El pueblo en el corazón de Berando

El pueblo en el corazón de Berando

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Desde hace más de cuatro décadas Berando Rodríguez Ferrey instaló un puesto de mando en la sala de su casa, marcada con el número 19 de la calle Emilio González, del reparto Aguilera, en el municipio de Las Tunas, donde diseñó estrategias, pensó y repensó programas con acciones de beneficio popular.

 

Foto: Jorge Pérez Cruz

Desde allí irradió luz sobre la comunidad y sus habitantes urgidos de un líder que los convocara y los guiara en la solución de problemas que les aquejaban, y con su actitud sentó las bases de un pedestal que sostuvo -y sostiene- la admiración colectiva por el desempeño.

“Me resultaba muy emocionante que mis vecinos me nominaran en cada nuevo mandato y, luego me eligieran para representarlos en la Asamblea Municipal del Poder Popular”, recuerda este veterano de 87 años de edad dedicados por entero al trabajo que honra la confianza de su gente.

“Pero un delegado sin el apoyo de sus electores, del grupo comunitario y de los organismos ara en terreno baldío”, afirma con la experiencia acumulada en tanto tiempo de duro bregar frente a desafíos y obstáculos grandes, “que nunca me parecieron insuperables, porque ante cada reclamo siempre, o casi siempre, estuve bien acompañado”.

Y esa compañía la ganó con ejemplo personal y persistencia y “sentía como una fiesta en mi corazón en esos días de andar junto a mi pueblo haciendo cosas nuevas, reparando otras, mejorando la existencia y el bienestar de  las personas y del entorno que también estimula el buen comportamiento”.

La casa de Berando pudiera ser el mejor chalet del barrio, pero la arquitectura y la imagen de sencillez es el más fuerte aval de la honestidad que lo caracterizó –y lo caracteriza- siempre, lo pienso mientras escribo las anécdotas que me cuenta de aquellos primeros tiempos del Poder Popular y las facultades dadas a los delegados.

Foto: Jorge Pérez Cruz

“Daba mucho trabajo, había que controlar mucho para evitar indisciplinas, era tremenda responsabilidad, pero era algo muy agradable y aleccionador ver el regocijo de mucha gente cuando aquí mismo, señala el frente del hogar que lo cobija, parqueaba una rastra llena de cemento para distribuirlo entre los más necesitados, que nadie conoce mejor que el delegado por su proximidad”, sostiene con cierta nostalgia.

También me cuenta que esa fiesta del corazón de que me habló se desvanece cuando los reclamos populares que trasmite no encuentran oídos receptivos en dirigentes administrativos que tienen el encargo de atender, resolver o explicar con agilidad, transparencia y objetividad los pormenores de esas expectativas frustradas.

Ahora dice adiós a ese cargo de honor que llevó sobre sus hombros cumpliendo, además, numerosas misiones laborales frente a tareas de gran relevancia vinculadas con la vida militar y civil, fundamentalmente, en el sector de la construcción y sin vanaglorias guarda cada detalle que lo acerca a esas jornadas y a su impronta en obras que distinguen el desarrollo de esta ciudad.

“Y me voy con dos insatisfacciones”, me confiesa y las describe: “Hace muchísimos años que estoy pidiendo ayuda para resolver definitivamente el problema que ocasiona a la comunidad el antiguo almacén, ya en desuso, del Centro Provincial del Libro y para restaurar el derrumbe de una placa en la vivienda de una señora, viuda de un combatiente de la Revolución, y los responsables han hecho caso omiso al reclamo. Eso a veces sucede y disgusta mucho”.

“Trabajé desde niño en los campos de Céspedes, en el entonces municipio camagüeyano de Florida, donde nací y pasé los primeros años de mi vida”, dice y afirma “desde muy pequeño guataquié en campos de caña, halé por el narigón yuntas de bueyes, ordeñé vacas, pero eso sí mi papá Laureano y mi mamá Aida Rosa me exigieron también que estudiara y gracias a esas exigencias me hice, estudiando y trabajando, ingeniero Mecánico y me formé sin miedo al sacrificio”.

Y ahí están reveladas las simientes de su recia figura, de su incansable quehacer, de su bondad y de su vocación de servicios al prójimo que todavía lo motivan, le reparan energías, “por mi edad y mi salud pedí dejar espacio a los más jóvenes y no ser nominado para este nuevo mandato, pero sigo aquí en mi puesto de mando, con las puertas abiertas para atender, capacitar y ayudar a todo el que lo necesite”, afirma con cierta melancolía.

Y estoy seguro que no vivirá solo de sus recuerdos, que bien pudiera por la amplia trayectoria de servicios y la enorme cantidad de reconocimientos que atesora, suficientes para sentir paz eterna y satisfacción completa por la obra de la vida.

Entre tantos certificados, condecoraciones, distinciones, sellos…, “la  Medalla de la Fraternidad Combativa que me entregaron por acuerdo del Consejo de Estado significa mucho para mí”, me dice y la muestra como un trofeo que resume y pondera su constancia en defensa de la Revolución.

Berando deviene ejemplo de servidor público y paradigma para las nuevas generaciones a las cuales “les pido que honren con sus actitudes el legado de Fidel, de nuestros héroes y mártires y conviertan en realidad palpable la consigna de que somos continuidad”, sentencia ya en la despedida y convoca a ir a las urnas este 27 de noviembre a elegir a quienes mejor puedan representar y defender los anhelos y las expectativas del pueblo trabajador”.

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