. Lee tranquilo, como si moviera los hilos del mundo. A ratos se detiene, sonríe y contempla el cielo.

¿Cómo anda?, ¿Cuál es su nombre? le preguntaría, pero no me atrevo. No estoy abatido, y sin embargo, por algunos segundos me siento ridículo. ¿Por qué este extraño ataque de curiosidad y timidez?, expongo en silencio.

Ahora deseo dar media vuelta y buscar otro horizonte. Dejar mi cobardía atrás.

Me repito dos veces a media voz: el temor tiene un filo peligroso. He luchado muchas veces contra él. Nos hemos mirado el rostro y nos detestamos.

Casi me lleno de valor y abordo al hombre de avanzada edad.

¿No sería una buena idea preguntarle los libros que lee? ¿Si conoce dónde puedo beber las mejores tradiciones de esta ciudad?

De repente lo veo todo más claro. A lo mejor el anciano se dedica a regalar libros a los visitantes. Quién sabe si recorra junto a mí la ciudad entera. Incluso quizá me confiese porque cada ciertos minutos de lectura alza la mirada al cielo.

Quiero abrazar la idea de que esta urbe me hará su confidente. Tal vez ella lea lo que yo leo. Perciba lo que yo distingo.

El hombre de avanzada edad casi desaparece con su lento andar y los libros bajo el brazo. Me mira con ojos profundos y desde la distancia, su cansada mano derecha dice adiós.

No hemos cruzado palabra alguna, sin embargo, regreso bajo mis pasos optimista. Esta experiencia apenas comienza y la ciudad, el anciano y yo, nos estamos conociendo.

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