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Dile a Cuba… que la quiero

Rosa tiene una hija que se llama Fe y hoy regresa a la escuela tras casi dos años en casa aprendiendo con las teleclases. Blanca, la hermana menor de Rosa, es guía de turismo y salió temprano al aeropuerto, pues le toca recibir a un grupo de canadienses que reservaron hoteles en cuanto se enteraron de nuestra apertura el 15 de noviembre.

Ilustración: Elsy Frómeta y Dayron Santana

Esperanza, la vecina de los altos, invitó a Rosa a su exposición en la Bienal, justo en un parque del Vedado, en medio de la celebración por los 502 años de la Villa de San Cristóbal de La Habana. Luz Marina, tía de Rosa, conoció al reverendo Lucius Walker y este lunes no puede dejar de ir al recibimiento de la Caravana de Pastores por la Paz con su nueva carga de solidaridad.

Es apenas una típica familia cubana en un día que pretende ser diferente solo por el regreso a las labores cotidianas, no por la intranquilidad vaticinada por algunos en redes sociales. En el consultorio médico se seguirá vacunando contra la COVID-19, los constructores continúan como siempre poniendo sus ladrillos y en el campo el sol acompañará los preparativos de la zafra azucarera y la cosecha de alimentos.

Algo distinto sí hicieron Rosa, Fe, Blanca, Esperanza y Luz Marina ayer domingo. Tomaron un papel y esbozaron los sueños nacidos desde esta nación. Terminaron insatisfechas por los que aún no han concretado, pero al mismo tiempo fue mayor el deseo de conquistarlos, vencida en buena medida la pandemia. “Dile a Cuba… que la quiero”, resumió Martí, el padre de Rosa y Blanca, su llamada telefónica desde lo profundo de América, donde salva vidas cada lunes, cada día.

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