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Un trozo del Marrero en la gaveta

Era un día cualquiera, de recogidas, de acomodar el armario y botar cosas que ya no sirven o perdieron su significado.

Clavelo saluda a Landon Donovan. Fotos: Getty Images

En una gaveta vieja, entre fotos y baratijas que uno va guardando, me llamó la atención un pedazo de material rojizo sintético que estaba junto a un papel amarillento.

«Pedro Marrero, 6 de septiembre de 2008», se leía en mi pésima caligrafía de sexto o séptimo grado.

En unos de esos raros procedimientos cerebrales, recordé que era un trozito de las esquinas de la pista del estadio Pedro Marrero, que arranqué para llevarme como recuerdo de la primera vez que visité esa cancha.

Entonces caí en que posiblemente en aquella jornada les alcancé algunos balones a míticos arqueros como Odelín Molina y Tim Howard.

Por aquellos años no claudicaba en mi afán de ser futbolista y tratar el balón como Iniesta o Ronaldo. Estaba en las categorías inferiores del equipo del Cerro y recibimos la noticia de que una representación de nuestro conjunto y otra del municipio Plaza saldrían al campo con los futbolistas de Cuba y Estados Unidos en el partido correspondiente a las eliminatorias mundialistas rumbo a Sudáfrica 2010, que se jugaría aquel 6 de septiembre en el estadio nacional.

Llegamos en la tarde. Curiosamente ese campo tan criticado por su estado fue para mí como ascender al paraíso. Allí nos explicaron el protocolo: por dónde saldríamos al terreno con los futbolistas y que luego nos ubicaríamos en los bordes del rectángulo de juego para pasarle los balones a los 22 protagonistas.

Debíamos vestir unos uniformes azules y otros amarillos. Me tocó de los amarillos, con el dorsal 2 en negro. El profe Raynol*, quien después tuvo que dejar de entrenarnos porque consiguió un trabajo de custodio en una embajada que le brindaba una mejor estabilidad económica, intentó que nos dejaran las equipaciones para jugar en las competencias provinciales… Creo que al final su regateo valió la pena.

Mientras pasaba el tiempo, el público empezaba a aparecer y repartían una especie de octavillas con las imágenes de los jugadores Alain Cervantes y Landon Donovan –comparándolos sin mucho pudor– y otras informaciones relacionadas con las selecciones y el partido.

La tarde, que estaba soleada con el vapor insoportable de septiembre, se empezó a tornar gris, hasta que el cielo se puso negro y comenzó a caer un aguacero torrencial. Juré que se suspendería el juego para acabar así con mi primera visita al estadio.

Ya de noche, con las luces encendidas y los miles de aficionados refugiados de la lluvia en las gradas, algunas personas con abrigos de la FIFA probaron si el campo estaba en condiciones de acoger el desafío. Al final determinaron que sí.

Era la hora, con suerte hasta saldría en el televisor en la ceremonia protocolar. En el túnel a los de amarillo nos tocó salir con los «yumas». Delante de mí se paró, gigante, el zaguero norteamericano Oguchi Onyewu y a mi lado se ubicó el lateral Frankie Hejduk que casualmente, como yo, también llevaba la elástica número 2. Por la fila de Cuba recuerdo que buscaba ver a Jaime Colomé. Me parecía un gran jugador, de esos que entiende el juego un poco mejor que los demás.

Frankie Hejduk. Foto: Andy Mead/ Getty Images

Mientras salíamos al campo, agarrados de las manos de los jugadores, Hejduk se dirigió a mí en un español aceptable y con cierta sonrisa: «¿Todo bien?», a lo que asentí devolviendo la expresión.

A todos los muchachos se nos notaba la inquietud cuando pasaron las cámaras enfrente al tiempo que sonaban los himnos, aunque después nunca me enteré si algún conocido me había visto en la transmisión.

Pero daba igual. Estaba en el Marrero, con el balón en la mano, de noche y bajo una llovizna bajo la cual mi madre nunca me hubiera dejado estar.

Después de la ceremonia de apertura me ubicaron detrás de la portería más cercana a la pizarra, la cual defendió “el pulpo” Molina en el primer tiempo.

Los balones eran los del Mundial de Alemania 2006. La Teamgeist. Atendí poco al choque por culpa de ese balón que blanco y mojado brillaba por las luces del estadio. Hasta ese momento nunca había jugado con uno así y pasé gran parte del tiempo intentando dominarlo, a la par que mi papá me hacía fotos con una de esas camaritas digitales que había traído de Venezuela, fotos que perdí porque fueron mal quemadas para un CD tiempo después.

El choque arrancó. Los futbolistas peleaban bajo la lluvia. Y Cuba hizo resistencia ante un equipo con figuras como Howard, Dempsey, Donovan y Bradley, a los cuales en ese momento, lo confieso, no conocía, como tampoco sabía que era la primera vez que un equipo norteamericano de mayores visitaba la isla desde 1947.

Un joven Clint Dempsey fue el encargado de marcar el único gol del partido al minuto 40 tras una acción desafortunada de la defensa cubana. Los nuestros pelearon: Cervantes, Linares, Clavelo y compañía ensuciaron la camiseta e hicieron que Howard también la enfangara.

Todo acabó así 0-1. Y salimos felices, exaltados, en la guagua escolar que transitaba el camino de regreso.

Foto: Andy Mead /Getty Images

Hoy no sé qué fue de la vida de más de la mitad de mis compañeros de equipo y hace tiempo que no me cruzo con el profe Raynol. Yo, obviamente, no llegué a ser futbolista y por eso les cuento las memorias que reavivó un viejo pedazo de caucho rojo, que se quedará mucho tiempo más en una esquina de ese cajón.

 

*El nombre fue modificado para proteger la identidad de la persona

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