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“A veces, también lloramos”

Bien temprano en las mañanas, en medio de un silencio sepulcral se sienten sus pasos y sobre las paredes blancas pesa su mirada cuestionadora, esa que no quiere obviar ningún espacio y constatar que todo está en su lugar; que cada tumba, cada lápida, está bien.

 

Gerardo Quiala llegó con miedo al cementerio, pero hoy de allí no se va. Foto: Gretel Díaz

Al Cementerio General de Camagüey, uno de los más antiguos de Cuba, junto al de Santa Ifigenia, en Santiago de Cuba, y al de Colón, en La Habana, Gerardo Quiala Chapotín llegó por cosas de la vida.

Un posible delito, una sanción y un año de prisión le hicieron buscar un nuevo oficio allá por el 2007. Las ofertas laborales llegaron y cuando vio la plaza de sepulturero en la lista, se dijo que ni muerto. Pero sus amigos le hicieron cambiar de opinión y como el lugar quedaba cerca de su casa, dijo que sí.

“Cuando comencé en el cementerio, recuerda Gerardo, pensaba que iba a soñar con los muertos o que me iban a salir, pero con el tiempo me fui acostumbrando.

“Este es un trabajo duro, como otros, pero muy sensible también.  Lo que ves aquí te toca el corazón, porque chocas con la realidad de la vida, con el camino final de las personas y a veces, eso te hace sufrir igual que a un familiar”.

Gerardo lo cuenta y llora. No puede ocultar esos sentimientos que le rondan cada vez que recuerda a aquel desconsolado padre de tres hijos al que le tendió un hombro cuando enterraba a su joven esposa; o cuando tuvo que ser más profesional que nunca a la hora de despedir a su tío, también su gran amigo.

 

Gerardo Quiala llegó con miedo al cementerio, pero hoy de allí no se va. Foto: Gretel Díaz

Todos los días a la seis y media de la mañana Gerardo llega. Revisa; da el parte y luego conversa con los 17 sepultureros que lidera. “Aquí, añade, además de enterrar, exhumar o inhumar restos, cuando es necesario damos mantenimiento, cambiamos tapas e incluso apoyamos a la Oficina del Historiador de la Ciudad, que está restaurando algunos espacios.

“En el cementerio hay mucha historia y por eso sentimos que también debemos cuidarlo, por lo que a quienes hemos sorprendido cometiendo algún delito lo llevamos a la justicia”.

Normalmente el bullicio mayor en el cementerio se siente en las mañanas, pero luego, hasta las cinco y pico de la tarde ―hora en que se va― dice Gerardo que hay una calma, una paz, que no cambiaría por nada. Por eso, alega, de allí no se va hasta que se jubile.

Los 15 años de trabajo y el sol casi le han gastado la vista a Gerardo, pero eso no le afecta su disposición de trabajar, de ser sepulturero. Foto: Gretel Díaz

“Muchos me dicen que tengo cabeza para estar en un mejor lugar, acota, y hay quienes piensan que esto no es un centro de trabajo normal. Y es verdad que hay bacterias y enfermedades, pero si te cuidas no pasa nada, aunque los overoles, los guantes o los nasobucos no lleguen o vengan tarde.

“Además, esto no mata y alguien tiene que hacerlo, no todos podemos ser licenciados, periodistas, ingenieros… y eso se lo digo a mis muchachos y se lo explico a mi familia.

“Mis dos niñas nunca me han rechazado, más bien me piden que les tire fotos a las esculturas para llevarlas a la escuela, porque como le digo a todos, para trabajar aquí no se puede creer en cuentos de hadas”.

Luego de 15 años en el oficio, Gerardo tiene la vista más gastada, los huesos le duelen algo y ha llorado mucho, pero no se arrepiente. Sabe que su labor es necesaria, como cuando los meses más duros de la Covid-19, en los cuales hubo días en los que enterraban a más de 20 personas. Si el cadáver llega, Gerardo lo entierra.

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