Con Che, de la Sierra Maestra al Guamuhaya

Con Che, de la Sierra Maestra al Guamuhaya

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Tras 45 días de agotadora y accidentada marcha, la Columna Invasora N0. 8 Ciro Redondo arribó a la provincia de Las Villas, donde su jefe, el comandante Ernesto Guevara, Che, asumiría el mando de todas las fuerzas rebeldes allí asentadas

 

Una soga tendida de orilla a orilla del río Jatibonico del Sur, por un paso entre El Toro y Los Ciegos, a seis kilómetros del poblado de Jíbaro,  distante unos 38 kilómetros de la ciudad de Sancti Spíritus, permitió  que al amanecer del 12 de octubre de 1958 la Columna Invasora No. 8 Ciro Redondo, comandada por Ernesto Guevara de la Serna, Che, se detuviera en un monte de la  central provincia de Las Villas ―vasto territorio que en la actualidad comprende las provincias de Villa Clara, Sancti Spíritus y Cienfuegos―, donde debía asentarse.

 

 

Integrada por 142 combatientes, 10 de ellos desarmados, esa tropa había partido de El Jíbaro, en la oriental Sierra Maestra, al atardecer del 31 de agosto de ese año, con destino al territorio villareño, donde  en correspondencia con la orden emitida por el Comandante en Jefe del Ejército Rebelde, Fidel Castro Ruz, su jefe perseguiría el objetivo estratégico de batir incesantemente al enemigo y paralizar  su movimiento desde el occidente hacia la región oriental, a lo que se unirían otros que oportunamente le serían encomendados.

Una vez  llegado a su destino, el comandante Guevara asumiría el mando de toda esa región y se esforzaría por unificar a las fuerzas rebeldes que allí operaban, pertenecientes al Movimiento Revolucionario 26 de Julio (MR-26-7), al Partido Socialista Popular  (PSP), el Directorio Revolucionario 13 de Marzo (DR-13-M), y el denominado Segundo Frente Nacional del Escambray.

Asimismo, le  otorgó otras facultades inherentes a su alto cargo, entre ellas, recaudar e invertir en gastos de la contienda  las contribuciones establecidas por ese mando en relación con los impuestos de guerra;  aplicar el código penal y las leyes agrarias rebeldes; coordinar operaciones, planes, disposiciones administrativas y de organización militar con las fuerzas revolucionarias asentadas en la región,  invitarlas a unirse para conformar un solo cuerpo con vistas a vertebrar y unificar el esfuerzo militar de la Revolución, y a crear unidades locales de combate, así como la de otorgar el grado de comandante de columna.

En Camagüey, el peligro como compañero

El 7 de septiembre, la columna había penetrado en la provincia de Camagüey, sede del 2.do Distrito Militar y del Regimiento N.o 2 Agramonte, de la Guardia Rural, con mil 93 efectivos bajo el mando del coronel Armando Suárez Suquet,  y de la 2.da División de la Policía Nacional, con 12 oficiales y 315 vigilantes. Durante los meses de junio y julio de ese año,  esas fuerzas tuvieron que  enfrentar a dos grupos guerrilleros en las  zonas norte y sur, en las cuales el jefe del regimiento dispuso que  los escuadrones, capitanías, tenencias y puestos de la guardia rural situaran emboscadas, efectuaran recorridos, patrullajes y registros, y ubicaran confidentes con vistas a evitar que los simpatizantes con la revolución prestaran ayuda a los guerrilleros.

Nombrado posteriormente jefe de  la Zona de Operaciones, el 5 de septiembre Suárez Suquet informó a la jefatura del Distrito Militar que, en su criterio, ningún grupo rebelde se encontraba por entonces en el territorio, e insistió en la necesidad de emboscar efectivos en los límites de esa provincia con la oriental y  de reparar los carros de reconocimiento, a la vez que le solicitó granadas de mano, fusiles y lanzagranadas, entre otros medios.

Muy lejos estaba de sospechar que tropas invasoras procedentes de la Sierra Maestra avanzaban  por su territorio. Esto lo supo después de los  combates sostenidos por la columna Ciro Redondo en La Federal, el 9 de septiembre, y en  Cuatro Compañeros, cinco días después, a la cual ocuparon varios de sus medios, incluido el listado de sus miembros.  A partir de entonces, el ejército procedió a situar una cadena de emboscadas a todo lo largo de la ruta que presumiblemente debían seguir, muy especialmente en la de Baraguá, donde creó una línea en forma de cerco que, en su opinión, les resultaría infranqueable.

