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Abel Sarmientos: Cuando la vida quema

Por la boca le salieron las entrañas. “No soy un borracho, ni un alcohólico. No sé de dónde salió eso. Cualquiera se toma un trago. Muchos cubanos lo hacen”… Parecería que tras muchos años de hirientes ¿cuchicheos? Abel Sarmientos deseara de una vez y por todas enfrentar las dentelladas de la vida, del rumor, ¿de la verdad?… Entorna sus ojos de cansadísimo color verde sobre el cigarro que encendió hace unos minutos y al que no le ha dado ninguna calada. El cigarrillo arde y el humo surge de su punta formando una delgada espiral color gris azulado.

foto: Abel Padrón Padilla/ Cubadebate.

De repente no sé de qué hablarle ¿del voleibol?, ¿de la caída? O es lo mismo… ¿de qué? Da una larga chupada al cigarro y lo lanza al suelo desparramando curiosas chispas.  Aspira una bocanada de aire y mira hacia el cielo, como esos peregrinos de la fe en sí mismos. Yo escucharé la voz de su historia y tal vez llegaremos al mismo sitio por senderos distintos… No me atrevo a confesarle aun, que siempre me han interesado más las historias de los “pecadores” que las de los “santos”.

“Si tomo, pero no soy el que más lo hace”, prosigue mientras se acomoda en cuclillas en una pequeña parcela de tierra en el municipio del Cerro, donde atiende algunos cultivos junto a conejos y gallinas, cuyo cacareo roza la molestia.

“Llevan años mintiendo sobre mi”, continúa. ¿Cómo es posible? Estuve muchos años en el equipo nacional, con resultados, después como profesor en la Universidad de Ciencias de la Cultura Física y el Deporte. ¿Puede un alcohólico hacer eso? Nunca han venido a preguntarme o averiguar si soy un borracho. Si ando ebrio por la calle. Estoy convencido de que eso salió de algunos que no me conocen. Incluso cuando estoy en fiestas, abunda y frunce el ceño con rabia “trato de apenas beber para evitar esos comentarios”.

“Por suerte el pueblo me quiere, sabe lo que hice como deportista”.

Toma una pequeña butaca de oxidado metal. Se acomoda sobre ella y apoya los codos contra sus muslos. Se pasa la lengua por las comisuras de la boca como quien cala su bayoneta para asaltar una trinchera y expresa. “Creo que esto comenzó por un grupito que con sus malas ideas me dañó cuando era profesor” dice aclarándose la garganta y escupiendo una vez, Gracias a mi familia salí adelante”…

Arrastrando algunas palabras recuerda sus sacrificios para superarse académicamente. Incluso agradece la ayuda de profesores de otros deportes. En algún momento no todo fue campo de batalla.

“Mira”, indica tratando de poner un curita sobre una herida que aún sigue abierta mientras el sudor corre por sus mejillas, acumulándose sobre sus labios y su mentón, “todo hombre que sea maltratado tiene que sentirse mal”, certifica subiendo la voz a un tono más alto. “No me tiré al abandono, busqué otras vías. Jamás me acerqué para quejarme a ninguna autoridad del Inder ni del voleibol, reconoce abriendo los ojos como platos. “Pienso que cuando se conoce que alguien tiene un problema el deber es ayudarlo. Parar el rumor. Tampoco me dirigí a ningún profesional capacitado para recibir el apoyo que necesitaba”.

Foto: Abel Padrón Padilla/ Cubadebate

Se mira las manos. Largas, huesudas, arrugadas como un pergamino. Sonríe con tristeza mirando hacia la tierra donde un enjambre de hormigas se disputa entre las hierbas los restos de un alacrán. Se le acentúan las arrugas en el rostro y una expresión triste y sincera se le refleja en los labios.

“Sigo palante, desde que nací lo hago. Contento no estoy”, dispara con una de esas muecas que dicen mucho. “Tengo quejas. A mi casa no ha venido nadie de la Comisión Nacional de Atención a Atletas. Me han visto y ni me conocen. A otros vecinos que fueron atletas sí”.

“Tengo la asignación de un auto hace más de 20 años. Se rompió y me quitaron la asignación del combustible. Dijeron que debía llevarlo a la Dirección Provincial de Deporte. ¿Cómo lo hago? Roto y sin gasolina”, certifica en tanto cierra los ojos y se los frota con los dedos pulgar e índice

“Tírale una foto me dicen, lo hago y señalan que no es suficiente. Sé que hay quienes hicieron negocio con sus autos. Yo no. ¿Quién vino a comprobar como tengo el carro? Nadie”, ratifica y creo que sus pupilas hablan.

Sentado estira sus casi interminables piernas. Enciende otro cigarro y después de exhalar el humo, retira con sus dedos las pequeñas partículas de tabaco que todavía se aferran a sus labios y a su lengua.

