Champions League: Un minuto para ganar

Champions League: Un minuto para ganar

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Nada. Corrían los segundos y nada. Poco de ambas partes. En el Bernabéu esperaban el milagro, pero parecía que los vestidos de blanco estaban casi muertos, con énfasis en el casi, porque ya hemos visto lo que pasa cuando al Madrid se le da por acabado antes de que se agote el tiempo.

Foto: AP

Guardiola, traicionándose, dejó su esencia en Manchester y se dejó también los viejos apuntes de como ganar en el Bernabéu.

Fue a la Castellana a empatar, no lo dijo, pero se notaba. Apáticos, jugando con fuego, transitaron los primeros 45 minutos. Buscaban un zarpazo para regodearse y, mientras, no les interesaba arañar y arañar segundos, que desesperaban a las gradas y metían la ansiedad en el cuerpo de los futbolistas merengues.

Nadie le aclaró a Guardiola que esto era Madrid, pero no el Wanda. En esa ocasión la renuncia a su filosofía le salió bien y estaba decidido a repetir la fórmula.

Sin embargo, no había hambre de victoria en los del City, y el Madrid quería, pero la frustración se acrecentaba a la par que el reloj iba descontando.

Benzema no parecía en su noche, los remates se le iban por encima. Vinicius tampoco acertaba y Bernardo y Foden le quebaman los guantes a Courtois.

Así, a empujones y con fútbol a cuenta gotas, acabó la primera mitad y corrieron los primeros 25 minutos de la segunda parte.

Poco después llegó el zarpazo anhelado: Bernardo Silva y Mahrez conectaron para que este último, de zurda, rompiera las redes por el primer palo de Courtois y pusiera lo que en el plan de Guaridola debió haber sido el jaque mate a la eliminatoria.

El Bernabéu enmudecía, las escenas se repetían en bucle. De vuelta al hastío, al aburrimiento, hasta que el City lo volvía a intentar. Y los de Ancelotti haciéndose los muertos, tanto que llegaron a salvar el 0-2 encima de la raya de su propio arco, arriesgando el pellejo de tal forma que su rivales los creyeran sin vida.

Y el mundo entero los daba por acabados. Ancelotti no. Ancelotti se aferraba. Por eso quitó a su medio del campo entero, en gesto genuino de desesperación, porque esto de hacerse los muertos, bien lo sabía, no era ni mucho menos una estrategia, aunque resultaba la manera de adaptarse a las circunstancias, de confiar…

Corría el minuto noventa. Ya los sky blues se veían en la final y como un insecto, tuvieron la osadía de posarse cerca de la boca del reptil. Cayeron en la trampa: Benzema le bajo un centro de Camavinga a Rodrygo, que llegó con más fe que Ederson a ese balón y lo mandó a mecer las redes, desatando la locura.

No quedaba nada y aún así el Bernabéu se había hundido unos centímetros. Revivía el monstruo pero… ¿por qué tanto alboroto, si un gol no era suficiente?

No. No era suficiente, pero era todo lo que necesitaban. Y cuando no habían terminado de festejar la anotación, en el 91, ya Rodrygo estaba enviando un cabezazo a la escuadra y el partido a tiempo extra.

Si noventa minutos en el Bernabéu son muy largos, ya 91 se hacían inaguantables. Euforia blanca, bufandas al aire. Cánticos en la tribuna, rostros de pavor en la banda de Guardiola.

Ahora sí se había terminando, aunque quedaran 30 por jugar… no estaba escrito en ningún lugar, pero era evidente que el City no podía contra esas miles de almas que perturbaban su tranquilidad. La prórroga sería un infierno.

A los cinco minutos Rúben Dias derribó a Benzema en el área. ¡Penal! El gato había prometido que harían algo mágico en el Bernabéu y lo materializó, convirtiendo el gol por el lado contrario al que se había aventurado Ederson.

Ahora era el Madrid el que arañaba cada segundo. Militao caía constantemente y Guardiola reclamaba hasta por la respiración de los rivales… La banca del Madrid reflejaba la felicidad y en el campo festejaban cada falta como el pitazo final, ante el desconcierto de las caras de Foden y compañía, deseosos de que de que un alma buena pusiera fin a esa tortura.

Noventa minutos en el Bernabéu son muy largos, y solo un minuto basta para cambiar la historia.

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