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La reforma universitaria de 1962: cumplir el sueño de Mella

El 10 de enero de 1962 se aprobó por el Gobierno Revolucionario la Ley de Reforma de la Enseñanza Superior, con lo que se lograba un viejo anhelo de quienes aspiraban a que las universidades cumplieran una verdadera función social. La fecha no fue casual; se rendía homenaje a Julio Antonio Mella en el momento en que se materializaba uno de sus objetivos de lucha desde la fundación de la FEU en diciembre de 1922. Para aquel joven, en la rápida maduración de su concepción de lucha, pronto se hizo evidente que, para lograr la Universidad a que aspiraba, era necesaria la Revolución Social. Este fue un objetivo pendiente al que la Generación del Centenario no estuvo ajena.

 

 

Los problemas de la educación estuvieron presentes en la proyección programática de la Revolución desde 1953, así se plasmó en “La historia me absolverá”, entre los que debían resolverse con prioridad, y en todos los documentos de ese matiz, como el Manifiesto No. 1 del Movimiento 26 de Julio de agosto de 1955 donde se planteaba: “Extensión de la cultura, previa reforma de todos los métodos de enseñanza hasta el último rincón del país, de modo que todo cubano tenga la posibilidad de desarrollar sus aptitudes mentales y físicas en un medio de vida decoroso.”

El triunfo de la Revolución en 1959 abría el camino para implementar las transformaciones en ese campo. Si bien la batalla inicial era la alfabetización, llevar la enseñanza a todos -para lo cual se decretó la reforma integral de la enseñanza y su nacionalización en 1961-, así como elevar el nivel de instrucción de la población en general, formó parte de las medidas iniciales de cambio dentro de la sociedad. La insistencia de Fidel Castro sobre este tema se articuló también con la urgencia de transformar las universidades en centros de creación de nuevos conocimientos, centros científicos, cuyo acceso no estuviera limitado por recursos personales o criterios discriminatorios, pues debían cumplir la función social a que se aspiraba desde la época de Mella. En este sentido, Fidel había afirmado el 13 de marzo de 1960:

El pueblo oye hablar de la Reforma Universitaria, y quizás no la entienda tan bien como la Reforma Agraria. (…). En cambio, la Reforma Universitaria es algo más sutil, no tan visible, pero sí tan necesaria como la propia Reforma Agraria, porque también hay enormes latifundios de inteligencias que hay que cultivar.

Tanto como había miles y miles de caballerías sin cultivar, hay cientos de miles de inteligencias sin cultivar. (…) tanto como faltaban instrumentos a los campesinos para trabajar la tierra, faltan instrumentos en las universidades para cultivar las inteligencias: faltan los centros de investigación, faltan, en muchos casos, las maquinarias para instruir a los ingenieros, faltan los recursos, faltan los locales, faltan los profesores —ya que una serie de facultades todavía no existen en nuestra universidad, y ni siquiera tenemos los profesores. (…).

Por tanto, la reforma de 1962 era una necesidad. El 9 de febrero en la noche se inició de manera oficial el curso en el Aula Magna de la Universidad de La Habana, -con lo que se cumplía un acuerdo del Consejo Superior de Universidades-, en acto que contó con la presencia del presidente Osvaldo Dorticós, el ministro de Educación Armando Hart, además de directivos de la Universidad, profesores y estudiantes. Allí se habló de la importancia del cambio que se estaba produciendo en las tres universidades oficiales del país: Universidad de La Habana, Universidad Martha Abreu de Las Villas (luego Universidad Central de Las Villas) y Universidad de Oriente. La proclamación de la ley, coincidió con el nombramiento de nuevos Rectores, avalados por una destacada producción intelectual y militancia revolucionaria que los acreditaban para encabezar los cambios a realizar, como el caso de Juan Marinello en La Habana o José Antonio Portuondo en Oriente, quienes debían estar al frente de la implementación de la Reforma por la Junta General de Gobierno de sus respectivas instituciones. El discurso de resumen de aquel acto, televisado para todo el país, estuvo a cargo de Hart, quien afirmó: “Ha vencido Mella”.[1]

Como parte de la nueva concepción, se crearon carreras a partir de especialidades que antes no existían o se disolvían en carreras más generales que, por tanto, no tenían como objetivo formar especialistas de modo particular en esos campos, de ahí la nueva estructura de facultades y escuelas. En esta nueva composición, se crearon cinco facultades: Humanidades, Ciencias, Tecnología, Ciencias Médicas y Ciencias Agropecuarias, cuya dirección estaba en manos de Juntas de Gobierno. Dentro de estas Facultades se inauguraban las Escuelas, regidas por las Comisiones de Docencia, con sus departamentos respectivos. Por ejemplo, en la Facultad de Ciencias, cuyo primer decano fue Joaquín Melgarejo, estaban las escuelas de Física, Química, Matemática, Geografía, Biología, Psicología y Geología, aunque esta no llegó a fundarse.  Así surgió también en la Facultad de Humanidades la Escuela de Historia en las tres universidades, junto a otras como Letras y Artes, Ciencias Jurídicas, Ciencias Políticas, Educación, Economía y se pensó la de Filosofía que no llegó a surgir entonces. Las direcciones estaban en manos de prestigiosas figuras como Vicentina Antuña en Letras y Artes o Raúl Roa en Ciencias Políticas, entre otros. El decano era también un intelectual reconocido: Elías Entralgo.

