Una práctica asentada: visitas de los presidentes de la República burguesa a EE.UU.

Una práctica asentada: visitas de los presidentes de la República burguesa a EE.UU.

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En la historia de Cuba, entre los años 1902 y 1958, se fue haciendo casi una costumbre obligada que los presidentes de la República burguesa, instaurada en 1902 bajo el sistema de dependencia neocolonial, visitaran al poderoso vecino del Norte. Algunos lo hicieron para solicitar apoyo frente a determinados momentos convulsos, o enviaron sus emisarios, pero con el tiempo se fue convirtiendo en una práctica casi obligada llegar allá en la condición de presidente electo. La prensa reseñaba esas visitas que no pocas veces estaban cuajadas de interrogantes. No resultaban claros los objetivos específicos y, sobre todo, qué habían negociado.

 

Tomás Estrada Palma. Foto: Tomada de Cuba y su historia

Lo que si era de conocimiento general era la existencia de la Enmienda Platt, adicionada como apéndice a la Constitución de 1901, que daba a los Estados Unidos el derecho a intervenir en Cuba para preservar un “gobierno adecuado” y que, cuando este artículo dejó de existir con el Tratado de Relaciones de 1934, el nivel de dominio económico y, en general, de los resortes de la sociedad cubana, implicaba que los presidentes actuaran dentro de esa dependencia neocolonial como representantes de los grupos de poder.

Tomás Estrada Palma, el primer presidente del período, venía de aquel país donde había pasado buena parte de su tiempo de exilio político y donde había estrechado relaciones con figuras e instancias de gobierno, de modo que no requirió hacer esa visita; sin embargo el que sería segundo presidente, José Miguel Gómez, realizó ese viaje cuando era solo candidato en las elecciones de 1905, para denunciar ante aquel país los fraudes electorales que le arrebataban el triunfo. Justo su muerte, en 1921, se produjo cuando regresó a los Estados Unidos para una nueva denuncia de fraudes en los comicios donde había vuelto a ser candidato por el Partido Liberal.

El tercer presidente, Mario García Menocal, tenía relaciones antiguas pues era graduado de ingeniería de la Universidad de Cornell en 1888 y después trabajó en las obras del Canal de Nicaragua junto a un tío; más tarde, durante la ocupación militar de Cuba (1899-1902), fomentó el central Chaparra por la Cuban American Sugar Mills Company.

Alfredo Zayas. Foto: Archivo

Alfredo Zayas siguió a Menocal en la presidencia, quien también había radicado en Estados Unidos desde 1897 -cuando salió de la prisión española- hasta el final de la guerra en 1898. Durante su gestión gubernamental, tuvo a su lado a un “Enviado Personal” del presidente estadounidense, de manera que la cercanía era extrema pues este -Enoch Crowder- ejercía un control mayúsculo en las decisiones de gobierno, cuestión que era conocida por todos y que concitó numerosas críticas y disgustos.

 

Gerardo Machado. Foto: Archivo

Gerardo Machado asumió la presidencia en 1925 y, con él, se instauró de manera estable la visita a la potencia vecina por parte de los presidentes electos. Machado visitó al vecino en abril de 1925, es decir, un mes antes de su toma de posesión, donde se reunió con figuras de gobierno y con representantes de grandes monopolios ante quienes hizo compromisos para su gestión.

En abril de 1927 haría un nuevo viaje, cuyo objetivo se anunció como el de invitar al presidente Calvin Coolidge a la VI Conferencia Panamericana que se celebraría en La Habana en 1928, pero que se enmarcó en el propósito de una reforma constitucional para prorrogar su mandato. De nuevo se reuniría con las autoridades gubernamentales y con hombres de negocios.

La prensa preguntaba qué había obtenido para Cuba en aquellos viajes, lo que no era una interrogante real, pues era conocido que buscaba el apoyo norteño para su persona como jefe de gobierno.

La caída de Machado el 12 de agosto de 1933 abrió una etapa de inestabilidad política, en la cual hubo varios presidentes provisionales y no sería hasta 1936 que se celebrarían nuevas elecciones. Algunos de los presidentes provisionales tenían relaciones con el país vecino, como Carlos Manel de Céspedes y Quesada que había nacido y había estudiado allá. Carlos Hevia, un presidente por día y medio, que era graduado de la Academia Naval de Annapolis.

