Cambio climático y salud mental no hacen buena pareja

Cambio climático y salud mental no hacen buena pareja

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A los tantos y conocidos daños para el planeta y la humanidad que ocasiona el cambio climático se añade otro no menos preocupante.

Fue a propósito de la Conferencia Internacional Estocolmo+50, recientemente efectuada en Suecia y convocada por la ONU con el fin de impulsar acciones a favor de un planeta sano, que la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha dado a conocer una situación tan novedosa como alarmante: «el cambio climático plantea graves riesgos para la salud mental y el bienestar».

 

Imagen tomada de contralinea.com.mx

La OMS así lo ha difundido en un nuevo informe de políticas donde exhorta a los países a incluir el apoyo a la salud mental como parte de las respuestas a la crisis climática que hoy forma parte de la realidad que todos vivimos.

Y como salud mental la OMS define «un estado de bienestar en el cual cada individuo desarrolla su potencial, puede afrontar las tensiones de la vida, puede trabajar de forma productiva y fructífera, y puede aportar algo a su comunidad».

En realidad, no se trata de una revelación lo ahora planteado por la OMS en cuanto al binomio cambio climático-salud mental. Cuatro meses atrás, el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático ya había publicado que lo acelerado del cambio climático «supone una amenaza cada vez mayor para la salud mental y el bienestar psicosocial, al provocar trastornos que van desde el malestar emocional hasta la ansiedad, la depresión, el dolor o las conductas suicidas».

Pero no solo existe un escaso apoyo especializado en materia de salud mental para las personas y las comunidades que se enfrentan a peligros asociados al clima y a un riesgo a largo plazo, según afirma la Dra. María Neira, directora del Departamento de Medio Ambiente, Cambio Climático y Salud de la OMS; sino que estos males se distribuyen de manera bien desigual en el planeta.

 

 

La situación socioeconómica, el género y la edad pueden condicionar la desigualdad en esos impactos, que aún no son lo suficientemente tenidos en cuenta.

Tanto es así, que en una encuesta aplicada por la OMS el pasado año, de 95 países, solo nueve habían incluido en sus planes nacionales sobre salud y cambio climático la atención a la salud mental y psicosocial.

Podría parecer ese apoyo un asunto de segundo orden, sobre todo considerando que directivos de salud, investigadores y otros expertos han centrado su accionar en los daños que el cambio climático ocasiona a la salud física.

Pero a nivel global, suman casi mil millones las personas con trastornos mentales y «el impacto del cambio climático está agravando la situación, ya de por sí sumamente complicada», asegura la directora del Departamento de Salud Mental y Abuso de Sustancias de la OMS, Dévora Kestel.

Cuatro datos que evidencian carencias en el ámbito de la salud mental a nivel planetario:

  • El número medio de trabajadores de salud mental es de 13 por cada 100 mil personas.
  • Únicamente el 2% de los presupuestos de salud se invierten en salud mental.
  • Solo desde 2007 datan estudios en la literatura médica que relacionan salud mental y bienestar psicosocial con cambio climático.
  • En muchos países existen brechas significativas entre las necesidades de salud mental y los servicios y sistemas existentes para abordarlas.

 

Foto: Europa Press

La propia Dra. Kestel recuerda al respecto que en los países de ingresos bajos y medios, tres de cada cuatro ciudadanos no tienen acceso a los servicios médicos que necesita su salud mental. Pero, si se aumenta el apoyo en materia de salud mental y psicosocial entre las medidas de reducción del riesgo de desastres y las relacionadas con el clima, entonces los países podrán hacer más para proteger a las personas que corren mayor riesgo en ese sentido, comenta la experta.

Con sobradas razones, el director general de la OMS, Dr. Tedros Adhanom Gebreyesus, afirmaba:

«La pandemia es un recordatorio de la íntima y delicada relación entre las personas y el planeta. Cualquier esfuerzo por hacer nuestro mundo más seguro está condenado a fracasar, a menos que aborde la interfaz crucial entre las personas y los patógenos y la amenaza existencial del cambio climático, que está haciendo que nuestro planeta sea menos habitable».

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