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Con Filo: Iguales oportunidades, ¿iguales prerrogativas?

El tercer mes del año tiene como uno de sus sellos más característicos las celebraciones y los análisis que suscita siempre el Día Internacional de la Mujer durante los primeros días de marzo.

Las jornadas que vienen hasta el próximo día 8 nos servirán para visibilizar diversas aristas alrededor de la participación femenina en la sociedad cubana, un asunto que podría parecer superado, sobre todo si nos preguntan o somos los hombres quienes opinamos.

Sí, porque lo reconozcamos o no, la cuestión del género marca en muchas ocasiones la percepción que tenemos sobre la equidad entre mujeres y hombres. Hay a veces hasta una ilusión masculina —que pueden compartir algunas mujeres— de que ya no hace falta hablar tanto sobre este tema.

Porque es cierto que en Cuba son notables los avances en acortar esa brecha de desigualdad que heredamos por siglos y siglos, que históricamente le ha escamoteado poder y representatividad a la mujer.

Ahora mismo la presencia femenina en la ciencia y la política, en la cultura y el deporte, en la administración y las tecnologías, ofrece en el país un panorama alentador que en ocasiones hay quienes lo confunden con la solución definitiva del problema.

Si nos asomamos en las universidades, por ejemplo, hay un gran número de carreras donde las muchachas predominan. También suelen ser ellas mayoría en las especialidades técnicas.

Pero esa integración profesional y ascenso a casi todos los espacios de la vida pública por nuestras mujeres podría estar solapando otros fenómenos que aún la ubican en una posición de desventaja, en cuanto a las expectativas e imaginarios sociales que todavía marcan su desempeño.

Las mujeres trabajan cada día más y en posiciones de mayor jerarquía, pero eso lo suman a otros roles que la cultura patriarcal aún deposita casi siempre sobre sus hombros, lo que asumimos erróneamente como lo normal, lo natural.

Así, las tareas domésticas, el cuidado de la niñez y las personas adultas mayores, las gestiones para proveer el hogar, recaen con excesiva frecuencia en el ámbito de sus responsabilidades.

A la mujer casi siempre le toca todo eso casi por plantilla, mientras que el hombre, en el mejor de los casos, le “ayuda” entre comillas, como si no fueran esas tareas también de su incumbencia.

Todas estas circunstancias necesitan una mirada muy aguda para profundizar en el papel de la mujer dentro de nuestro entramado social, más allá de las apariencias —que igual pueden ser verdaderas conquistas y empoderamientos reales—, con las cuales ahora se pueden encubrir de una forma más sutil los desequilibrios entre la participación masculina y femenina en la vida cotidiana.

De modo que hasta el próximo 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, no solo tendremos jornadas para celebrarlas y ponderar su trabajo, sino que se impone continuar profundizando en las transformaciones necesarias para que mujeres y hombres tengamos las mismas oportunidades y también iguales prerrogativas.

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