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Demoledora pegada de pueblo

“(…) todos los años tenemos  el deber de recordar la gran victoria del 5 de agosto de 1994 en que el pueblo aplastó  la contrarrevolución sin disparar un solo tiro”, así valoró el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz los hechos de aquel histórico día.

 

 

El país atravesaba uno de los momentos más duros del período especial, la propaganda enemiga estimulaba la emigración ilegal, el gobierno estadounidense estaba contribuyendo a ello al no cumplir los acuerdos migratorios, se habían producido secuestros de embarcaciones y como consecuencia el asesinato de un suboficial de la Policía Nacional Revolucionaria.  Al no poder apoderarse de otro barco para dirigirse a Estados Unidos, donde eran recibidos como héroes, un grupo de elementos antisociales asaltó a pedradas las vidrieras de varios comercios para robar mercancías, realizaron otros actos violentos e intentaron incitar el enfrentamiento entre cubanos.

Maleconazo ha dado en llamar el adversario a aquellos desórdenes pretendiendo hacerlos parecer como una revuelta popular,  cuando en realidad pasaron a la historia como un demoledora pegada revolucionaria a los provocadores, al más puro estilo del inolvidable Stevenson.

Ejemplar fue la actitud de los trabajadores de la zona y de todos los que se sintieron patriotas ante tales vandalismos alentados por el vecino del Norte. La determinación de aquellos hombres y mujeres dispuestos a defender sus calles se enardeció al escuchar un anuncio emocionado brotado de la multitud:  “El Comandante viene por ahí”. Sí, allí se apareció Fidel que prohibió el uso de armas porque para él bastaban las de la moral.

“Si realmente se estaban lanzando algunas piedras y había algunos disparos, yo quería también recibir mi cuota de piedras y de disparos. ¡No es nada extraordinario!”, respondió Fidel a un periodista que le preguntó por su motivación al acudir a tan peligroso escenario de los hechos, y subrayó “ en realidad es un hábito: uno quiere estar allí donde está el pueblo luchando  (…) pero, además, tenía el interés especial de conversar con nuestra gente, para exhortarla a tener calma, paciencia, sangre fría, no dejarse provocar, puesto que yo me sé de memoria todo el plan del enemigo y toda la concepción imperialista acerca de los medios para liquidar la Revolución, su actual estrategia.

“Ellos, explicó, quieren que se produzcan escenas sangrientas, quieren que haya una balacera, que haya muertos, para utilizarlos como instrumento de propaganda, en primer lugar; como instrumento de subversión, y, finalmente, como instrumento de intervención en nuestro país. La estrategia imperialista es crear una situación, crear el máximo de descontento dentro de nuestro país, dividir a la población, crear las condiciones más difíciles posibles y conducir a nuestro país a un conflicto, a un baño de sangre. ¡Sueñan con eso, añoran eso!, y naturalmente que nosotros tenemos que contrarrestar esa estrategia.”

“Ese era mi papel, subrayó, contribuir a que nadie se dejara provocar. Y preferíamos que dispararan contra nosotros a usar primero las armas. Y realmente se logró algo que no tiene precedentes: en cuestión de minutos el pueblo entero se lanzó a la calle y estableció el orden. Su sola presencia masiva y su espíritu establecieron el orden sin usar las armas en absoluto. ¿En qué lugar del mundo ocurre eso?”

Han transcurrido casi tres décadas de aquellos acontecimientos  y hoy con un bloqueo más recrudecido que incrementa las dificultades del país para seguir adelante y una pandemia mundial que nos azota, la estrategia del enemigo es la misma.  Se demostró el pasado 11 de julio cuando elementos alentados desde el exterior protagonizaron desórdenes más vandálicos que los del 94, con el aliciente del poderoso caballero Don Dinero, y reforzados por una colosal campaña mentirosa que no tuvo reparos en utilizar imágenes falsas para presentar supuestas manifestaciones multitudinarias y las más groseras fake news, como aquellas, entre otras muchas,  que anunciaban a bombo y platillos “la caída del Camagüey” o la “huida” del General de Ejército Raúl Castro hacia Venezuela, como si no los cubanos no hubiesen escuchado alto y claro cuando él afirmó que “mientras viva, estaré listo con el pie en el estribo para defender la Patria”.

Pero ni la violencia ni las mentiras pudieron intimidar a los revolucionarios que esta vez vieron llegar al lugar de los disturbios a su Presidente, al igual que antes lo había hecho Fidel. Se hicieron dueños de las calles y asumieron la defensa de sus centros de trabajo, y de todas las instalaciones del pueblo, como hospitales y policlínicos, tan necesarios en estos momentos, que mercenarios  desalmados se han atrevido a agredir, lo que revela su verdadera calaña.

La campaña de descrédito contra la Revolución se mantiene cada vez con mayor virulencia, se cultiva el odio, se apela al  más grosero chantaje para atraer a los claudicantes a las filas enemigas y se escuchan desde el exterior voces histéricas que reclaman más bloqueo e intervención.

En una ocasión Fidel utilizó una imagen que adquiere particular vigencia en estos tiempos:

“Hace años dijimos que esta Revolución no se derrumbaba. Hace años utilizamos una imagen, que esta Revolución no se desmerengaba, porque estaba hecha de acero y no se había batido con clara de huevo –es decir, no era merengue; y se mantiene sobre la base del apoyo del pueblo, del consenso del pueblo, de la conciencia que tiene el pueblo de lo que fue este país y de lo que no puede volver a ser jamás.”

Por eso continuaremos en pie de lucha, conquistando victorias, como la del 5 de agosto y la del 11 de julio, inscritas para siempre en nuestra historia de luchas y que nadie nos podrá arrebatar.

 

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