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Aracelio Iglesias: su corazón con los portuarios

Que el mismísimo presidente de la República, Ramón Grau San Martín, tuviera la desfachatez de acusar a líderes sindicales tan prestigiosos como Lázaro Peña, Jesús Menéndez y Aracelio Iglesias, entre otros; de no sentir como cubanos, y declarara con la misma desvergüenza que la CTC “no puede estar en otras manos que no sean las de aquellos obreros que sientan la cubanidad”, era parte de una campaña de calumnias para apartar de la lucha a los verdaderos representantes de los trabajadores.

Muy cubano era aquel niño nacido el 22 de junio de 1901, en Consolación del Sur, provincia de Pinar del Río, que padeció la pérdida de sus dos padres en la adolescencia y se fue a vivir a la capital donde encontró en Regla uno de los trabajos más rudos: el de bracero de los muelles, en el que se inició con solo 15 años.

En contacto con la explotación de que eran objeto los trabajadores y sus precarias condiciones de vida, se forjó su rebeldía y no dudó en sumarse a las filas del Partido Comunista.

Fue uno de los organizadores de los obreros del puerto al producirse la huelga de 1933 contra la tiranía machadista, sufrió prisión por su quehacer revolucionario y al salir en libertad se enfrentó a las empresas yanquis que querían imponer sus designios en los muelles.

Sus compañeros de labor reconocieron en él a su dirigente natural, y lo eligieron primero como financiero del Sindicato de Estibadores y Jornaleros del Puerto de La Habana y, posteriormente como secretario general. Al constituirse la Confederación de Trabajadores de Cuba (CTC) integró su comité ejecutivo y luego ocupó la secretaría general de la Federación Obrera Marítima Local del Puerto de La Habana.

Consiguió que se implantara la lista rotativa con el fin de que hubiera oportunidad de trabajo para todos los estibadores, y cuando se declaró la rada habanera como puerto único durante la Segunda Guerra Mundial consiguió que se estableciera el subsidio por paro portuario a los obreros del resto del país.

Se suponía que la introducción de innovaciones tecnológicas aliviara el rudo trabajo de los portuarios, pero en las condiciones del capitalismo no era así. La llegada al puerto de los ferries y seatrains, representaba que muchos obreros quedaran sin trabajo, ante lo cual Aracelio logró una reglamentación que estableciera una proporción entre la carga, el número de trabajadores necesarios y los jornales, para evitar los despidos. También les arrancó a los patronos conquistas como incrementos de salarios, pago del descanso retribuido y de la semana de 44 horas con pago de 48.

Estos y otros beneficios obtenidos por los trabajadores bajo su liderazgo le concitaron el odio de la oligarquía y del imperialismo.

La prensa yanqui llegó a denominarlo el Zar Rojo del puerto de La Habana, y su actitud vertical en defensa de los intereses de los suyos se convirtió en un estorbo.

En la tarde del 17 de octubre de 1948 un grupo de trabajadores se reunió con Aracelio Iglesias Díaz en el local del sindicato de los obreros portuarios de la Empresa Naviera de Cuba, en Oficios No. 259, en La Habana, con vistas a determinar los puntos que entregarían al Ministerio del Trabajo para que anulara la resolución que designaba a Armando Galate como máximo dirigente sindical en el puerto, y otras demandas encaminadas al restablecimiento de la situación de derecho alterada por la actuación antiobrera del Gobierno de Carlos Prío Socarrás.

Concluida la reunión y cuando Aracelio se quedó conversando con un grupo de sus compañeros, irrumpieron en el lugar pistoleros que le dispararon por la espalda. El recio dirigente falleció al otro día. Con el apoyo del Gobierno los criminales eludieron el castigo de la justicia. Años después, Rafael Soler Puig (El Muerto), quien había encabezado el atentado, fue capturado como parte de la brigada mercenaria que invadió Playa Girón, juzgado y condenado.

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