“No tengo vínculo con el Inder. Soy un hombre del deporte, pero no sé si regrese. Reparo zapatos”, manifiesta en tanto con maestría hace girar el cigarro que tiene en la boca. “Ah y estoy de custodio en una farmacia, ¿puede un borracho tener esa responsabilidad?”, acuña con una sonrisa “endulzada” con par de cucharadas de sarcasmo.

Toma una tablilla de madera y sobre un papel con un bolígrafo anota algo que no logro descifrar. ¿Otro grito de angustia? Tose, bota el cigarrillo y se disculpa. Se acomoda tímidamente un pulóver sin mangas y una gorra blanca ribeteada en azul mientras afirma “Mi forma de jugar era natural, el coraje y los deseos de ganar están en el hombre. No me arremangaba el pulóver durante los partidos para montar un personaje. Era un problema de sudoración, que dificultaba mi juego. Siempre quería ganar”.

Levanta la vista y mira hacia el cielo buscando recuerdos que hablen. “Me llevé bien con todos mis compañeros en el equipo nacional, sin embargo, recuerdo a Carlos Ruiz, Idalberto Valdés, Raúl Diago y los difuntos Raúl Vilches y Lázaro Marín”.

¿El mejor pasador que viste?  le digo. Mantiene la mirada en el pasado y reconoce. “Ohh, fueron varios. Acá Manuel Torres, Jorge Pérez Vento, y Diago, afuera el americano Jeff Stork”.

“¿El mejor jugador? abunda con un peculiar gesto reflexivo, mientras la larga uña casi amarilla de su dedo índice pincha su barbilla. “En el voleibol hay que dominar los seis elementos técnicos. Creo que el ruso Alexander Savin y el italiano Andrea Zorzi y en Cuba José Lapera, Vilches y Joel Despaigne. ¿Cómo director? Gilberto Herrera, me educó y disciplinó”.

Sarmientos se levanta. Gira sobre sí mismo lentamente, dando una calada casi fulminante al cigarro sin filtro que acaba de encender. Siente el humo tibio en su garganta y prolonga. “En los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992 solo nos faltó la medalla. Teníamos equipo. La emoción y la inexperiencia olímpica nos pesó. Igual pasó en la final del Mundial de 1990 contra Italia. Nos estudiaban bien durante el año. Tenían la tecnología. Hacían el análisis preciso de cada uno de nosotros. Jugaban exacto”.

Recuerda el oro en la Copa del Mundo de 1989. Los buenos momentos vividos en las Ligas Mundiales. La sana y dura rivalidad contra los italianos. El jugar en la Ciudad Deportiva.

“En la cancha representaba a todos los cubanos. Cuando estaba en la banco le decía a mis compañeros, ¡si entro no salgo!. Todavía le debo al pueblo su apoyo”.

Contempla con ojos vivos y pícaros la muerte del cigarrillo en el suelo. Lo remata aplastándolo y rascándose las blancas canas que la gorra no logra ocultar, reconoce las diferencias del voli actual al de su tiempo. “Ahora es más rápido. La preparación debe ser más corta y técnica. Los partidos duran menos, mentalmente hay que estar muy bien. Antes los juegos podían durar horas”.

“No me gusta comparar abunda mientras se encoge de hombros y se golpea la palma de la mano con el puño, pero si hubiésemos tenido las posibilidades de hoy ganábamos una pila de veces”.

“Recibí propuestas para abandonar el país”, afirma y hace una pausa, se humedece los labios resecos a la vez que se rasca el cuello con el índice. “Principalmente en los Estados Unidos. No me quedé porque soy de aquí. La lucha mía es acá. Ayudando a mis hijos”.

Sonríe tímidamente y gira la cabeza a un lado y a otro, como si hiciera ejercicios, “Disfruté ser entrenador. La docencia no me gustó mucho. Lo mío era estar en el fuego, en la cancha”, confiesa y entreabre los ojos con sutil melancolía.

Hunde las manos en los bolsillos del pantalón del oscuro mono deportivo que viste. Lo lleva arremangado por encima de los tobillos. Con una de las gastadas sandalias de cuero negras que calza da unos golpecitos en el suelo.

“En Cuba quedan pocos de mis compañeros de la selección nacional. A los que se fueron nunca los he vuelto a ver. El voleibol lo descubrí de niño viendo por televisión los Juegos Olímpicos de Montreal. Mi hermano estaba en el conjunto cubano. ¿Antes? jugué béisbol y practiqué boxeo”.

Procura tragar saliva, Se viste de silencio unos segundos. Agacha la cabeza y certifica con voz áspera y grave: “Estoy orgulloso de haber jugador por mi país. No cambiaría mi pasado. Intentaría ser un poco mejor. Quiero seguir siendo el hombre que soy”…

Quizás Abel Sarmientos no aparezca en ninguna lista entre los 10 mejores, pero… puesto que usted tal vez se haya visto reflejado en el espejo de su sobrevivencia, es posible que pertenezca a más personas, que otros campeones. Él y su imperfecta humanidad siguen vigentes.

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