 

 

Edificio «Dr. Ángel A. Aballí» de la Facultad de Medicina de la Universidad de La Habana.

 

Estas Escuelas tendrían nuevos planes de estudio que se fueron armando en el propio camino de su surgimiento. Desde antes de aprobarse la ley de reforma, se había comenzado a elaborar un plan general con vistas a las transformaciones que debían realizarse, pero esto debió ajustarse en correspondencia con la marcha de los acontecimientos. Lo más importante en la concepción de la nueva universidad que debía ser en la Cuba revolucionaria radica en sus principios fundamentales: suministrar la enseñanza superior a sus alumnos y extenderla en lo posible a todo el pueblo; realizar la investigación científica en general y difundir los conocimientos y la cultura, de modo que las obligaciones que se definían estaban en función de tales principios.[2]

En el caso de la Universidad de La Habana, el director fundador de la Escuela fue Sergio Aguirre Carreras. La Comisión de Docencia estaba integrada por el director (Aguirre), un secretario: Fernando Portuondo del Prado, y dos vocales: Carlos Funtanellas y Olga López. En la nueva carrera, se incorporaba una concepción no eurocentrista de la Historia, con asignaturas que abordaban el devenir de Asia y África y de América Latina (“Colonialismo y subdesarrollo en África y Asia y “Colonialismo y subdesarrollo en América Latina”), así como, junto a Historia de la Cultura en ocho semestres (que incluía Literatura, Filosofía y Artes Plásticas en general y, en el último semestre, referida a Cuba), estaban las de Materialismo Dialéctico e Histórico, la Economía Política y las de preparación para el perfil de investigadores con Técnicas de la investigación, más las Historiografías de Cuba y General, en un plan que debía enseñar la historia universal -desde la Prehistoria hasta la Historia Contemporánea-, la de Cuba, la de América y las de países de mayor incidencia en el devenir cubano como Historia de España. Algunas de esas asignaturas se incorporaron al curso que llamaron de transición para los estudiantes que provenían de carreras dentro de la concepción anterior, en este caso dentro de la Facultad de Filosofía y Letras.

El claustro se fue armando en la medida en que se desarrollaba el curso escolar, lo que incluyó la prestación de servicio en la Escuela de Educación, en la cual se debió atender a la formación de profesores en diversas materias para la enseñanza secundaria. Esa circunstancia implicó una mayor carga para algunos profesores, en el caso de Historia recayó inicialmente en Olga López, Estrella Rey, Gustavo Du Bouchet, Hortensia Pichardo, Sergio Benvenuto. María Cristina Miranda, quienes debían duplicar su docencia, lo que fue reconocido así por la dirección de la Escuela. Lo que se expone aquí con la Escuela de Historia solo ejemplifica lo que estaba sucediendo en el conjunto de la Universidad en la implementación de la Reforma.

La nueva universidad tenía que abrir sus puertas a los sectores populares, de ahí que, como parte de sus disposiciones, se incluía el sistema de becas -totales o parciales- y en 1963 se creó la Facultad Obrero-Campesina, al tiempo que impulsaba la investigación como parte de su currículo. Había que cambiar la composición social y también la concepción de la formación de profesionales. Si en 1960, Fidel había dicho que, igual que faltaban instrumentos a los campesinos para cultivar la tierra, faltaban los instrumentos en las universidades para cultivar las inteligencias, faltaban los centros de investigación, ahora debía cambiarse esa realidad. En su opinión, las universidades tenían que ir más allá de ser centros de estudio “para ser fundamentalmente centros de investigación”, pues “los conocimientos por adquirir, en muchas ocasiones son conocimientos por investigar.” Por tanto, la Ley de Reforma de la Enseñanza Superior aprobada en 1962, más que reformar, transformó a las universidades dentro del proceso que libraba la sociedad, para poner esos centros a la altura del nuevo tiempo.

[1] En Hoy, 10 de febrero de 1962, Colección facticia Archivo Central, Universidad de La Habana.

[2] Ver: periódico Hoy, 10 de enero de 1962, colección facticia, AC Universidad de La Habana.

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