Confesiones de una mujer taxista

Confesiones de una mujer taxista

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Antes de conducir un MG5, Yadelys comenzará a fumar. Estudiará Lengua Inglesa, alemán e italiano. Será profesora de idiomas en una Secundaria Básica y dejará de serlo. Mucho antes se casará, tendrá dos hijos y se divorciará. Cambiará el color de su pelo oscuro natural por la esclavitud de los tintes claros. Padecerá las patologías profesionales de un conductor: estrés, visión limitada, epicondilitis, dolor cervical y afectaciones en la columna. En lo adelante, los noviazgos durarán menos cuando se manejan mejor las carreteras que la cocina. Y verá desinflarse las llantas en el camino Habana-Trinidad.

 

Yadelys Marcé, taxista de la UEB 2 de la empresa Taxis-Cuba

 

Pero hoy el día amaneció apacible. Sentada en la sala de su casa en el Reparto Capri, al oeste de la capital, Yadelys lleva unos jeans ajustados, la camisa blanca y zapatos de tacón. Al cuello una bufanda ligera que aprisiona mientras se dicta y responde la primera pregunta de lo que será una entrevista:

Actualmente Taxis-Cuba cuenta con el servicio de 211 mujeres taxistas

― Si me preguntaras por qué decidí cambiar mi vida para convertirme en taxista, te diría que me encanta manejar. Parece un trabajo mecánico, pero la calle siempre tiene algo diferente: cuando no se te posa alguien delante por correrle detrás a una guagua, hay un animal atravesado o un cambio de ruta a último momento…

Yadelys Marcé Matos es una de las 211 mujeres taxistas de Taxis-Cuba, empresa especializada en el arrendamiento de vehículos. Cuando apenas tenía catorce años su padre le enseñó a conducir. Y aunque nunca vio en el timón una oportunidad de trabajo, casi a la mitad de su vida comenzó el ejercicio de su actual profesión.

― Un día un amigo me comentó que buscaban “diversidad” en los taxis. “¿Por qué no pruebas?”, me dijo. Yo tenía licencia desde los 18 años, hablaba varios idiomas y no me era difícil memorizar un poco de historia de La Habana para interactuar con los turistas. Entregué los papeles a la agencia y enseguida me llamaron. Así empecé en los cocotaxis. Un par de años después abrieron la convocatoria para conducir autos descapotables, imitación de la marca Ford. Allí estuve hasta 2005. Cuando no quise saber más del sol, la lluvia, el frío y el sereno, decidí cambiarme para el sistema de taxis climatizados y hacer servicio de recogida a domicilio por todo el país.

― ¿Qué dijo la familia?

― Al principio mi madre estaba temerosa. Me preguntó: “¿sabes a lo que te vas a enfrentar?”, pero no tardé en recibir su apoyo. Era una ayuda necesaria porque tenía dos niños pequeños y me había separado.

Yadelys lleva 22 años como chofer

― ¿Te fue difícil volver a encontrar pareja?

―Las relaciones comenzaban bien, pero en dos o tres meses se acababan. No todos los hombres pueden asimilar que su mujer esté para Santiago de Cuba ―en un viaje que puede durar dos días o una semana― y no en la casa limpiando y cocinando. Me demoré en tener una pareja estable. Eso me golpeó, pensaba que iba a terminar sola. Incluso, yo misma ponía freno cada vez que alguien se me acercaba. Me decía: “¿para qué, si son tres meses?”. Después, tuve la suerte de encontrar a Julio César. Estando en la otra punta de Cuba, nos comunicamos como si yo estuviera en casa. Lava, plancha, limpia, friega, organiza…

― ¿Alguna vez te has sentido rechazada por ser una mujer taxista?

― En una ocasión, hicimos un servicio para el Ministerio de la Agricultura que llegaba hasta Guantánamo. A la hora de irse, todos corrieron a montar con los choferes hombres; incluso tres mujeres que automáticamente tuvieron que volver porque no quedaba más espacio. Cuando tomamos la autopista, los otros dos carros empezaron a seguirme mientras, por la radio, les dejaba instrucciones. Lo que no sabían aquellos clientes recelosos era que ninguno de mis compañeros había dado antes ese recorrido.

Yadelys conoce los peligros de la profesión: “el chofer sale de su casa, pero no sabe si regresa”. Como método de sobrevivencia viaja sola cuando no lleva clientes. No recoge a nadie en el camino. “Yo solo quiero llegar, ver a mi mamá, a mis hijos, a mi esposo”, confiesa.

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