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Editorial: Nuestras Elecciones (III y final)

La novedad del sistema electoral cubano con respecto a la práctica política interna­cional, especialmente el concepto de que es el pueblo quien postula y quien elige, re­sulta inaceptable para los enemigos jura­dos del socialismo. Llenar de pueblo los es­caños donde se aprueban las leyes del país, aterra a las élites económicas en casi todo el mundo.

 

 

Si se quieren pruebas recientes de ese pánico clasista, ahí están los asaltos al Ca­pitolio de Washington por los seguidores de Trump, a la sede de los Tres Poderes en Brasilia, por los bolsonaristas y la ridícula resolución presentada por una legisladora de origen cubano de la Florida, que con­dena al socialismo como ideología política para evitar que alguna vez pueda prosperar un ideal de justicia social en la nación es­tadounidense.

El miedo no es gratuito. El mundo capita­lista sufre una alarmante crisis de confianza en sus instituciones políticas. Los expertos advierten acerca de la creciente percepción ciudadana sobre las instituciones como “una cosa alejada de la sociedad, que los políticos no viven en el mundo real y discuten en una jaula de grillos». Cuántas veces no vimos, en las noticias internacionales, a legisladores de las más diversas corrientes discutir a puñeta­zos o a silletazos.

Cuba escapó a tiempo de ese modelo de “ataque al adversario”. No se salió de la de­mocracia, como la acusan sus detractores. La Revolución cubana rescató la democracia, echando a los politiqueros de la política.

La Revolución cubana innovó en políti­ca, al crear una Asamblea de obreros, cam­pesinos, intelectuales, estudiantes, mujeres y hombres, blancos, negros y mulatos, jóvenes y menos jóvenes, religiosos y no religiosos.

Haciendo camino al andar, en un proceso de creciente aprendizaje, donde todo se trans­forma, hoy podemos mostrar un Parlamento ecuménico y unitario, de donde saldrán las más importantes decisiones, incluyendo la que pone nombre al Presidente y Vicepresi­dente de la República, así como al Presidente y Vicepresidente de la Asamblea Nacional y el Consejo de Estado.

Tendrá también este órgano supremo del poder del Estado, la misión de fiscalizar y controlar la gestión del Gobierno, velando porque se oriente siempre al beneficio econó­mico y social del pueblo.

Y le corresponderá ser implacable con la rémora de problemas subjetivos que dañan a la sociedad e impactan de muchos modos en la producción deficitaria de bienes y servicios, los precios abusivos, las indisciplinas sociales e ilegalidades, el burocratismo, entre otros.

Esta X Legislatura se parecerá más a su pueblo en tanto más efectiva sea contra esos problemas, según consiga movilizar a los cu­banos y proponga con creatividad soluciones innovadoras, elimine trabas al desarrollo y crecimiento del país y promueva todo aquello que favorezca el bienestar del pueblo.

Le corresponderá ampliar y consolidar el proceso de ordenamiento jurídico previsto en nuestra Constitución; estimular la participa­ción y el control popular como genuino ejercicio de gobierno socialista, convertir a los barrios en escenario principal de la acción transformadora y al municipio en centro de la vida económica y social del país. Deberá ser capaz de cambiar todo lo que deba ser cambiado.

Serán ahora 470 diputados los que integren la Asamblea Nacional del Poder Popular (135 menos que en el anterior período legislativo), 221 de ellos propuestos desde los municipios, 135 de las provincias y 114 de procedencia nacional.

A ninguno de ellos los postuló el Partido. Los proyectos de candidaturas son elabora­dos y presentados por comisiones integradas por representantes de la Central de Traba­jadores de Cuba, de los Comités de Defensa de la Revolución, de la Federación de Muje­res Cubanas, de la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños, de la Federación Es­tudiantil Universitaria y de la Federación de Estudiantes de la Enseñanza Media.

Con la realización de más de 900 plenos de esas organizaciones, en un amplio y democrá­tico ejercicio, resultaron propuestos más de 19 mil precandidatos, y fueron considerados los 12 mil 427 delegados de base electos por el pueblo, el pasado mes de noviembre.

Luego de una amplia consulta de los propuestos a diputados con los delegados de circunscripción, las asambleas municipales aprobaron las candidaturas. Desde el día si­guiente a esas sesiones y hasta el 24 de mar­zo, los candidatos recorrerán barrios, centros laborales y estudiantiles, para intercambiar directamente con su gente, sobre proyeccio­nes y expectativas.

Las elecciones nacionales en Cuba deben constituirse en una movilización alegre y entu­siasta, pues no hay triunfo mayor que la posibili­dad de decidir el futuro con soberanía y libertad.

El día 26 de marzo, según la Ley Electoral, cada elector podrá votar por tantos candida­tos como aparezcan relacionados en la boleta. La convocatoria de la dirección de la Revo­lución es a votar por todos, bajo la probada premisa de que la unidad es el arma funda­mental de todas nuestras batallas victoriosas.

La historia de Cuba tiene infinitas pruebas de esa verdad. Cada vez que falló la unidad, fra­casamos. Cada vez que la logramos, vencimos.

La unidad nos blinda, por eso apuntan contra ella los que nos quieren derrotados. Votar por todos, dijo Fidel en las cruciales elecciones de 1993, no es una consigna, es una necesidad de la Patria, no es un acto de disci­plina, es un acto de conciencia.

En los escaños de la Asamblea Nacional se sentarán en condición de iguales el obrero y el trabajador de formas de gestión estatal y no estatal, el campesino y el científico, el maestro y el estudiante, veteranos y jóvenes, intelectuales y militares, y aunque con míni­ma diferencia, serán mayoría las mujeres.

Esa es nuestra democracia. Toca hacerla, defenderla, perfeccionarla y celebrarla, pues no hay mayor expresión de libertad que decidir, sin imposiciones de afuera, el presente y el futuro de la nación que somos. No hay más protagonistas que nosotros mismos. Cuba es candidata y Cuba elige. Manda Cuba.

 

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