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Vilma y la aventura de San Lorenzo

Cuando a los 14 años Vilma Hernández Silverio salió de su natal Jagüey Grande, en la provincia de Matanzas, con el propósito de formarse como maestra de montaña no imaginó que, de alguna manera, estaba labrándose un futuro promisorio como educadora. Había triunfado la Revolución y los jóvenes estaban deseosos de cumplir cualquier llamado.

Vilma Hernández Silverio, una de las jóvenes que a su regreso de la Sierra Maestra lo hizo con la doble condición de maestra de montaña y alfabetizadora. Foto: Agustín Borrego

De esta forma, la muchachita criada en un ambiente familiar —y valga decir con la fé­rrea disciplina hogareña que marcaba aquellos años— le dijo a su madre que quería ir a la Sie­rra Maestra. Se preparó para hacer un examen en la antigua Escuela Normal para Maestros de Matanzas y resultó seleccionada.

Luego de tantos años, Vilma recuerda con re­gocijo cada momento: “En la llamada Atenas de Cuba abordamos el tren que, por cierto, iba abarro­tado, los asientos eran duros, pero éramos jóvenes y todo era una especie de aventura. Al llegar cami­namos desde la localidad de Las Mercedes hasta lo más intrincado de la Sierra Maestra. Era de noche y unos campesinos nos guiaban. Para no perdernos —y estar al tanto— íbamos mencionando con voz alta el nombre de todas las provincias, pues había personas de toda Cuba.

“El agotamiento era tremendo, a lo lejos solo veíamos lucecitas, y los nativos que nos servían de guía nos decían que al cantío de un gallo llegaría­mos a San Lorenzo, donde estaba el campamento de los maestros, pero el camino nos pareció inter­minable. Dormíamos en unas hamacas enormes, nos bañábamos en los ríos y, por supuesto, solo había letrinas y no baños sanitarios con buenas condiciones. La vida era bien distinta a la de ciu­dades y pueblos”.

San Lorenzo —aclaró que no es el sitio don­de cayó Carlos Manuel de Céspedes— fue el destino final y allí conoció el llamamiento para llevar a cabo la Campaña Nacional de Alfabe­tización. “Se nos pidió que los futuros maes­tros de montaña enseñáramos a leer y a escribir a los analfabetos de la zona y así también nos convertimos en alfabetizadores.

“Por la crecida de los ríos, ¡cuántas veces tu­vimos que quedarnos a dormir en la casa de los campesinos!, donde vimos de cerca la miseria en que vivían. Alfabeticé a dos personas mayores y a dos niños, a quienes les era prácticamente imposi­ble asistir a la escuela, porque no había cercanas”.

Confesó que al principio no entendía mucho sobre el naciente proceso revolucionario, “pero los jóvenes decíamos: ¡Si Fidel y la Revolución nos llaman allá vamos!”. La “aventura” de San Lorenzo duró ocho meses, de ahí que a su re­greso ya tenía la doble condición: maestra de montaña y alfabetizadora.

Cuando pensó que la preparación había termi­nado le esperaba todavía un largo camino. Prime­ro fue Topes de Collantes (en la actual provincia de Sancti Spíritus) y después Tarará (en la capi­tal), donde permaneció por espacio de dos años en cada uno. De esa etapa Vilma atesora un sinfín de recuerdos y, sobre todo, agradece los conocimien­tos recibidos que le han servido para toda la vida.

“Topes y Tarará significaron rigor, allí adquirí sentido de la responsabilidad, puntualidad y cum­plimiento estricto de las tareas. Muchas veces me dicen ‘usted es de otros tiempos’, porque soy estricta en ese sentido. Ya es muy difícil que cambie y eso se lo debo a esa formación. Hoy analizo que tanto en uno como en otro lugar los planes de estudio estaban por encima de lo que requería un maestro entonces, cuando también nació mi amor por la lectura”.

Han transcurrido 60 años desde aquella gran epopeya que protagonizaron los jóvenes cubanos. Vilma hoy tiene 75 años y labora en el Ministerio de Educación (desde 1982) como metodóloga-ins­pectora en el área de Formación Docente.

A la preparación de los futuros profesores ha dedicado prácticamente su vida, y lo hace con un placer tremendo, siempre teniendo presente a los educadores que en las montañas de la Sierra Maestra le inculcaron la pasión por la profesión. Es una mujer incansable, locuaz, amena, una ejemplar maestra que en tiempos de pandemia también brindó su sabiduría, pues cuando le so­licitaron que impartiera actividades docentes te­levisivas (tanto grabadas como en vivo) no tuvo reparo. ¡En fin…, todavía Vilma tiene mucho que ofrecer a las futuras generaciones!

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