En el caso de Carlos Mendieta, sus vínculos eran a través del Central Cunaga, del cual era colono, y que era propiedad de la American Sugar Refining Co. La provisionalidad terminó cuando Miguel Mariano Gómez asumió la presidencia el 20 de mayo de 1936; pero entonces la figura dominante en la política era el jefe del Ejército Fulgencio Batista, quien armó el proceso de su destitución en diciembre de 1926, lo que dio paso al vicepresidente Federico Laredo Bru. No obstante, Miguel Mariano Gómez había visitado a los Estados Unidos como presidente electo y entre el 21 y 23 de abril se entrevistó con la dirigencia de aquel gobierno, entre ellos el presidente Franklin Delano Roosevelt.

En 1940 asumía la presidencia Fulgencio Batista quien había establecido estrechas relaciones con la embajada estadounidense desde 1933. En 1938, en el XX aniversario de la firma del armisticio que puso fin a la Primera Guerra Mundial, había sido invitado a asistir a la conmemoración en los Estados Unidos, donde se entrevistó con el presidente Roosevelt, y además con altos oficiales, lo que tuvo una amplia difusión en los medios de prensa. Durante su mandato, y en el marco de la Segunda Guerra Mundial, Batista visitó de nuevo a los Estados Unidos en diciembre de 1942, por invitación de Roosevelt.

 

Ramón Grau San Martín. Foto: Archivo

Ramón Grau San Martín fue electo presidente en 1944. Si bien durante su gobierno provisional de 1933 había sufrido la oposición activa de Estados Unidos bajo la presidencia de Roosevelt, después había realizado declaraciones muy elogiosas de aquel representante de la política de “buena vecindad” y lo había calificado de gran demócrata; ahora asumía la presidencia cuando todavía Roosevelt ejercía ese cargo. El 31 de agosto, como presidente electo, visitó los Estados Unidos para una estancia de 10 días, durante los cuales se reunió con el presidente y el secretario de Estado, además de otros representantes del poder.

Carlos Prío fue electo en 1948 y en diciembre, después de la toma de posesión el 10 de octubre, mantuvo la tradición de visitar los Estados Unidos, esta vez en el avión personal del presidente Harry Truman con quien se entrevistó. Allí hizo declaraciones sobre la necesidad de estrechar las relaciones con ese país y ratificó el Tratado Interamericano de Defensa. Este gobierno terminó abruptamente con el golpe de Estado del 10 de marzo de 1952. Fulgencio Batista retornaba al poder luego de una estancia en las propiedades que había adquirido en Daytona Beach, Miami hasta su regreso como senador en 1948. Para presentarse como candidato a las elecciones que convocó para 1954, renunció a la presidencia que retomó el 24 de febrero siguiente. En ese período, los lazos se mantuvieron y estrecharon, al punto que el vicepresidente estadounidense Richard Nixon lo visitó en febrero de 1955 con gran despliegue publicitario.

 

Carlos Prío Socarrás. Foto: Archivo

La prensa reportaba con fotos y grandes titulares esas visitas, pero también aparecían dudas acerca del propósito y las burlas se hacían presentes. Era muy evidente que se buscaba la aquiescencia del país norteño a quien asumía la presidencia de la Isla y, con ello, las buenas relaciones con los grandes grupos de poder estadounidenses como parte del sistema neocolonial. Esta relación suscitó comentarios mordaces, lo que puede ejemplificarse con lo publicado sobre la visita de Machado en 1927, donde ponen en su boca declaraciones claramente burlescas: “Mi viaje ha sido un éxito!!! //Me propuse ir a Washington y fui/ Me propuse volver y aquí estoy/ ¡un éxito!”[1]

O la crónica de Eladio Secades en la revista Bohemia, en 1944:

 

 En Cuba hay dos cosas que no puede dejar de hacer un presidente electo. Comer con los rotarios. Y dar un viaje al Norte. Candidato a la Magistratura que obtenga la mayoría electoral, obtiene también un cubierto para un banquete en el “Nacional”. Y un pasaje de ida y vuelta a Washington. Por eso nosotros opinamos que la invitación del gobierno americano debiera ser siempre en los primeros días del mes de octubre. Y así el presidente electo, además de visitar la Casa Blanca y la tumba del soldado desconocido, podría ver los juegos de la Serie Mundial.[2]

 

Era una práctica que no convencía de su valor y utilidad, pero que resultaba importante para quienes accedían al poder político en el contexto del sistema neocolonial.

 

 

[1] Carteles. 22 de mayo de 1927, Vol. X, No. 21, p. 28

[2] Bohemia, 10 de septiembre de 1944, A., 36, No. 37, p. 31.  

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Profesora titular

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