José Martí en el centro de dos ciudades

José Martí en el centro de dos ciudades

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Por: Patricia Espinosa Valdés, estudiante de Periodismo

José Martí es honrado en bronce una vez más. Manos apasionadas moldearon el metal para recrear los últimos minutos de su vida. Costó años de trabajo inmovilizar en este material el frenesí caballeresco que cargaba al Apóstol, cuando tres balas hicieron el trabajo sucio de los enemigos aquel 19 de mayo de 1895, durante el combate de Dos Ríos.

A ese fatídico momento, en el que Cuba perdió a uno de sus más valerosos hombres, nos traslada la primera estatua ecuestre de José Martí.

A 5.63 metros se alza sobre un pedestal de granito negro en la capital que lo vio nacer y en la ciudad estadounidense donde vivió 15 años.

 

La estatua ecuestre de José Martí en el Parque Central, de Nueva York, disfruta de una posición privilegiada: entre las estatuas, ecuestres también, de Bolívar y San Martín, domina la Sexta Avenida, o Avenida de las Américas. La autora de esta escultura es Ann Hyatt Huntington, quien captó el momento de la caída del Apóstol en Dos Ríos. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate

 

La pieza es el resultado de la admiración que sentía la escultora norteamericana Anna Hyatt Huntington (1876-1973), por la vida y obra del más universal de los cubanos. “Ella estudió profundamente la personalidad de José Martí”, explicó Eusebio Leal a la periodista Marta Rojas en entrevista para Granma.

Transformar el metal en la figura del Héroe Nacional fue el último trabajo de gran envergadura que realizó la artista. Tenía 82 años cuando aceptó el pedido del gobierno republicano de la Isla en la década del 50.

El 28 de enero de 1965 fue inaugurada la escultura original al inicio de la Avenida de las Américas, en el Parque Central de Nueva York, junto a las representaciones de los independentistas latinoamericanos: José de San Martin y Simón Bolívar.

La figura fue un regalo a la ciudad donde el Maestro vivió desde 1880 a 1895. Desde ahí escribió para importantes diarios del continente americano como The Evening Post y La Nación. Incluso fundó el periódico Patria para impulsar a través de sus publicaciones el ideal independentista en Cuba, en aras de reiniciar la gesta libertaria.

El legado intelectual del Apóstol quedó impregnado en la Gran Manzana, que para finales del siglo XIX ya era la mayor urbe de las Américas.  Pero la tierra natal de Martí también necesitaba exhibir la imitación de su Héroe Nacional.

Por más de 20 años la Oficina del Historiador de La Habana trabajó en conjunto con la alcaldía de Nueva York y el museo del Bronx para traer a la Mayor de las Antillas una réplica de la estatua. A la causa se sumaron estadounidenses, cubanoamericanos y ciudadanos de otras naciones, quienes donaron fondos para trasladarla desde Filadelfia, metrópoli donde se reprodujo, hasta la Zona Especial de Desarrollo del puerto occidental de Mariel. Una vez más, aunque en distintas circunstancias, Martí aunaba a los pueblos.

En octubre de 2017, tras un largo viaje, las aguas cubanas recibieron al Apóstol inmortalizado en bronce. Al recibirla, según declaraciones del diario Juventud Rebelde, Eusebio Leal expresó que “fue el hombre que más conoció, en su tiempo y para todos los tiempos, el carácter, la virtud y la luz y las sombras de esa gran nación”.

Foto: Yuris Nórido

 

Durante el aniversario 165 del natalicio del adalid de la independencia, el 28 de enero de 2018, quedó emplazada la estatua de Martí en la plaza 13 de marzo, ubicada en La Habana vieja. Un sitio que Leal calificó de significativo por ocurrir en sus cercanías importantes hechos de nuestra historia.

Frente a ese terreno está situado el Museo de la Revolución, otrora Palacio Presidencial, cuyas instalaciones fueron asaltadas en 1957 por un grupo de jóvenes del Directorio Revolucionario (DR), liderado por José Antonio Echeverría. Dos años más tarde, desde la terraza norte del Palacio, Camilo pronunció su último discurso.

Al Martí neoyorquino lo rodean plantas representativas de cada lugar que visitó. En los jardines del parque crecen palmas antillanas, araucarias centroamericanas, agaves mexicanos y olivos mediterráneos. A sus espaldas, un vestigio de la muralla habanera, en cuyas inmediaciones se encontraba la casa donde nació el 28 de enero de 1953.

 

Foto: Omara García Mederos
Foto: Omara García Mederos

 

El mar, que por años lo separó de su patria, cubre el horizonte y a unos metros se alza el monumento de Máximo Gómez. Al ver tan cerca las recreaciones de los héroes, nos remontamos al 11 de abril de 1895 cuando pisaron juntos playitas de Cajobabo para incorporarse a la guerra, que Martí llamó necesaria.

Nacionales y extranjeros visitan al jinete inmóvil. Figuras políticas cubanas y estadounidenses se dieron la mano ante él. Los homenajes no le faltan y menos el flash de las cámaras reflejado en el pedestal de mármol negro. Y seguro que muchos al revisar las fotos han pensado que la serenidad de su rostro ante la muerte evoca a su poema Abdala, en cuyos versos escribió “que dulce es morir, cuando se muere luchando audaz por defender la patria”.

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