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Ovidio: compromiso y sensibilidad

Un flaco desgarbado, con el rostro surcado por arrugas, evidencia del paso de los años, 69 exacta­mente; mira de frente y los ojos de un verde grisáceo dejan ver una franqueza que inspira confianza.

 

Foto: Yolanda Molina Pérez

Acababa de entrar a su turno de trabajo, de los que desde el ini­cio son intensos apenas pasadas las ocho de la mañana y estaban infor­mados 12 entierros, todas las capi­llas ocupadas y pendientes de reco­gida “dos casos”: uno en el hospital y otro en el hogar de ancianos.

No sabía para qué le buscaba, pero a ese hombre acostumbrado a lidiar con la muerte le asusta en extremo la palabra entrevista, apenas podía dedicarme 20 mi­nutos, el tiempo justo que faltaba para una vez más conducir el pri­mer vehículo de la siempre triste caravana que es un entierro.

 

Los recuerdos

Ángel Ovidio Cruz Gutiérrez es oriundo de Consolación del Sur, tiene 39 años trabajando como chofer de carro fúnebre, el ofi­cio lleva implícito también que sentarse detrás de un timón, está capacitado para asumir la prepa­ración del cuerpo para el velatorio y es inevitable el contacto con los familiares de los fallecidos.

Resume escuetamente lo que se requiere para el ejercicio de su pro­fesión, responsabilidad y sensibili­dad; confiesa que en los inicios llo­raba como uno más de los dolientes y todavía hay ocasiones en que no puede evitarlo, como muy dura ca­lifica la muerte de cualquier niño.

Quizás porque este padre de dos varones, abuelo de tres nietos y en espera del cuarto, resplande­ce cuando al hablar de ellos ase­vera “me adoran”, son el fruto de la única vez que se casó “por pa­peles”, aunque ha tenido a lo largo de su existencia tantas parejas de convivencia que ni siquiera sabe cuántas; al confesarlo, la picardía prevalece en la mirada.

El brillo en las pupilas es efíme­ro, se ensombrecen al evocar hue­llas que el tiempo no logra borrar: “Una vez tuve que preparar a una madre y un recién nacido, los dos fallecieron en el parto, los puse en el mismo ataúd, y acomodé el bebé en sus brazos, como si lo estuviera cargando, todo el mundo decía que parecía estar dormida y la familia me agradeció que esa fuera la últi­ma imagen que tuvieran de ellos”.

Sabe que sus manos prodigan muchas veces el último toque a esos cuerpos inertes, “y hay que hacerlo con respeto”, indispensable el tacto para tratar a los dolientes, no pue­de tener un mal día, porque a quie­nes presta estos servicios siempre están en medio de uno y añade con orgullo que nunca han presentado una queja contra él.

Estuvo entre los trabajadores que apoyaron en la capital cuan­do el accidente aéreo del vuelo con destino a Holguín, trasladó tres cuerpos hacia el oriente del país y recuerda esos días como muy dolorosos; confiesa que aunque le pongan otro chofer prefiere ma­nejar él. Sus saberes de mecánica lo hacen un pilar de los servicios fúnebres en Pinar del Río, conoce como nadie esos carros y más de una vez circulan por las solucio­nes que ofrece, comentó María del Carmen Zaldívar, administradora de la funeraria interprovincial.

 

¿Dureza?

“Uno tiene que endurecerse un poco para hacer este trabajo y con los años se logra, pero sin perder la sensibilidad”.

Lo escucho y asumo que en él prevalece la segunda, más de una vez se ha enjugado los ojos, por el dolor ajeno y el propio, porque este hombre condujo los autos en que viajaron los cuerpos de su padre y abuelo hasta la última morada, otro recuerdo difícil de olvidar.

No piensa en el retiro, dice que mientras tenga fuerzas y sa­lud seguirá trabajando, quizás pocos de los familiares de los fa­llecidos sean conscientes de lo que él y sus colegas enfrentan para hacerles llevadera la despedida de los seres queridos, el anonima­to les acompaña pero no les men­gua la devoción por ser útiles.

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