A lo anterior se sumaba que, desde el  día 17, la fragata 301 José Martí y el guardacostas 101 Leoncio Prado iniciaron un constante patrullaje en  la zona costera camagüeyana y en áreas del embarcadero de Santa María y la Punta de Macurijes, recorrido ampliado tres días después cuando se determinó que la primera, reforzada con otros 21 hombres, cubriera hasta el subpuerto de Boca Grande y las cercanías del embarcadero.

Asimismo, a partir del 27, cuatro compañías fueron concentradas desde el central Baraguá hasta el río Itabo, y dos en Ciego de Ávila; dos aviones B-26 y uno de enlace quedaron situados en la pista del citado central, así como emboscadas en las líneas férreas Baraguá-Jagüeyal, Baraguá-Colorado y Baraguá-embarcadero de Santa María, de Palenque a Cayo Toro,  en la laguna Palmarito y en El Palmar, creando así una fuerte línea de contención. En concreto, en su afán por detener el avance de los invasores, el ejército envió más fuerzas al 2.do Distrito Militar, incrementándolas a 127 oficiales, 285 clases y dos mil 110 soldados.

No obstante,  y a pesar de encontrarse en pésimas condiciones físicas, en la noche del 1.0 de octubre  la columna logró rebasar las numerosas emboscadas  existentes en la línea Baraguá-embarcadero de Santa María, burlando así todas las previsiones del enemigo. Acerca de ese hecho, Che escribió:

 “(…) Por esa laguna cenagosa, tratando de amortiguar en lo posible el ruido de 140 hombres chapaleando fango caminamos cerca de 2 kilómetros hasta cruzar la línea a cerca de 100 metros de la última posta de la que escuchábamos su conversación. El chapaleo, imposible de evitar totalmente, y la luna clara me hacen pensar con visos de certeza que el enemigo se dio cuenta de nuestra presencia (…)” 1

Extenuados por la larga, fatigosa y accidentada marcha, en deplorables  condiciones físicas continuaron el avance hasta que, tras cruzar la trocha de Júcaro a Morón, se detuvieron en la finca Potrero Bajo, donde establecieron contacto con el capitán Oten Mezana Mincal y los tenientes Hornedo Rodríguez Ruiz y Miguel Martínez, enviados a su encuentro por el comandante Víctor Bordón Machado, jefe de la columna del Movimiento Revolucionario 26 de Julio que operaba en el centro del país, con la encomienda de explicar al Che la grave situación política creada en la zona por los miembros del denominado Segundo Frente Nacional del Escambray, dirigidos por el autotitulado comandante Eloy Gutiérrez Menoyo.

Guiados por los esos oficiales continuaron la marcha y penetraron en el territorio que el Comandante en Jefe les había confiado.

Acerca del recorrido por la provincia de Camagüey, Che narró:

“Nunca nos faltó (…) el aliento campesino. Siempre encontrábamos alguno que nos sirviera de guía, de práctico, o que nos diera el alimento imprescindible para seguir. (…) 2

Dejar atrás la provincia de Camagüey le tomó a la columna 34 días, durante los cuales sostuvo dos combates y una escaramuza, y se le incorporaron 19 hombres. Llegó a Las Villas con 26 bajas: tres muertos ― Marcos Borrero Fonseca y Darcio Gutiérrez Acosta, en La Federal, el 9 de septiembre,  y Juan B. Hernández Suárez, cinco días después, en Cuatro Compañeros―; dos heridos; dos enfermos; un extraviado; un desertor; un desaparecido; siete licenciados y nueve que, dispersos en La Forestal, se habían incorporado a la Columna N.0 2 Antonio Maceo.

 

Hacia Loma del Obispo

Una vez en territorio villareño y con la incertidumbre de lo que podría depararles el futuro, luego de un impostergable descanso reemprendieron la marcha y el 15 de octubre arribaron a Loma del Obispo, en la región de Sancti Spíritus, donde Che ordenó la búsqueda de un lugar adecuado para establecer la comandancia, posteriormente instalada en Caballete de Casa, y comenzó a cumplir las misiones a él confiadas por Fidel.

Acerca del autor

Graduada de Licenciatura en Periodismo, en 1972.
Trabajó en el Centro de Estudios de Historia Militar de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), en el desaparecido periódico Bastión, y como editora en la Casa Editorial Verde Olivo, ambos también de las FAR. Actualmente se desempeña como reportera en el periódico Trabajadores.
Ha publicado varios libros en calidad de autora y otros como coautora.
Especializada en temas de la historia de Cuba y del movimiento sindical cubano.

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